La pregunta Naukas 2015

¿Cómo no? Cuando desde Naukas lanzaron el reto de contestar a una pregunta para el año 2015 tuve que recoger el guante. El texto de la cuestión, seguramente con trampa, era «¿qué avance o descubrimiento de la ciencia moderna ha hecho progresar más a la Humanidad?» Se apostillaba que ciencia moderna indicaba lo sucedido desde Copérnico hasta nuestros días. Ahí es nada. Y aquí mi respuesta. No dejéis de repasar el resto de interesantísimos ensayos de los demás colaboradores, recopilados en este artículo. Y aquí tenéis lo que pergeñé:

Las ambigüedades de la comunicación son una de mis pequeñas obsesiones. Por eso, cuando leí la «Pregunta Naukas 2015» empecé a desmenuzarla. No todo el mundo estará de acuerdo en qué constituye un avance o cuándo algo se considera descubierto. ¿Ciencia? ¿Qué es ciencia? «Moderna» es un calificativo ambiguo de por sí: ¿es Newton moderno, o deberíamos recurrir a barbudos y gafapastueños científicos hipster? ¡Ah, el progreso! Lo que para mí es progreso, para muchos de vosotros podría ser una molestia, un retroceso o incluso un desastre en ciernes. Y, por fin, Humanidad. Bendito tesoro. Con tanta duda y molestia querréis —tal vez no sin cierta razón— excluirme de ella y perderme de vista.

Salta a la ídem que no tengo la más remota idea de qué pueda ser una respuesta, no ya precisa, sino siquiera adecuada para la pregunta. Con cualquier expectativa así arrasada, me gustaría lanzaros una idea al azar. Si afirmo que el transistor de unión bipolar, inventado por William Shockley en 1947, constituye uno de los avances que más han alterado nuestras vidas, es posible que no me equivoque demasiado. Estamos rodeados de transistores, muchas veces ocultos en los lugares más insospechados, y su abundancia no hace sino aumentar. A principios del siglo XX la Humanidad estaba claramente dedicada a cumplir con las profecías de Malthus transformando, cada vez más rápido, toneladas de masa inerte de la Tierra en toneladas de Homo sapiens. El siglo XXI nos ha sorprendido con una tendencia mucho más voraz a transformar piedras en transistores.

Sin embargo, el concepto de un componente que pudiera modular un flujo de corriente mediante una entrada de control —en esencia, un grifo para circuitos eléctricos— no surgió de la nada en la mente de Shockley, enfrascado como estaba en promocionar su concepto de junta de unión entre semiconductores con distintas impurezas frente a diseños alternativos como el transistor de puntas de Bardeen y Brattain, sus colaboradores a su pesar (el de los tres). Pero el propio concepto de «grifo electrónico» viene de más atrás: las válvulas conocidas como triodos ya habían servido para construir, por entonces, los rudimentos de la informática y, antes aún, los primeros emisores y receptores de radio.

Cualquiera que se detenga a examinar la evolución de la tecnología y la ciencia con un interés un poco mayor que el de un telefilme de sábado por la tarde se imagina que nada «empieza» realmente desde cero. Siempre hay predecesores, hilos de los que tirar. Además, Shockley era un ser humano más bien repugnante: casi universalmente odiado, fue la diáspora de sus colaboradores y no él mismo lo que estuvo en la raíz de lo que hoy conocemos como Silicon Valley. En los 60 se descolgó por la resbaladiza pendiente de la sociobiología hasta los oscuros abismos de la eugenesia. Cuando finalmente —alguno pensaría «por fin»— murió en 1989 sus hijos recibieron la noticia a través de la prensa.

De forma que escogeré un hilo que recorrer y señalaré un invento distinto y otro padre para nuestra revolución electrónica: la válvula diodo de John A. Fleming, dada a conocer en 1904. El diodo era un componente con dos electrodos; su «tercera pata» y la que lo colocó en el camino de la evolución hacia el transistor moderno creció casi inmediatamente —apenas dos años más tarde— gracias a los esfuerzos separados de Robert von Lieben y Lee De Forest. Éste último es considerado más universalmente como «padre de la electrónica» por un quítame allá unas patentes, pero Fleming, originador también de las reglas mnemónicas llamadas de la mano derecha y de la mano izquierda, y culpable por ello de tantos divertidos movimientos manuales durante los exámenes de incontables promociones de ingenieros, inventó el diodo. Con ello puso en marcha la cadena de eventos que traería los mass media, la conectividad universal, la «inteligencia en la piedra», Facebook y las técnicas avanzadas de troleo.

Qué le vamos a hacer.

¿Tenemos la tecnología?

Cuando el pasado 27 de febrero murió Leonard Nimoy casi pudo notarse el destello colectivo de reconocimiento en las miradas de los no-trekkies del mundo entero: «¡ah, el señor Spock!» (O también «el doctor Spock», como he tenido que oír en tantas ocasiones, con un apenas suprimido pero discreto encogimiento de órganos internos.) Sin embargo, cuando apenas dos días atrás murió Harve Bennett, un grande de Star Trek más desconocido para el gran público, apenas pudo sentirse conmoción alguna en la Fuerza. De hecho, me he enterado hace un rato.

Bennett resultará familiar a cualquiera que haya visto Star Trek II: La ira de Khan o cualquiera de sus tres secuelas subsiguientes más de diez veces. Fue productor y coguionista: suya fue la idea de rescatar al genéticamente perfecto Khan de un episodio de la segunda temporada de la serie original para darle uno de sus momentos de gloria cinematográfica a toda la saga. Incluso se prestó a hacer un pequeño cameo en la discutiblemente canónica y universalmente lamentada Star Trek V: La última frontera.

Harve Bennett en el papel del almirante Robert Bennett (Star Trek V: The Final Frontier, © 1989 Paramount Pictures).
Harve Bennett en el papel del almirante Robert Bennett (Star Trek V: The Final Frontier, © 1989 Paramount Pictures).

Bennett, en su papel de productor, alumbró otra de las series clásicas en la televisión norteamericana: El hombre de los seis millones de dólares. En ella se relatan las justicieras aventuras de Steve Austin, una especie de capitán Kirk —era astronauta— devenido en ciborg tras un accidente en un vuelo de prueba probablemente secreto. Cuando vi esa serie en los años ochenta, doblada al francés en la televisión marroquí (es una larga historia) me sorprendió desde el primer momento la calidad de su intro. Además del precio —seis millones de 1973 estaba tirao, incluso ajustando el efecto de la inflación1:

[youtube https://www.youtube.com/watch?v=HoLs0V8T5AA]

¿Cómo era posible que se hubiera filmado para una simple serie de televisión un metraje2 tan aparentemente oficial como el que se ve aquí del accidente de la prueba con un cuerpo sustentador de la NASA? Muy sencillo: porque tal accidente ocurrió realmente:

[youtube https://www.youtube.com/watch?v=3jvGJhJINlc]

Y a los mandos del Northrop M2-F2 que se estrellaba en mayo de 1967 estaba un piloto de pruebas real: Bruce Peterson, que tras verse afectado por una oscilación inducida debida a la escasa capacidad de sustentación de las «alas» de su aparato, hubo de intentar esquivar un helicóptero de rescate y acabó tocando el suelo un par de segundos antes de terminar de desplegar el tren de aterrizaje y, por tanto, salvar su vuelo. Increíblemente Peterson sobrevivió y terminó saliendo del hospital habiendo perdido tan solo la visión del ojo derecho —y eso, debido a una infección contraída durante su convalecencia.

La tecnología para reemplazar el ojo perdido de Peterson por una cámara con zoom de veinte aumentos y visión infrarroja como las del ficticio Steve Austin no estaba disponible entonces —como no lo está ahora. Por eso, es comprensible que cada vez que empezaba El hombre de los seis millones de dólares en televisión el ya expiloto de pruebas se sintiera visiblemente molesto.


Nota 1: Seis millones de dólares de 1973 serían hoy unos 31 millones y medio (comprobadlo con esta calculadora de paridad de poder adquisitivo)—y en euros, aproximadamente 29 millones. Steve Austin era, efectivamente, un producto de fantasía: ¿qué proyecto de esa envergadura podría costar tan barato?

Nota 2: En realidad, las imágenes de archivos de la NASA usadas en la introducción de El hombre de los seis millones de dólares incluyen también tomas del vuelo cautivo y liberación de un HL-10, otro de los experimentos en sistemas de reentrada basados en cuerpo sustentador que la NASA terminó desechando en favor del diseño, supuestamente más versátil, de la lanzadera espacial.

La Ilustración entre malas compañías

A Wicked Company —una interesante panorámica sobre la influencia del salón del barón de Holbach en el pensamiento de la Ilustración.Libertad capitalista —si hay capital, hay libertad— podría ser un buen calificativo para reflejar el espíritu contemporáneo. O el Zeitgeist, tal como lo diría el entrañable Hipster Hitler. En un sentido amplio: la hegemonía de la burguesía, de la corporación, de los bancos y de la fina capa de democracia popular que los cubre es algo que nos acompaña desde que la Revolución Industrial tomó velocidad de crucero, pasadas las revoluciones nacionalistas del 48. De 1848. (La actualidad está sobrevalorada.)

Sin embargo, las bases del pensamiento característico de estos tiempos cada vez menos remotos surgen un siglo antes. Sirvieron como combustible y contrapunto de la primera revolución moderna. La Revolución casi por antonomasia que aún hoy inspira esperanza y terror. La que empezó desmontando la prisión parisina de la Bastilla en 1789 —liberando de ella a siete escasos y pobres diablos que volvieron a ingresar en otras prisiones en pocos días. Unas décadas antes, algunos pensadores hoy en las sombras establecieron las bases de un nuevo modelo de sociedad civil, de una nueva relación del hombre con el hecho religioso y de un concepto nuevo de humanidad.

Retrato de Jean-Jacques Rousseau (1712–1778), por Maurice Quentin de la Tour
Retrato de Jean-Jacques Rousseau (1712–1778), por Maurice Quentin de la Tour

Los filósofos de la Ilustración —no solo francesa— son hoy en día conocidos por una figura clave que estableció las bases de lo que aún hoy denominamos «contrato social». Jean-Jacques Rousseau, desde su retiro campestre, plantó la semilla de casi toda la política moderna, pero también del concepto —decimonónico, pero que pervive hasta nuestros días— de romanticismo literario. El pensamiento de Rousseau está en los genes de algunos comunistas ortodoxos, de muchos socialdemócratas heterodoxos y de no menos rabiosos liberales. De forma bien adecuada, vistos los consecuentes, Rousseau fue un paranoico obsesionado consigo mismo. Un ser mezquino y poco original que definió su pensamiento contra una visión radicalmente avanzada del ser humano y la sociedad. Un modo de pensar que Rousseau contribuyó, en la medida de las inmensas posibilidades que le ofreció su fama, a oscurecer y expulsar de la primera línea del pensamiento filosófico hasta hoy.

Por esos derroteros nos lleva A Wicked Company, un tomo de Philipp Blom en el que desfilan ante nosotros una serie de personajes claves para el pensamiento de la Ilustración, más o menos olvidados e incluso en algún caso físicamente borrados de la faz de la Tierra. El salón de la casa parisina de Paul Henri Thiry, barón de Holbach, se presenta ante nosotros como un vértice de la historia del pensamiento humano. Un lugar donde, entre 1750 y 1780, se dieron discusiones que aún hoy harían escupir bilis —y costarían la vida de quien las fomentara en algunos lugares.

El barón de Holbach reunía en su mesa, dos veces por semana, a algunos de los pensadores más brillantes del final del Ancien Régime para, con la confianza de encontrarse entre vinos y mentes igualmente excepcionales, poner en solfa la trascendencia del alma, la dualidad de mente y materia, la moral cristiana, la política absolutista, el colonialismo europeo y otros temas de similar tonelaje. Las profesiones de ateísmo radical en un mundo donde se quemaban supuestos herejes en piras públicas eran una cuestión delicada, y solo la amenaza de la destrucción mutua y la confianza entre caballeros daba cohesión a un salón donde —naturalmente— también había disputas, tensiones, enemistades e historias de amor entre el frufrú y las pelucas.

El economista, polemista y mala persona en general (a decir de Nietzsche) Galiani; el utilitarista y ponente de la igualdad humana Helvétius —que con su tratado De l’esprit casi consigue que los quemaran a todos; el deísta y sin embargo abate Raynal que escribió vehementemente contra el colonialismo; entre otras luminarias de las letras y las ciencias europeas —Buffon, Hume, Gibbon, Adam Smith, d’Alembert… Todos ellos, asistidos por las excepcionales dotes de anfitrión del barón de Holbach, debatían con —y contra— el más hábil de todos, su primus inter pares: Denis Diderot.

Retrato de Denis Diderot (1713-1784), por Louis-Michel van Loo
Retrato de Denis Diderot (1713-1784), por Louis-Michel van Loo. El mismo Diderot dijo que «no soy yo […] nunca tuve esa expresión en mi cara».
Recordamos a Diderot por el ingente esfuerzo de producción y coordinación que supuso la Enciclopedia, incluso negándole el mérito del corredor solitario de fondo con una atribución compartida con d’Alembert que se ajusta solo parcialmente a la realidad (D’Alembert se retiró en 1757). Sin embargo, el Diderot escéptico y ateo que veía a todos los miembros de la especie humana como iguales en potencia ha sido barrido a conciencia. Ni siquiera sus restos, destruidos en un arrebato de furia revolucionaria, existen ya. Pero la pregunta es muy pertinente: ¿quién era Diderot?

Denis Diderot. El hombre que no usaba peluca en un tiempo en el que la peluca empolvada era como hoy la corbata. El padre que quiso dar a su hija una educación digna, solo para ser traicionado póstumamente por ella —escandalizada por la impiedad de la obra no publicada de su padre, la censuró sistemáticamente. El pensador que prefiguró el evolucionismo de Darwin, el auténtico poder del sexo antes que Freud y una forma primitiva del comunismo de Marx. El moralista que afirmaba que cualquier práctica sexual sin excepciones era aceptable con la única condición del consentimiento informado de sus participantes, el hasta que la muerte os separe una imbecilidad y los hijos una bendición —dentro o fuera del matrimonio.

Rousseau y Diderot fueron los mejores amigos, pero Diderot era demasiado urbano, demasiado artificial, demasiado entregado a la duda. Rousseau necesitaba ante todo seguridad y la encontró en el rechazo de todo lo que su amigo propugnaba. Se hizo deísta y abogó por el retorno a un estado mítico de salvajismo natural como única salvación moral del hombre. Propuso una estructura social de libertades nominales impuestas por un código moral estricto, que incluía la pena de muerte para los delitos de pensamiento. Pontificó sobre las bondades de la educación mientras abandonaba, uno tras otro, a cinco hijos naturales en un orfanato. Y destruyó todas sus relaciones en sucesivos arrebatos paranoicos que llegaron hasta su autobiografía póstuma, las Confesiones.

Si las piezas del pensamiento de Rousseau os parecen familiares hoy es porque podéis encontrarlas dispersas en muchos nidos, desde los totalitarismos de mediados del siglo XX —completos en sus manías persecutorias y su necesidad de conformidad no solo externa, sino también interna— hasta los ecologismos contemporáneos. Rousseau ganó la mano en vida y la partida entera para la posteridad. Diderot quedó como un oscuro enciclopedista, sensualista en sus ratos libres, que nunca sintetizó su pensamiento en un «sistema» a la manera de filósofos más exitosos —e infinitamente más aburridos, como Kant o Hegel. A Diderot, en fin, le costó muy cara su festiva reinterpretación del cura ateo Jean Meslier en su obrita Dithrambe sur Fêtes des Rois:

Y con las tripas del último sacerdote estrangulemos al último rey.

Va siendo hora de practicar algo de sano revisionismo.