Hipertrofias del Javascript

Una consecuencia interesante de lo que se está dando en llamar Web 2.0 es que la interactividad que se espera de las páginas en la red comporta un engrosamiento de los componentes de apoyo. Es cierto que conforme los navegadores cumplen más y más con los estándares del W3C (pero podéis probar el test ACID2 para ver lo lejos que estáis) las páginas se transforman en aplicaciones.

El sueño del cliente ligero, que sólo requiere de un navegador para realizar cualquier tarea, está a punto de hacerse realidad. No sólo por los esfuerzos de Google por crear un nuevo monopolio (¿a que tiene gracia? Microsoft acusando a Google de monopolista…) Existen muchos jugadores que persiguen lo que unos anglófonos, en la más acendrada tradición de los padres del Mitsubishi Pajero y el Nissan Moco, han llamado WebOS (Web Operating System, claro). Sólo un par de ejemplos de entre lo más destacado: YouOS y eyeOS.

Sinceramente, me dan sudores fríos sólo con pensar en el código Javascript que hay detrás de esos ímprobos esfuerzos. Al navegador también, viendo los tiempos de respuesta de las “aplicaciones”. Me río de los applets. Pero lo que más me llama la atención es la autorreferencia implícita en todo sistema operativo web: naturalmente, todos tienen un navegador. No importa que (obviamente) ya tengas uno. No me resisto a la tentación de abrir el navegador, visitar desde él la página del “sistema operativo”, abrir el navegador… It’s turtles all the way down.

Evidentemente, la utilidad principal de estos WebOS es la de servir como plataformas para quioscos en sitios públicos. La duda que me queda es si merecen la pena, existiendo distribuciones de Linux con gestores de ventanas perfectamente aptos para la tarea. En cualquier caso, parece una tendencia natural del Homo sapiens informaticus ampliar cualquier programa hasta que se transforma no ya en un cliente de correo electrónico, como afirma la tradición, sino en todo un sistema operativo.

Cómo regalar un ordenador (o dos)

Hace unos meses que acumulaba en una habitación de mi casa un par de ordenadores ligeramente obsoletos, de esos que son más que suficientes para cualquier aplicación doméstica razonable pero tienen la desventaja de haber perdido su lustre, aparte de hacer un ruido infernal. Un Athlon K7 y un Pentium 4 de los primeros, los dos alrededor del gigahercio de reloj, con la memoria algo justa pero suficiente.

Me he vuelto un usuario convencido de ordenador portátil: no ocupa espacio, no hace ruido y no es mío: todo ventajas. Sólo le faltaría llevar Linux, pero es un tablet. Cuando el tiempo personal escasea, lo último en que piensas es dedicar una semana a intentar adaptar la última versión de Ubuntu con paquetes no oficiales, parches, controladores y código “hazlo-tú-mismo” para obtener algo que funciona (pero ninguna de las teclas especiales funciona, el segundo puerto USB no reconoce a la lámpara de lava cuando hay luna llena, y el boli del tablet sólo pinta seises en grupos de tres).

Decidí donar mis ordenadores en desuso al colegio de mi niño. Un colegio público siempre agradece estas cosas. Como la configuración no era uniforme, y había algunos problemillas de hardware, procedí a revisarlos, quitando componentes de aquí y montándolos allá. Al final, quedaron unos ordenadores muy presentables, con dos discos duros cada uno y dos unidades de DVD-ROM y CD-RW, respectivamente. Para limpiar los discos duros (tenían un batiburrillo de particiones) instalé en ambos Ubuntu 6.10 (Edgy Eft, más o menos tritón irritable), en una configuración por defecto.

Muchas semanas después de haber empezado la tarea (sólo le dedicaba unos minutos cada fin de semana), llegó el momento de la entrega. Transportar las máquinas fue un dolor, pero la alegría de la buena acción que realizaba pudo con todos los sudores. ¡Pero! Nadie en el colegio sabe nada de Linux. Cuando le conté al director que no tenía otra cosa para instalar, comprendí por su expresión que lo que había hecho era darle mucho trabajo, y de una clase que no estaba preparado para realizar.

Moraleja: educar a los hijos en el camino recto del software libre también es cosa de los padres.

Equivocarse es de humanos

La sonda Mars Global Surveyor, desaparecida en noviembre de 2006 en órbita del planeta Marte, pudo sucumbir ante un pequeño error de programación. La noticia, reducida a su mínima expresión, muestra a una agencia espacial plagada de incompetentes, digna de una Loca Historia de las Galaxias protagonizada por programadores descuidados, y no refleja en absoluto la realidad de lo sucedido.

Hubo, en efecto, un error de programación. Dos registros de memoria actualizados en junio de 2006 tenían un valor incorrecto. El ajuste de rutina de los paneles solares del 2 de noviembre lleva a los motores de los paneles a desplazarlos hasta el final de su carrera, generando una serie de alarmas. El ordenador de a bordo interpreta que uno de los motores está atascado, entra en su modo seguro y procede a orientar la nave de modo que el calor del Sol provoque una dilatación y lo suelte. Pero tras comunicar este hecho al control de tierra, la antena queda orientada incorrectamente; esto provoca la pérdida de comunicaciones, que habría sido temporal de haberse tenido en cuenta en el diseño original la estabilidad térmica de las baterías en esta situación. Por pura casualidad, una de las dos queda orientada hacia el Sol: se sobrecalienta y se descarga, y provoca en 11 horas la descarga en cascada de la segunda. La nave, desorientada y sin energía, queda a la deriva; la misión se da por finalizada.

La realidad es siempre más interesante que la noticia. Lo cierto es que el éxito de la MGS fue tan grande que su misión fue ampliada cuatro veces consecutivas por los responsables de la agencia espacial americana. La nave, en órbita marciana desde septiembre de 1997, tuvo tiempo de fotografiar varias veces la superficie completa del planeta, lo que ha permitido estudiar los patrones atmosféricos estacionales. Descubrió cráteres nuevos, que no estaban al principio de su misión. Más importante aún: aportó una de las evidencias más concluyentes en favor de la hipótesis del origen hídrico de los barrancos de Marte, ofreciendo así una de las piezas más relevantes de la nueva geología marciana y, tal vez, un motivo para ir allí en persona algún día.

Centenares de científicos analizarán durante muchos años los datos aportados por la MGS; los ingenieros han obtenido una experiencia sin precio sobre los avatares de una misión realmente longeva; y los legos nos hemos quedado con la maravilla de sus imágenes de aquel desierto lejano y no tan seco como creíamos. Descanse en paz.