Así funciona el capitalismo

Churros
Churros
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♀Μøỳαл_Bгεлл♂

Cuando uno piensa en cómo funciona el capitalismo se nos vienen a la mente imágenes de sesudos economistas disputándose el mérito de la última propuesta para reducir (más) los servicios públicos; banqueros con corbata roja parapetados tras un púlpito de vivos colores u oscuros inversores tramando en la penumbra de un salón mientras dan cuenta de una barbacoa de carne de yeti asada sobre rocas lunares. Sin embargo, la verdad es que el capitalismo es algo mucho más cercano y familiar, como un copo de caspa o un herpes en la comisura de los labios. Hoy os voy a contar cómo funciona de verdad, a pie de calle. Sin ecuaciones, con un lenguaje claro y comprensible, y sin pontificar desde mi columna de periódico con las páginas color salmón. Y lo más importante, teniendo razón.

Imagináos una churrería. Es una churrería real, nada de una churrería esférica como las que salen en los teoremas matemáticos que tratan de churrerías. Está en un lugar determinado de un pueblo no muy grande. Tiene sus clientes —algunos con boina y otros sin boina— a los que vende dos productos: churros y porras. Los churros cuestan 15 céntimos; las porras, como versión king size de los churros aunque fabricadas con la misma masa, salen por 25 céntimos. La gente entra en el local, se pone en la cola y cuando les llega su turno hacen su pedido: ¡8 churros y 4 porras!, por ejemplo. El dependiente calcula el precio mirando en dos tablas en las que está precalculado el precio de cada cantidad de producto, desde una unidad hasta cincuenta. Suma las cifras y obtiene el precio final: ¡2,20 €! El cliente —con o sin boina, como he dicho— paga su cuenta, se le entrega una bolsa de papel pringosa de aceite con su comanda y se marcha por donde vino. Como dije, un escenario sencillo para nuestra pequeña comedia capitalista.

Un buen día, conocido con meses de antelación, el pueblo se declara en fiestas. Es —para quien no lo sepa— algo similar al estado de excepción, pero con militares sustituidos por feriantes y tanques y resto de parafernalia bélica cambiados por ruidosas tómbolas, ruidosos tenderetes y ruidosas atracciones para niños o adolescentes con superávit hormonal. Como parte de la decoración de esos días, a la tradicional churrería del pueblo se le suma una segunda churrería portátil. Salvo por este hecho, nada distingue la operativa de las dos churrerías. Los clientes —con o sin boina— llegan, hacen cola, expresan sus deseos en términos inequívocos, pagan y se marchan con una bolsa de masilla para taponar arterias.

Los que hayáis estudiado Económicas os estáis imaginando por dónde sigue este relato. ¡Competencia! ¡Libre mercado! ¡Fuera parásitos de la sociedad, eliminemos las pensiones, el aire para el que se lo pague! Sesudos estudios respaldados por hordas de economistas de la prevén que la churrería incumbente (la nueva, vamos) realizará un estudio de mercado y fijará sus precios en consecuencia. ¿Cómo se hace? Por lo general, los feriantes mandarán a un agente de tapadillo —con o sin boina— a hacer espionaje comercial a la churrería de siempre, donde realizará un pedido de muestra. Para no complicarse demasiado la vida, puede comprar una porra y un churro —lo que facilita considerablemente los cálculos. Una vez obtenida la variable clave del precio de la mercancía en el pueblo (0,15 €, 0,25 €), los sesudos economistas prevén que los nuevos churreros fijarán los precios de su producto en competencia con los antiguos. Esto requiere una compleja operación matemática de descuento: lo suficiente para atraer a la clientela con una diferencia que compense cualquier variación en la experiencia de compra, pero no tanto como para comerse los márgenes comerciales. El dueño de la churrería móvil se moja un dedo con saliva, lo extiende al viento y decide rebajar los precios de la competencia en un céntimo. A partir de este punto —siempre según nuestros amables economistas austríacos— nada impide que los propietarios de la churrería de siempre se percaten de la situación —vía su propio espía o por radio macuto, y reaccionen desatando una guerra de precios churrera que ríete del crack del 29, hasta que los ánimos se calmen justo en el umbral de rentabilidad del churro (o de la porra, que puede ser distinto, vete a saber). Serán unas fiestas felices y los precios más bajos, junto con la mayor afluencia de público, estimularán las ventas.

Sin embargo —oh, sin embargo— nuestros amigos economistas postulantes de la mano invisible del mercado se equivocan. Lo que acabo de describir no ha sucedido nunca en el pueblo: veamos qué ocurre realmente en su lugar.

Para empezar, al churrero itinerante se la sopla (o mejor se la suda, que en su trabajo hace mucho calor) el precio de los churros en su lugar de destino. Él tiene su propia estructura de costes y su margen de toda la vida, y vende al precio que quiere. En su caso, 0,25 y 0,50 € respectivamente para churritos y porritas. ¡Poca broma! Un 67% y un redondo 100% más que el churrero del pueblo. Con esos precios sólo podrá vender a forasteros despistados y a festeros con dificultades para las cuentas inducidas por intoxicación etílica. A menos que… El churrero de siempre, tipo listo, se cerciora de los precios de su recién llegada competencia y, ni corto ni perezoso, los iguala. Los churros (y porras) disponibles en el pueblo acaban de subir un 67% (y un 100%) tan solo por el privilegio de engullirlos durante las ruidosas, malolientes e incómodas fiestas. Como el aumento de precio se mantiene dentro del margen de elasticidad de la demanda —perdón: como la gente va a seguir pagando los churros y sus gordas compañeras al nuevo precio, las fiestas se saldan con pingües beneficios para ambos churreros. Pueden haber perdido algo de clientela local, pero los forasteros no encontrarán sus deseadas golosinas tapona-arterias a otro precio, y los adquirirán sin pensárselo dos veces. Bola extra: cuando acaben las fiestas, el churrero fijo puede mantener el precio al nuevo nivel, habiendo comprobado que sigue vendiendo. También puede bajarlo un poquito aprovechando la memoria de pez de sus clientes, que para entonces habrán olvidado si empezaron pagando 15 céntimos por churro y los 20 que pagan ahora siguen siendo una subida del 33%, muy por encima del famoso IPC. Tan sólo verán que por fin terminan las fiestas y que los precios han bajado. ¡Alegría!

Habrá quien diga que he hecho trampa usando un mercado imperfecto para explicar el capitalismo. ¡En un mercado perfecto lleno de actores perfectamente racionales esto no pasaría! Amigos, no hay nada perfecto, y menos mercados; respecto de los actores, el más racional es, posiblemente, el que más raciones de patatas bravas sea capaz de comerse de una sentada en el bar con los amigotes. Aparte del economista, el banquero y el inversor —todos sin boina— que nos doran la píldora con el cuento del capitalismo perfecto mientras sus bolsillos se hinchan sin parar y los nuestros… Qué os voy a decir de los nuestros que no sepáis ya.

Publicado por

Iván Rivera

Another instance of Homo sapiens.

11 comentarios en “Así funciona el capitalismo”

  1. Leches, pues es que tienes razón, este escenario churreril me encaja mucho más con la realidad que el escenario ideal, bellísimo, perfectamente esférico y sin rozamiento del """""mercado libre""""", que nunca se cumple.
    Me hace mucha gracia, ahora con la crisis, cuando hablan de las supuestas vacas gordas que vivíamos hace unos añitos. ¿Vacas gordas? ¿La España del mileurismo, de los contratos basura, del becariato eterno y del aumento de un 14% anual del precio de la vivienda eran vacas gordas? Que no digo yo que siempre se pueda ir a peor, a la vista está, pero que no nos tomen el pelo, que aquí algunos sólo las hemos visto flacas y famélicas.
    Pese a que es para llorar, me he reído mucho con esta entrada tan didáctica.

  2. Esto es mas o menos lo que paso al entrar en España las entidades bancarias europeas, todos esperabamos que las nacionales se adaptaran, pero las de aqui siguieron igual y fuero las nuevas las que adoptaron todos los procedimientos de las locales viendo que funcionaba bien lo de tomar al usuario por idiota.

  3. Encaja en mi filosofía lo de reírse de las cosas serias, porque nos pone en el estado mental adecuado para empezar a resolverlas.

    Estoy de acuerdo contigo. Durante esos años de "vacas gordas" el poder adquisitivo real de los salarios bajaba año sí, año también, gracias a las llamadas a la "contención salarial" como supuesta herramienta anti-inflación. Y gracias también, por qué no decirlo, a la auténtica inflación que sufría el país: la de los beneficios empresariales. ¿Recuerdas cuando en los telediarios daban las noticias de resultados de las grandes compañías como "crecimiento de beneficios"? La (astronómica) cifra base no importaba, habíamos pasado a pensar en términos de primera derivada. Entonces me preguntaba si alguna vez escucharíamos a algún CEO hablar de "porcentaje de aumento del porcentaje de aumento". ¿Por qué quedarnos con la velocidad de los beneficios cuando se puede derivar otra vez y hablar de aceleración?

    A estas alturas sólo quedan dos alternativas para creer en el "laissez faire". O eres de los que "tienen", o estás intelectualmente limitado. Abundan más los segundos que los primeros.

  4. Una y otra vez puede verse este patrón de comportamiento: las famosas "rigideces" de los mercados, de las que hablan los expertos como si fueran pelusillas en un ombligo que pueden quitarse sin mayor problema, son en realidad la naturaleza del juego. Con eso tenemos que lidiar.

  5. Y no lo entiendo y nunca lo entenderé, aunque me pongan churros de ejemplo. Y no es porque esté mal explicado, eh? Es que no puedo, estoy intelectualmente limitado. Joer, si fabricar los churros vale x y el vendedor necesita y para vivir (que siempre tendría que ser y<x), pues el puto precio del puto churro que sea x+y y a la mierda ya hombre. Que cierren todas las facultades de Economía ya.

  6. He avisado al soporte de Disqus del problema. Se diría que su algoritmo de limpieza de entradas (para evitar ataques de inyección de código en los blogs a través de los comentarios) tiene algún problemilla gracioso.

  7. Bueno asi funciona el capitalismo comercial, ¿y el industrial?¿Y el financiero? ¿Y el consumista? Se nos olvida que existen muchos tipos de capitalismos. Pero a grosso modo es una forma curiosa de explicar que la avaricia de la gente es la que mueve el mundo. ¿Si no por que tenemos cosas que son poco útiles a nuestra vida diaria y queremos cosas nuevas?
    Por ahí además anda una corriente de pensamiento que habla sobre la obsolescencia tecnológica de los productos y ese capitalismo no debemos perderlo de vista… Los churros es un ejemplo limitado, deberias meter economías de escala, barreras de entrada al mercado, y mil conceptos que nos sirven para ocultar que el capitalismo es egoísmo y como tal es connatural a nuestra sociedad humana.
    Bueno que a mi me gustan los churros y esas cantidades son irrisorias. Por cierto mañana compraré churros para desayunar… no compraré los más baratos sino los que más satisfacción/cerca esten de casa.

    Un saludo, muy buena entrada.

  8. Hay tantas posibilidades de ampliar el tema como quieras imaginar, pero en cualquier caso me alegro de haber sembrado una reflexión. Pensar es maravilloso.

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