El problema de Metro de Madrid

Metro de Madrid vuela. Para ser más exactos, sus responsables están corriendo en círculos y agitando fuertemente los brazos, a ver si despegan de una vez. Mientras tanto, el público usuario sufre un número de averías diarias variable entre cero (según fuentes de la Comunidad de Madrid) y cuatro (según ciertos diarios antisistema). Entre ambas cifras, la empresa niega la mayor y achaca las inexistentes incidencias a sabotajes (en medios más respetables).

El problema de Metro no surge de una falta de inversión en mantenimiento, como sugieren algunos. En realidad, no es ni siquiera un problema, porque lo que está sucediendo está planificado. A lo largo de los últimos años, el sistema general de conservación de convoyes e infraestructuras ha pasado de un mantenimiento cíclico y preventivo a un nuevo modelo de mantenimiento avanzado o proactivo, en el que se utilizan modelos matemáticos y variables indicadoras para realizar predicciones sobre el momento en el que será necesario efectuar una intervención.

Naturalmente, ni siquiera el ingeniero más puesto de crack se cree que sea posible predecir con un 100% de fiabilidad cuándo va a fallar el soporte de un motor por el sonido que hace cuando se le da un martillazo (exagero un poco, pero las variables indicadoras se definen como parámetros fácilmente medibles sobre un sistema operativo, es decir, no desmontado; y es cierto que se auscultan los motores). Admitamos pulpo como animal de compañía y un 50% de fiabilidad en la predicción, no sin antes notar que me he inventado esa cifra.

En realidad no importa. Lo que sí importa es lo que se hace en caso de fallo en la bola de cristal. La mantecnología avanzada (así la llaman, de veras) afirma que debe realizarse entonces un mantenimiento correctivo. En un idioma más corriente, diríamos que si se ha roto, entonces pasamos al Plan B: ¡arreglarlo!

Pero para entonces la incidencia ya ha ocurrido, y los pasajeros ya están tirados en la vía. Se va perfilando la cuestión: el mantenimiento preventivo tiene un coste muy bajo en mano de obra y capital. Apenas lo que le pagan al directivo que lo implanta y lo que cuesta despedir a la gente que sobra de los talleres. El mantenimiento correctivo es más caro (porque hay que hacer algo, no como en el otro), pero ¡oh desgracia! parte de sus costes son inmateriales: daño a la imagen y menoscabo de la calidad. Peor aún, son diferidos en el tiempo.

El punto de inflexión entre preventivo y correctivo está, precisamente, en esa cifra de fiabilidad de predicción que me inventé antes. Los costes inmediatos del plan dependen de ella, siendo el plan más barato cuanto más alta se estime. Así pues, no hay incentivo para que el diseñador del plan intente aproximarse a la realidad; antes bien, ofrecerá una fiabilidad tan cercana al 100% como sea posible, sin que provoque espasmos de risa floja a quien lo lea. Ya oímos pensar al directivo de antes:

“Para cuando mi plan tenga consecuencias ya estaré en otro departamento, la culpa de los fallos la tendrá otro y a mí se me recordará por la espectacular rebaja de costes. Y que me quiten la casita en la playa que me compré con la paga de objetivos.”

Los directivos suelen rotar con un periodo similar al de las elecciones, por cierto. A veces menos.

Las normas de la casa de los blogs

Los medios tradicionales recogen (y recogen mal) la historia del propuesto Código de Conducta en Bitácoras (BCC, Blogger’s Code of Conduct), propuesto por Tim O’Reilly (editorial O’Reilly) y secundado por Jimbo Wales (Wikipedia); cuando luminarias así hablan, la Red les escucha.

Ahora hablaré yo, así que no os tenéis que quedar… Opino que pedir que las bitácoras se autorregulen es un error propio de la Era Industrial, en la que la información era controlada por unos pocos. Hoy, los límites se difuminan, y pronto veremos “vidas online”: personas que no se limitarán a tener una bitácora, sino que mostrarán partes más o menos editadas de su vida en la red. Algunos ya han empezado. ¿Habrá que pedirles que se comporten con decencia?

Antes decía que los medios tradicionales recogen mal la historia. Inevitablemente: el BCC está recogido en un wiki, y el contenido de un wiki es “como el agua”. Así que ya (20070410170700) no dice lo que decía en el momento de escribir la reseña. El punto más polémico, que recoge El País como “hazte responsable de los comentarios en tu blog” es ahora:

We take responsibility for our own words and reserve the right to restrict comments on our blog that do not conform to basic civility standards.

Más o menos:

Nos responsabilizamos de nuestras propias palabras y nos reservamos el derecho a restringir los comentarios que no sean conformes a un estándar básico de civismo.

Aquí hay mucho que discutir, sobre todo por la parte del estándar básico de civismo. Pero, yo que tú, volvería a mirarlo ahora, no sea que diga algo sobre la tiranía de las grapadoras o similar. Internet es así.

Y dicho esto, sí, estoy bastante de acuerdo.

Unidades periodísticas

El lenguaje de los periódicos suele ser como la comida rápida: fácil de hacer, fácil de digerir. Y los lugares comunes son como retortijones en la digestión. Tengo un amigo que siempre que ve un reportaje televisivo o un artículo sobre un accidente de cualquier tipo, busca la expresión “amasijo de hierros” para obtener su dosis diaria de exasperación. La encuentra, invariablemente. Google la encuentra 44 veces en el último mes de noticias.

Mi preferencia personal son las unidades periodísticas: esas formas de medir la realidad que se repiten en tabloides, telediarios e incluso en documentales de La 2. ¿Cómo es de alto un puente? Lo decimos en “pisos”, aunque un puente no tenga pisos. ¿Cuánta superficie se quemó en el incendio? Démoslo en “campos de fútbol”, y no importa si son de media hectárea o de una. ¿Cuánta cerveza se bebe al año en la República Checa? La “piscina olímpica” parece una buena forma de medirlo (dejando aparte lo perturbador de la imagen de una piscina llena de cerveza, y lo más perturbador de la respuesta: más de 620). Y, ya para molestar, ¿cuán grande es un asteroide mata-dinosaurios? ¡Los medimos en “estados de Texas”! ¿Y eso, cuánto es? 1,3399 “Españas”.

Un sitio tan serio como The World Factbook (¡sí, de la CIA!) da las áreas de los países en “comparativa”. Me aclara mucho pensar que Burundi es “algo más pequeño que Maryland”. ¿Dirán de Maryland que es “algo mayor que Burundi”?

Tengo pensada mi venganza frente a tanta estulticia: las unidades Sinatra (es decir, a mi manera). Daré los tiempos en nanosiglos (un nanosiglo son π segundos, poco más o menos)
o en microquincenas (1,2096 segundos). Mediré los puentes en microsegundos-luz (300 metros), y diré que mi coche alcanza la vertiginosa velocidad de 1,6 kilohercios por attoparsec, cuesta abajo. Está muy bien para los 0,056 mm2 de gasolina que consume.