Una noche en la #plazatomada

20:44 Por un azar de esos raros de la vida no hay niños esta noche 🙂

A los que vivimos en las afueras de la gran ciudad pero no comulgamos con la rutina del ocio suburbano —paseos bajo la cúpula de hormigón con aire acondicionado del centro comercial— no nos queda mucha alternativa que subir al coche y poner proa hacia «el centro». En el caso de mi compañera y el mío, «el centro» es el de Madrid. Íbamos a probar un restaurante nuevo; después, nos acercaríamos a Sol lo que nos dejasen. A fin de cuentas, tener piso, coche y trabajo no nos impide ser perroflautas a tiempo parcial. Este es el relato, anodino y sin sangre, de lo que nos ocurrió la noche del 4 al 5 de agosto cuando salimos a pasear.

22:58 De cenar en un chino-chino. Y luego a quincemayear por ahí 😉

Alrededor de las diez y media estábamos llegando a Callao. Mientras esperábamos en el semáforo para cruzar la Gran Vía, un coche de policía pasó muy lentamente a nuestro lado. Desde la ventanilla bajada del copiloto, un agente hizo un gesto chulesco a un par de ciudadanos a nuestro lado. «Os tengo calados». No era a nosotros; precisamente en ese momento no éramos negros. Al cruzar, civilizadamente, por el paso de cebra, el coche policial hizo una maniobra de cambio de sentido que a mí me hubiera costado varios puntos del carné. En Jacometrezo con Callao, después de esperar a que se abriera su semáforo, siguieron avanzando en lo que parecía una persecución a cámara lenta. Los dos señalados seguían andando hacia Santo Domingo, al mismo paso que nosotros. Gema dijo algo de que le parecía una injusticia, lobos jugando con conejos y que iba a acercarse a vigilar. Le rogué que no lo hiciera. ¡Quién sabe! Igual eran manteros con su cargamento pirata cuidadosamente escondido en el recto (no, no se les veía nada extraño; aparte, claro, de que eran negros). Bajamos hasta más allá de las paradas de autobús, lo suficiente para distinguir con claridad lo que estaba ocurriendo —y para que se notara que estábamos allí. Yo, que soy un cagado, ya tenía miedo. Afortunadamente no soy adivino.

Minutos después dejamos la entrañable escena para bajar por Preciados. Al final de la calle, unos metros antes de su desembocadura en Sol, había una batería de vallas azules: dos filas rectas unidas por una tercera en zigzag. No más de cincuenta personas fuera, diez policías dentro.

23:06 Hay que estar aquí para creérselo: la #plazatomada, nadie dentro, el colmo del absurdo.

En estos momentos Twitter ya no me funcionaba muy bien: los mensajes salían o no, al azar, aunque el teléfono marcaba una cobertura perfecta y no había multitud alguna a la que achacar problemas de saturación. No sé, igual es que mi teléfono —menos de dos años— está caducando.

23:08 Un kiosco de Sol, abierto. Y la plaza vacía. Felicidades a la delegación del Gobierno #plazatomada

Una periodista de televisión y un cámara se apoyaban, aburridos, en una pared. Desde la valla se veía una señora dando vueltas como un animal enjaulado delante de su kiosco, abierto. Obviamente, los agentes no estaban por la labor de comprar muchas revistas de sudokus, aunque tampoco se les veía muy activos. Gema se acercó a uno de ellos y le preguntó por qué estaba cerrada la plaza. La respuesta, embarullada: algo de una manifestación. «Hay que proteger a los ciudadanos». Oiga, ¿y dónde está la manifestación que dice? «Puede que no aquí». La escena se repetiría en más accesos de Sol. En Arenal el agente al que preguntamos estuvo a punto de mandarnos a tomar por donde amargan los pepinos: se notaba el tocapelotismo. Mi chica es así: yo puedo ser un cobarde irredento —a fin de cuentas tengo gafas— pero ella cree firmemente que todas esas personas de azul están a su servicio, que les paga el sueldo.

Decidimos, cada vez más cabreados, ir visitando todos los accesos a Sol desde Preciados, en el sentido contrario al de las agujas del reloj. En uno de los cada vez más raros momentos de cobertura me entró un tuit comentando esta noticia: Granados se plantea convocar a los 90.000 afiliados del PP de Madrid para manifestarse contra el 15-M.

23:20 ¿Y si el PP saca su militancia a la calle «contra el #15m, les van a dar palos de golf para «defenderse»?

Al guerracivilismo de broma se le responde en su justa medida. ¿De broma?

En la calle del Correo había una señora mayor con muletas que se movía con dificultad. Otra mujer más joven, muy exaltada, gritaba a los policías que custodiaban el espacio vacío y daba patadas a las vallas. Quizá fuera su hija: ambas iban cerca, pero tenían la intención nefanda de cruzar Sol. La alternativa de los agentes: llamen un taxi. La mujer más nerviosa preguntaba quién lo pagaría. No había más de seis personas contemplando la escena.

Entre ellos salió un hombre de mediana edad. A voz en cuello acusaba del infortunio de la señora con muletas a «esos indignados». Sí, esos indignados invisibles que estaban por ahí, ocultos en algún lugar bajo el hormigón de la plaza. La mujer más exaltada lo mandó callar, y los demás presentes lo redujimos con nuestras mejor arma: la mirada a medio camino entre la incredulidad y la desaprobación. Se marchó. Como iba hacia Carretas decidimos continuar nuestro paseo, siguiéndolo a una distancia prudente.

23:47 Más policía que gente en Carretas.

En la boca de Carretas había ya una multitud decente, alrededor de cincuenta personas. Al otro lado, un par de decenas de policías dando la espalda a la nada. El voluntario de antes se acercó por delante de nosotros para detenerse a una distancia prudencial. Gritó «¡anarquistas!», y se dio la vuelta sin esperar a que la turba de gafapastas, guiris y demás elementos subversivos procedieran a despedazarlo y a alimentarse con su patriótica carne. Sin esperar, de hecho, a que nadie reaccionara de forma alguna. Había gente haciendo comentarios jocosos dirigidos a los agentes. Unas turistas del norte de Europa —no reconocí el idioma— sacaban fotos y reían. Yo también saqué una con mi listófono.
Policía en Sol (1)

23:49 Wow. Me siento peligroso. twitpic.com/60ym3m

Como de un grifo que gotea llegaba gente desde Jacinto Benavente. Con ellos, noticias de lo que había ocurrido en el Ministerio del Interior. Los ánimos empezaron a removerse, a cambiar. Una chica exaltada empezó a insultar a los policías, pero sólo consiguió que los ciudadanos congregados la acallaran —a susurros. Más tarde intentaría agitar a la masa con consignas, pero la masa estaba poco densa y no lo logró.

23:50 Si no puedo pasar por donde quiera, estamos en estado de excepción. Por cierto, ¿dónde está el ejército?

Yo y mi inteligencia. Una mujer mayor tomó el relevo, increpando a los policías de un modo más articulado. Al final de su discurso, sin embargo, usó un ostensible corte de mangas como signo de puntuación que detrajo un tanto de la experiencia. Un hombre alto, con gafas y voz profunda empezó a declamar un par de artículos de la Constitución, esa que pocos han votado y a menos les importa, esa que queremos cambiar. Creo que eran el 139.1 y el 139.2.

23:56 Mi derecho a transitar libremente está conculcado por la policía debido a una manifestación invisible.

Aquí un experto en leyes, qué le vamos a hacer. En algún momento de la medianoche empezaron a llegar más lecheras a Sol. Una, dos. Cinco. Ocho. Habría alrededor de veinte. Empezaron a llegar más policías que formaban en varias filas, mirando hacia Carretas. Se ponían guantes. Se calzaban el casco. Algunos venían ya con toda la impedimenta negra ajustada y dispuesta: porras largas como espadones, escopetas de cañón ancho. Alguien gritó: «¡mirad, viene Darth Vader!» Las risas sonaron nerviosas.

00:08 Buenas noches. Tengo miedo #plazatomada

Para entonces ya era vox pópuli la carga de Interior. También la carga en mis pantalones. Había gente que decía venir de allí. Algunos gritos: «¡Cabrones!» Otra chica: «¡Rubalcaba dimisión!» «¿De qué va a dimitir? Rubalcaba no es nadie», dije. Calló enseguida no por mi sagaz razonamiento, que no debió oirse mucho debido a mi estado de agitación, sino por la más que probable visita del Capitán Obvio a su propio caletre. Me cargué de valor, y agarrado a la valla tomé un par de fotos más. La batería de mi listófono no estaba ya para alegrías.
Policía en Sol (2)

00:17 Muchas lecheras para tan poco café. #plazatomada twitpic.com/60yurw

Es bueno tener pensadas algunas frases hechas para emergencias.
Policía en Sol (3)

00:24 Tanta policía y nunca me he sentido tan inseguro. #plazatomada twitpic.com/60z23p

Teníamos miedo, pero también teníamos vergüenza. Mucha vergüenza. La gente debatía sobre la catadura moral de los policías, enfrente: que si tenían la obligación de servir al pueblo, que si qué era eso que llamaba el otro «el pueblo» tan alegremente, que si son instrumentos de represión en manos de los banqueros y los empresarios. «Oiga, que yo soy empresario y míreme», dije, para el cuello de mi camiseta. Podríamos hasta haber compartido porra —en ese momento no había más de trescientas personas congregadas en la boca de Carretas frente a ¿cien? policías. O, tanto da, tropas de asalto del Imperio Galáctico. Ese que viene a proclamar el emperador Ratzinger en unos días a Madrid (cada vez que hago un chiste con este tema mi chica me mira de reojo; sí, sé que los católicos de a pie no tienen la culpa). Nos abrazamos, tristes de verdad. Los defensores del Estado de derecho, esos que nos tienen que proteger, estaban a escasos metros de nosotros enfundados en armaduras y blandiendo armas. Esperando la orden de lanzarse a hacer su trabajo contra un grupo de ciudadanos perfectamente inofensivos. Una masa que ni siquiera había terminado de cuajar. Un hatajo de individuos aleatorios, sospechosos y presuntamente ahostiables por el hecho de pasar por allí y contemplar con incredulidad la absurda escena de una plaza cualquiera tomada por la policía.

Un viento debió cambiar de dirección sin avisar, y sucedió algo brillante e increíble.

00:55 300 personas a la vez hemos dicho adiós y buenas noches a nuestros guardianes, y nos hemos dado la vuelta. #plazatomada

Algunos decíamos «buenas noches». Otros, que a ver a quién «protegían» ahora. Pero nos dimos la vuelta, en bloque, y nos marchamos Carretas arriba, dando la espalda a Sol y sus inútiles antidisturbios. Como los hombres guais que no miran cuando se alejan de las explosiones. Bueno, sólo un poquito. Los vimos correr dentro de la plaza, en bloque, como si fueran a la boca de Mayor. Nosotros habíamos tenido suficiente. Deshicimos nuestro camino casi sin hablar: Mayor, Arenal, Ópera, Isabel II, Plaza de España. Recogimos nuestro escasamente viril coche híbrido y enfilamos el camino de casa. Allí nos tomaríamos ese mojito que nos habíamos prometido antes de salir.

01:36 En casa. Con más tristeza que miedo. Con más vergüenza que tristeza. Con más miedo que vergüenza. En casa. #plazatomada

  1. Está tan bien expresado, que al leerlo he vuelto a sentir toda la vergüenza de la que hablas, pero también el orgullo del momento final en que les dejamos con un palmo.
    ¡Esa es la fuerza del 15-M!

  2. Gracias por compartir tu visión de la nochecita de ayer. Se ha llegado a una situación totalmente absurda que caerá por su propio peso.Mucha gente se ha quejado de que se ha convertido en un fin algo que es un medio, pero si ni siquiera queda la posibilidad de que unos ciudadanos se reúnan a título personal en una plaza para quejarse, ¿qué nos queda? ¿Es esto admisible? ¿Debemos ser tan cínicos como para creernos que eso del derecho a reunión estaba muy bien por escrito pero que no debemos acogernos a él si no nos convoca un partido, un sindicato o un equipo de fútbol? Esta noche otros cogeremos el relevo.

    1. A estas alturas de la tarde ya tengo suficiente valor como para volver, pero no tengo medios. Además, creo que le debo a mi familia un descanso. Protesta por mí una vez más, si me haces el favor. Y espero que nos podamos desvirtualizar en circunstancias mejores.

  3. Escalofriante. Por fin me he enterado de primera mano de qué pasó esa noche, porque si tiene uno que entender las noticias…

    No hay nada más peligroso que jugar con el miedo. Cuando todos tienen miedo, se hacen cosas inenarrables, impensables en cualqueir otra situación…

    Qué miedo.

    1. Teníamos miedo, pero nunca llegamos a «hacer masa». Eso es bueno, porque te permite saltarte la regla de Ortega y Gasset (esa de que la inteligencia de la masa es menor o igual que la más pequeña de sus individuos). Si hubiéramos sido más y más juntos se podría haber liado. La valla también ayudaba: a veces las montan para que sea fácil retirarlas —así estaban en Mayor y Arenal, por ejemplo. Pero esta no: la estructura era como la de un puente ferroviario tumbado, y bastante ancha. Podían haber hecho «tiro al indignado» con pelotas de goma, pero eso habría sido absurdo sin nadie saltando la valla desde fuera.

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