Utopías marcianas para realidades terrestres
La Trilogía de Marte de Kim Stanley Robinson, compuesta entre 1992 y 1996, es una absorbente y detallista fantasía acerca de una colonización marciana que nunca realizaremos. Veinte años de progreso tecnológico y retroceso social, sin embargo, no han bastado para marchitar la fuerza del componente más importante de esta magna obra —en todos los sentidos, incluido el más físico. La faceta a la que me refiero no es, por supuesto, la predicción del desarrollo tecnológico de la humanidad de mediados y finales del siglo XXI; ni siquiera lo es la historia, creíble y detallada, de un posible proceso de terraformación marciano que aparece cada vez más lejos en el horizonte de la humanidad. No, amigos: se trata de la política. La Trilogía se puede leer, más que como una obra de ciencia-ficción al uso, como la historia coral del nacimiento de un nuevo sistema de económico y de gobierno apoyado en los puntales de la razón, el bienestar humano y la justicia social. ¿Utopía revolucionaria, socialismo trasnochado? Marx está levantando la cabeza. Os dejo con un diálogo socrático, ligeramente extractado porque KSR es un rollista de cuidado, de los personajes de Marte Azul en el congreso constitucional de Pavonis de 2128:
La Unión Soviética sigue viva… en internet
Veinte años después de su disolución formal, el último reducto de la Unión Soviética parece disfrutar de una salud excelente. El dominio de internet .su asignado por la ICANN (Internet Corporation for Assigned Names and Numbers) a la URSS en septiembre de 1990 quedó huérfano y listo para su liquidación apenas 15 meses después. Este año ha alcanzado los 100000 “habitantes”.
El misterio de los tres hermanos comunistas
En la chatarrería de mi abuelo materno jugaba a que conducía coches a medio desguazar. De alguna manera logré esquivar una muerte segura entre piezas de metal cortante; a cambio, llegué a la edad adulta con una afición menor por los vehículos antiguos que, entre chato y chato, comparto con Valentín.
De acuerdo, “comparto” no es la palabra más apropiada. Digamos que mi suegro, con su muy bien llevada y avanzada edad, es toda una enciclopedia de la automoción española desde los años cuarenta. A lo largo de toda su vida profesional ha conducido turismos, camiones, autobuses y tractores de toda clase y condición: guarda memorias y anécdotas de sus tiempos de chófer con la familia de Ortega y Gasset, de camionero, de conductor de rutas turísticas —lo imagino llevando suecas en masa de El Escorial al Valle de los Caídos— y, finalmente, de conductor de autobús interurbano, donde lo conocí.
Omaha Beach
Ayer por la noche —hace unas horas, en realidad— rompí mi prolongado ayuno de televisión convencional y me quedé a ver un montón de anuncios interrumpidos por Salvar al soldado Ryan. No, no la había visto, uno va por la vida con esos agujeros y ni se inmuta. Sin embargo, se da la curiosa circunstancia de que a finales de junio del año pasado estuve allí. En Omaha Beach. Incluso sin tener en la mente la verista representación de Spielberg de lo que debió ser aquel “día más largo” del mismo mes de 1944, me atrevo a decir que algo especial se respiraba en el aire. Quizá fueran los restos de las fortificaciones alemanas, claramente visibles. O los grises monumentos. O tal vez que una playa claramente magnífica estuviera completamente vacía a media tarde de un día perfecto, o al menos todo lo perfecto que los hacen en Normandía a principios de verano.
Monté un panorama con las fotos que saqué desde un punto elevado en el límite entre Charlie y Dog Green; no está bien que yo mismo me alabe, pero creo que da una idea muy clara de la escala y la soledad del lugar.
La excursión a Omaha Beach fue un apéndice, pensado a última hora, de una salida para ver el Monte St. Michel desde nuestra base, cerca de Brest. Si no recuerdo mal acabamos haciendo casi 750 kilómetros aquel día. Ayer, después de ver la película, miré a mi compañera y nos reafirmamos en nuestra decisión de volver algún día. Quizá cuando los niños sean un poco mayores y puedan comprender mejor.
Stephen Hawking en el espacio
Érase una vez un científico al que el genio, la adversidad y el tesón por seguir vivo transformó en un icono de la Ciencia: Stephen Hawking. Con motivo de su increíble y celebrado 70 cumpleaños, todos los medios de comunicación se han lanzado a glosar su vida y, en particular, su “sed de espacio”: en efecto, Hawking es un espaciotrastornado como cualquier otro. Él y los que compartimos su pasión estaremos varados todas nuestras vidas en la superficie terrestre debido al escaso desarrollo de los programas espaciales tripulados, aunque su especial condición física hace más improbable aún ese viaje soñado.
Su estatus de icono, sin embargo, le ganó dos escapadas espaciales. La última de ellas no le llevó muy lejos: apenas a diez kilómetros de altura, aunque le permitió salir por primera vez en cuarenta años de su silla de ruedas. Fue en abril de 2007, cuando Hawking voló en ingravidez en la Cometa del Vómito como invitado de Zero Gravity Corporation. Sin embargo, su primera aventura espacial le llevó hasta los confines de la galaxia en 1993. Al menos, con la imaginación.
Aquí tenéis a Stephen Hawking interpretándose a sí mismo como un personaje simulado en el holodeck de la nave estelar USS Enterprise, en la fecha estelar 46982.1 (el año 2369, poco más o menos), jugando al poker junto a Albert Einstein, Isaac Newton y el comandante Data. Observadlo bien: es muy difícil que una persona tan limitada en sus movimientos como Hawking pueda expresar mejor que se lo estaba pasando en grande.
El episodio, para los aspirantes a trekkies que queráis repasarlo, es Descent (primera parte), S06E26 de Star Trek: La Nueva Generación. También ha prestado su voz para tres episodios de Futurama, aunque sin duda la experiencia no llegó a la altura de estar en el Enterprise “de verdad” junto a Brent Spiner pintado de dorado y con su uniforme de la Flota…





