Novena Sinfonía

Octubre de 1944. En medio de un mundo resquebrajado y tambaleante, entre ruinas y zumbidos de bombarderos, el edificio de la sigue en pie. Las butacas vacías escuchan con reverencia: el concierto de hoy se emitirá por radio. No es seguro, ahora bien, que allá fuera alguien esté prestando atención en el paroxismo de muerte que envuelve el corazón de Europa.

Los profesores de la orquesta más importante de la nación están absortos en la tarea más absurda posible en estos momentos. Interpretan música. Como un solo cuerpo, responden al pensamiento en forma de gestos de un hombre alto, con porte distinguido y de cabeza bulbosa, lo que hace destacar más aún su calvicie. El director estrella del Reich de los Mil Años agita un pañuelo cada vez más lentamente hasta quedar congelado, brazos en alto.

Vistos así, detenidos en la pausa de un silencio general, componen una escena casi cómica. La atmósfera de tensión no colabora, sin embargo. Nadie sabe si podrán terminar la pieza con vida, sea por una bomba americana o por los insondables designios de algún Untersturmführer de las . Nadie sabe si su casa seguirá en pie cuando logren, finalmente, salir de la gigantesca ratonera del teatro. Hablando de incógnitas, nadie tiene idea de qué ha sido de algunos compañeros judíos. Algunos han oído rumores, pero se niegan a comprender.

, en su calidad de primer director del Reich, sabe algo, pero no mucho más. Ha intentado salvar a algunos, pero qué haya sido de ellos es un misterio. Puede que alcanzaran Suiza. Puede que estén ocultos en algún remoto lugar del campo. Quizá hayan muerto. Todo esto pasa fugazmente por su cabeza mientras, instintivamente, prolonga el silencio lo justo para decir, con su absoluta mudez, lo que tiene que decir. Aquí y ahora.

El primer movimiento de la de , compositor oficial de la Gran Alemania y favorito del Führer —desgracia que comparte con Wagner y Beethoven, todos ellos demasiado muertos para protestar—, va a terminar. Entra la coda, abstracta y extraña. Qué estaría pensando el viejo Anton: en su próximo final, en su última duda, en su angustia. Furtwängler comienza de nuevo a moverse y el sonido sale de algún lugar muy remoto en la negra noche de la guerra. De algún modo, sólo con los magnetófonos por testigos, la música alcanza su fin con un grito.

Publicado por

Iván Rivera

Another instance of Homo sapiens.

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