Luna 15
La Aldea Irreductible apareció ayer un artículo relatando cómo la misión del Apolo 11, de cuya llegada a la Luna van a cumplirse 40 años en breve, estuvo a punto de ser interferida por una sonda soviética, la Luna 15. Una historia de la guerra fría, llena de emoción, fascinante… y falsa. Pero como todas las buenas historias, contiene un grano de verdad en su interior; un grano, en esta ocasión, del tamaño de un puño. Una vez separado el grano de la paja, lo que queda no deja de ser un relato digno de un buen docudrama, como veremos.
La misteriosa misión de la sonda Luna 15 (1969) comienza relatando la inserción orbital del Apolo 11 y la separación de su LM, el Eagle, con los astronautas Armstrong y Aldrin a bordo, camino del suelo lunar y de la gloria. Collins, el tercer hombre, queda a bordo del módulo de mando, en órbita lunar. Es entonces cuando…
[…] Collins mira a través de la ventanilla y no da crédito a lo que están viendo sus ojos: una sonda rusa, en una órbita lunar similar a la suya, tan cerca que la puede distinguir perfectamente…
La sonda Luna 15 fue insertada en órbita lunar a las 9:00 UTC del 17 de julio. Se realizaron tres correcciones orbitales durante los días 18, 19 y 20. Aunque existió cierta zozobra por entonces acerca de la posibilidad de “interferencia orbital” con la misión Apolo, la NASA descartó muy pronto cualquier posibilidad con la ayuda de los científicos del observatorio de Jodrell Bank y del astronauta Frank Borman, encargado de coordinar la información disponible. Para que Collins pudiera haber visto la sonda soviética sin la ayuda de un telescopio, ésta habría tenido que estar mucho más cerca del Apolo de lo que se hubiera considerado una “distancia de peligro” (unos 17 kilómetros, suponiendo que Collins estuviera en las mejores condiciones de iluminación, suponiéndole visión perfecta —resolución angular de 1 minuto de arco— y aproximando la sonda por una esfera de 5 metros de diámetro). Ahora bien, los astronautas del Apolo estuvieron informados en todo momento del progreso de la Luna 15, tal y como era reportado por las estaciones de seguimiento en tierra y la propia Agencia TASS.
La historia continúa:
Tras un par de horas durmiendo dentro del Eagle, Armstrong y Aldrin se despiertan sobresaltados: los sensores de los sismógrafos se han disparado.
Extrañados se miran entre ellos y no comprenden lo que está sucediendo… Allí arriba en la luna, tan sólo están ellos… La Luna no tiene actividad sismológica y aquel impacto les llena de preguntas… Quizá un meteorito… ¿Tan cerca?
La respuesta llego algo después… El Luna 15 se había estrellado tan sólo a unos pocos kilómetros de la Base Tranquilidad, más concretamente en la llanura del vecino “Mare Crisium”.
A las 14:47 UTC del 21 de julio se envió el comando para comenzar el descenso, alrededor de dos horas antes del despegue del Eagle de la Luna. Según la cronología de la misión Apolo 11, llevaban despiertos y preparando el despegue alrededor de media hora. Apenas cuatro minutos más tarde, la sonda se estrelló contra una ladera “no prevista”, en el Mar de las Crisis (12°N, 60°E). Eso está a más de 1160 kilómetros de la Base Tranquilidad, en 0°40′N, 23°28′E. Los sismógrafos depositados unas horas antes por Aldrin y Armstrong sin duda registraron el impacto, pero no he encontrado indicación alguna de que ellos mismos fueran conscientes.
Extraoficialmente, los años han dejado claro que fue un intento soviético, llevado a cabo a toda prisa, para quitarle publicidad a la misión Apollo… Un intento que como muchas de las sondas Lunik terminó estrellándose contra la Luna.
Todavía hoy las motivaciones exactas de aquella misión rusa dejan muchas dudas… Recoger muestras, quitar publicidad y propaganda al Apollo 11… ¿Quizá incluso entorpecerlo?… Las reticencias a abrir la información de aquellos tiempos de guerra fría por parte de Rusia, no han ayudado a esclarecer totalmente los hechos…
No es necesario acusar a los soviéticos de obstruccionismo interplanetario o algo incluso más conspiratorio. Hubiera sido prácticamente imposible orquestar una misión que pudiese tumbar el Apolo 11, más aún estando ya en órbita lunar o incluso sobre la Luna. En realidad fue una de las últimas etapas de una carrera de fondo. Una carrera fascinante, en la que los científicos soviéticos compensaron con talento y voluntad las inmensas dosis de ceguera política e ineficiencia económica que les infligió la Madre Rusia. Una carrera que, quizá por suerte, quizá por desgracia, nunca volveremos a ver.
Además de la inestimable e inexacta Wikipedia y la gran Encyclopedia Astronautica, he usado como fuente un magnífico tomo llamado The Soviet Space Race with Apollo, de Asif A. Siddiqi (University Press of Florida, 2000). Agradezco la recomendación de Daniel Marín, y recomiendo su magnífico blog, Eureka. Los cálculos son míos y pueden estar equivocados, por supuesto.
Zeitgeist torrijero
A mí, que soy ateo, la demostración en carnes propias de cómo la Semana Santa influye en el ánimo y las acciones del prójimo debería resultarme particularmente aleccionadora, pero la verdad es que no supera la raya de “divertidillo” en el molonómetro. Antes de nada, un hecho: no publico estadísticas de visitas a esta bitácora. Pero pasar de dar cuentas al pregonero no significa que no me la haya medido… como todos, vamos.
Revisando los términos de búsqueda por los que llegáis a esta página, he observado una entrada inesperada en el top ten: la palabra torrija. Nada menos que veinticinco visitas este mes, frente a dos el mes de febrero y ninguna antes, y todas desembocando en un artículo que publiqué en abril del año pasado, laudando el arte torrijero de mi suegra. No sin motivo: la búsqueda mejores torrijas en el omnisciente Google lleva mi suelto en la primera página de resultados (el segundo, cuando estaba escribiendo estas líneas).
Podríais pensar que son pocas visitas para ser estadísticamente significativas, y llevaríais razón. También, por qué no, que si veinticinco visitas en un mes se ven en las estadísticas haría mejor en dejarlo. Quizás también podría daros la razón en eso —alguien me dijo una vez que podría batir mi tráfico con una bitácora sobre las pelusas de ombligo, adecuadamente publicitada, eso sí. Pero prefiero pensar en el milagro de la Semana Santa, en la que el fervor religioso puede expresarse de mil modos, y la Pasión puede perder la mayúscula y ganar un apellido: pasión por las torrijas.
Veremos si la pauta se repite el año que viene. Y ahora, si me disculpáis, os dejo, que tengo que desayunar…
Valid XHTML within Blogger…
… In your dreams! Google seems to maintain an attitude of Olympic disdain to standards. While we are all busy booing Microsoft for their trademarked Embrace&Extinguish move, Google can and does get off with just a collective pat on the back. I understand —and share— the Google fascination, as I understood —and shared, much to my current chagrin— the Microsoft fascination that was prevalent on the nineties. But ‘standards are good’ is as powerful a meme as it can be, and moreover, it’s actually true.
If Google bit the bullet and implemented the rather meager changes needed to make possible actual XHTML compliance into Blogger’s template engine, very few bloggers would take the task of ensuring their pages’ validity upon themselves. A wasted effort? Let’s have a look from the other side: I feel I’m denied a freedom when I can’t comply, no matter how hard I try, with a standard I consider as a basic building block of the Semantic Web (some call this Web 3.0, but given the current state of affairs, it might well be called Web Millenium Edition or, even worse, Web Vista).
I am not alone. I want my blog, unimportant as it might be, readable by people and machines alike; and not just by smart ones like Google employees and Googlebots. I want maximum accesibility without having to cast undocumented incantations (versus W3C documented ones, I mean). I know standards are pointless, difficult and boring, and Google is all about instant gratification, do-what-I-mean interfaces and having fun. I know standards are for nerds. Unattractive, glamour-less nerds. Please, let me try.





