La trampa fría

En 1961, los científicos K. Watson, B.C. Murray y H. Brown del Caltech propusieron el concepto de las “trampas frías” lunares: cráteres ubicados cerca de los polos, cuyos fondos, en virtud de la escasa inclinación del eje lunar, podrían mantenerse en una oscuridad perpetua. Las bajas temperaturas resultantes habrían permitido a estos cráteres retener cualquier elemento volátil que, a lo largo del tiempo geológico, hubiera caido en la zona —y el elemento volátil más frecuente en el Sistema Solar es el agua. Desde entonces, la especulación acerca del posible hielo lunar ha tomado diferentes formas, pero sólo recientemente las sondas espaciales han ofrecido información de primera mano que parece contradecir la extrema sequedad de las muestras traídas por los astronautas del Apolo.

En 1994, la misión Clementine cartografió por primera vez las zonas oscuras polares; un experimento improvisado utilizando la antena principal de la sonda para hacer rebotar ondas de radio sobre la superficie lunar pareció revelar la presencia de hielo, pero no fue posible tomar los datos una segunda vez, por lo que las conclusiones permanecieron en el dominio de la especulación. Cuatro años después, en 1998, el Lunar Prospector halló evidencias de un exceso de hidrógeno en ambos polos, pero el espectrómetro de neutrones de la sonda no permitía distinguir entre hidrógeno proveniente de hielo de agua e hidrógeno elemental producido por las emisiones de protones del viento solar. En 1999 el paso por la Luna de la sonda Cassini-Huygens en su viaje hacia Saturno arrojó más datos inconcluyentes. En este mismo año, el Prospector fue estrellado a propósito sobre el crater Shoemaker, cerca del polo sur, sin que el impacto revelara nada de agua. Desde 1992, el radiotelescopio de Arecibo ha estado intentando obtener reflexiones de radar desde los polos lunares; los resultados positivos, sin embargo, se deben con más probabilidad a la rugosidad del terreno —ya que no existen diferencias apreciables entre zonas permanentemente oscuras e iluminadas.

La Deep Impact, en 2005, volvió a ofrecer resultados espectroscópicos que sugerían la presencia de agua en los polos, pero también de forma poco concluyente. Kaguya, la sonda japonesa, pasó 19 meses orbitando la Luna a partir de septiembre de 2007 sin encontrar nada con su espectrómetro de rayos gamma. La sonda china Chang’e 1 tomó fotografías detalladas de los polos. La india Chandrayaan-1 lanzó un pequeño vehículo que impactó contra el crater Shackleton en noviembre de 2008; los escombros del impacto fueron analizados, con resultados parciales. En un paso subsiguiente de la Deep Impact, rebautizada EPOXI tras su encuentro con el cometa 9P/Tempel, se realizaron más mediciones que parecieron confirmar la presencia de agua. El Moon Mineralogy Mapper de la Chandrayaan confirmó, ya este año, la presencia de compuestos que incluyen el grupo hidroxilo en una extensión apreciable de la superficie lunar, siempre cerca de los polos.

La última sonda en aportar sus toneladas de arena —lunar— a la cuestión ha sido la LCROSS, que atravesó la nube de escombros provocada por el impacto de la etapa superior de su lanzador sobre el crater Cabeus, seis minutos antes de estrellarse ella misma contra el suelo lunar. Hace sólo unos días la NASA anunció que se había encontrado la firma espectral del agua en el polvo levantado por los impactos. Lo cierto es que lo detectado también podrían ser sales hidratadas y no hielo, pero la presencia colateral de compuestos de carbono parece indicar que nos encontramos ante restos de impactos cometarios, que habrían dejado su parte de agua helada sobre la oscura superficie lunar.

Así pues, con la seguridad que aportan las sucesivas sondas, parece que en los polos de la Luna hay agua. ¿Cuándo vamos a volver allí para utilizarla en el mantenimiento de una base —es decir, para bebérnosla? ¿Cuánta agua hay? Robert Zubrin, el activista detrás de Mars Direct, nos lo pone en contexto:

Los resultados de la misión LCROSS pueden tener cierto interés científico, pero es necesario tener en cuenta que la cantidad de agua detectada es extremadamente pequeña. El crater de 30 metros creado por el impacto de la LCROSS contenía 10 millones de kilos de regolito. Se estima que la nube de escombros contenía 100 kilos de agua. Una proporción de 10 partes por millón; más baja que la de los suelos del desierto más seco de la Tierra. En Marte hemos descubierto regiones del tamaño de continentes que contienen un 60% de su peso en agua.

¿Seguro que la Luna es el objetivo a alcanzar, o es más bien una trampa?

Publicado por

Iván Rivera

Another instance of Homo sapiens.