Las empresas como mal menor: una respuesta

Uno de mis deportes favoritos —y menos productivos— es contestar a artículos de Politikon. ¿Que no conocéis Politikon? ¿Y sí brucknerite? Decididamente tenéis un problema. Ellos son los famosos, los divertidos y, sobre todo, los que tienen razón™. Pero como estoy de vacaciones, he decidido reciclar una para mi propio blog, por aquello de que hay que generar contenidos para mantenerse fresco en esto de la bloguería.

El artículo al que estoy contestando es Las empresas como mal menor, magnífico muestrario de falsas dicotomías con el objeto de demostrar —dialécticamente, al menos— que la empresa tal y como la conocemos es el pináculo de la evolución económica. Y mejor cuanto más grande, porque en esto el tamaño importa. Venga, leedlo. Os espero.

¿Ya? Lo que sigue también está allí, pero espero de vosotros que lo leáis en mi web. Aunque solo sea porque el blanco de fondo es conceptualmente más blanco. Mi respuesta, a continuación, troceada en cómodos y desordenados puntos.

  1. “Las empresas son malas porque son por dentro como ministerios soviéticos”. Vaya perla. Te propongo una hipótesis alternativa: las empresas, los ministerios soviéticos y demás organizaciones piramidales desarrollan patrones de comportamiento similares. Las organizaciones de estructura más “plana“ suelen sufrir menos problemas de este tipo. Las empresas “a la española” —pista: piensa en una pirámide de población de un país muy envejecido— sufren estos comportamientos en grado sumo. Otra pista: el chiste de la trainera de la empresa de consultoría.
  2. (bis) Sabes tan bien como yo cómo eran por dentro los ministerios soviéticos. Por lo que sé, las cosas empeoraron después de la idolatrada caída del “imperio”. Por lo que me han dicho, lo de la burocracia soviética era, en parte, mito: el método estándar de resolución de problemas implicaba hacerse con “contactos”. ¿Mejor, o peor? A saber. Según eso, hay empresas mucho más burocratizadas hoy en día.
  3. “Teorema” de Coase. Cómo les pone a los economistas disfrazarse de matemáticos. “En un mercado perfecto” es mi equivalente favorito a “sea una vaca esférica”. Siguiente pregunta.
  4. Criticar la empresa pública basándose en la web de Renfe. Oh, maravilla. Verás, aunque no trabajé en la web de Renfe, sí lo hice cerca. Muy cerca. La web de Renfe es un accidente histórico mantenido en el tiempo por una burocracia muy efectiva. La de IBM, para ser más concreto. La última vez que miré, IBM no era una empresa pública.
  5. Amamos lo que no tenemos, claro. Argumentar eso contra la empresa pública es más alambicado de lo que mi mente puede abarcar de vacaciones.
  6. Los apparatchiks de Iberia, Ryanair, El Corte Inglés o Mercadona no necesitan dar bofetadas a sus mindundis (y yo no necesito usar palabras en ruso para sugerir pensamientos negativos). Hay medios más refinados de control. La individualización forzada de la relación laboral es uno de ellos. El famoso mobbing es otro. El “si no te gusta te vas” es moneda común: lo he oído personalmente en más de un sitio. Curiosamente, no en la empresa pública… Vaya. Lamentablemente, lo de irse no es tan fácil en el 97% de los casos (estadística inventada™). La gente no va por ahí poniendo en riesgo su estabilidad económica y la comida de sus hijos —menos en un contexto de crisis— con tanta alegría.
  7. El problema de la empresa no es, tal y como yo lo veo, la burocracia. Parece que ciertas dosis de burocracias son inevitables y necesarias en toda organización. El problema es doble:
    1. Por un lado, de las tres patas de una empresa (empleados, clientes, accionistas) hoy solo importa una. La empresa ideal no tiene empleados y se f*lla a los clientes como quiere, que para eso son suyos. O al revés. Mientras reparta dividendos.
    2. Por otro lado, la empresa es una “persona jurídica”. En la mayor parte de jurisdicciones “civilizadas” la balanza semántica se está alejando de “jurídica” para decantarse claramente por “persona”, confiriendo a las empresas un estatus asombrosamente similar al de las “personas físicas”. Solo que con recursos y tiempo para defender sus derechos y suficiente masa económica para distorsionar a su alrededor el tejido del espaciotiempo de forma palpable.

Cualquier defecto en los razonamientos es culpa del verano, del sudor y de los malvados gnomos de Zúrich. Preguntadle a @Egocrata.

Publicado por

Iván Rivera

Another instance of Homo sapiens.

4 comentarios en “Las empresas como mal menor: una respuesta”

  1. Por decir algo, a mí me sigue pareciendo que el problema está en las personas, no en las organizaciones. Si un empresario tuviese claro que su objetivo es crear empleo, contribuir a la sociedad y a la vez, ganar pelas, las cosas irían mejor, mucho mejor.

    En España esto no ocurre. La tendencia generalizada (no todos, claro) es que el empresario lo es porque su clase social se lo impone, y su objetivo es llenar la saca haciendo lo que tenga que hacer a costa de otros pringaos. ¿Que hay que vender la empresa a los yanquis? pues se hace. ¿Que la empresa era ruinosa desde el principio? Pues saco el dinero que tenga y luego ERE, bancarrota, impagos y que me dejen en paz.

    Pues eso.

    1. Están, por un lado, las sociedades que ejecutan la voluntad de una persona, el empresario. Típicas en España, suelen ser más bien pequeñas y su relación de propiedad está bastante clara (salvo entramados societarios). El empresario puede ser una persona sensible y razonable, o no serlo; los resultados tenderán a verse en el comportamiento de la empresa. Teniendo en cuenta que el ser humano medio actúa de forma más agresiva cuanto más separado está del trato cara a cara con sus semejantes (mira al conductor medio para una prueba simple de este hecho), lo más normal es que las empresas sean, por lo general, moralmente peores que sus dueños.

      Por otra parte, tienes grandes sociedades cuyas relaciones de propiedad y control no están tan claras. Acciones en carteras de fondos de inversión y todo eso. La empresa de este tipo se comporta exclusivamente según la ley de su jurisdicción y la norma clave: la maximización del beneficio. Si el coste de un equipo de abogados para eludir una ley es inferior al de operar de acuerdo a ella, la ley se eludirá. Si financiar un lobby político sale a cuenta, se financia. Las posturas morales de la dirección de la empresa son irrelevantes hasta el punto de que el saqueo, la traición y otros tipos de delito pueden llegar a compensar.

      Si a esto le sumas que las sociedades tienen cada vez más derechos legales (y las personas físicas menos, o menos capacidad para defenderlos, que viene a ser lo mismo) tienes una receta interesante. Mucha gente se pregunta qué será de nosotros cuando las máquinas adquieran inteligencia y algo similar a la autoconsciencia. Tienen la respuesta delante de las narices: la empresa moderna es un ente parecido. Observa lo bien que nos va.

      Respecto del empresario: siempre he creído que todo sistema que requiera de sus gobernados renovaciones morales de impacto o comportamientos heroicos (o solo virtuosos, frente a la indiferencia habitual) está destinado a hundirse. Así fue con el “nuevo hombre soviético”, por ejemplo. La Iglesia Católica no es un contraejemplo: funciona gracias al cinismo generalizado. La virtud que predica es un decorado. Deberíamos poder diseñar un marco legal para las sociedades que restringiera su libertad de actuación de forma proporcional a su influencia económica… Pero ahí ya estoy soñando.

Los comentarios están cerrados.