Deceptio, -onis

En los lejanos tiempos en los que nuestros familiares mediados de mes eran formales y vagamente amenazadores idus, la decepción no era más que un engaño. Gentes prácticas aquellos latinos, que de una trampa en el suelo donde animales salvajes caían (de-) para ser capturados (capio), y alteración vocálica mediante, crearon un decipio para cualquier acción de engañar y una deceptio para el engaño mismo. El tiempo, igual que muda a coloridas y voluptuosas venus de los antiguos templos en elegantes y mutiladas venus de los nuevos museos, transformó (los que saben de esto llaman al proceso metonimia) al engaño en su consecuencia: pesar. Por más que el diccionario canónico de nuestra lengua recoja como un fósil de tiempos remotos «falta de verdad» como segundo significado de decepción, nuestras mentes no sienten ya más que tristeza cuando se les avecina una historia de desengaños; porque triste es el desengañado, pero ¿y el engañador?

La lengua atesora verdades ocultas a plena luz. Engaño y desengaño, mentira y decepción, suelen ser cara y cruz de una misma moneda. Esa bola pajiza y seca que traga el decepcionado es la obra lastimosa de quien le traicionó; y el traidor que tal se sabe no puede reír con ello, pese a que su contraparte lo imagine así. Hay amargura a ambos lados de un desengaño.

Y por doblemente amargas, las peores decepciones son las que uno se inflige a sí mismo.

… Hice mal tantas cosas…


Este relato ha sido escrito para @divagacionistas en su convocatoria #relatosDecepción de marzo de 2017.

443-001

En lo más escondido de mi memoria de cobre y grasa hay un taller grande, ruidos de tornos y fresas, olor a soldadura y a virutas de metal. Hay voces, herramientas hidráulicas, algún grito de dolor y manos tiznadas y magulladas. Y hay luz, y después lluvia del cielo, y más luz, y en el suelo raíles. Raíles pulidos, espejeantes, paralelos sin descanso hasta donde alcanza la vista.

Yo era un prototipo. El más rápido de todos. Me hicieron avanzado, con basculación para poder trazar velozmente curvas cerradas cuidando a la vez de la comodidad de mis pasajeros. Alimentaba mi calefacción y mi iluminación sin hacer ruidos molestos gracias a un convertidor estático. ¿Qué no podría hacer? Los postes de la catenaria pasaban junto a mi testero como los compases de una canción, apenas reflejados en el cristal de mis faros. Un relámpago, una exhalación amarilla. ¡Imaginaos! Un día sin nombre de 1980, en la estación de Valdepeñas, un niño ilusionado conmigo se despistó un momento y no me vio pasar. Confieso que no me sentí mal. Presumido, lucía con orgullo mi velocidad máxima —ciento ochenta— en un rombo pintado en mi costado. Cortaba el aire con mi morro aerodinámico. Salía en toda la publicidad. El futuro era mío.

Dijeron que me averiaba mucho. Dijeron que era caro de mantener. Dijeron que era demasiado moderno, y a la vez no lo suficiente; que en otro taller habían fabricado un tren mejor. Siempre fui único, siempre estuve solo. Me relegaron. Acabé haciendo servicios turísticos con nombres imaginativos. «Murallas de Ávila», «Doncel de Sigüenza». Entonces alguien reparó en mí. Los trenes estaban en plena revolución: por fin iba a llegar algo llamado «alta velocidad». Por fin, mi destino.

Pero yo ya era el pasado. Solo me necesitaban para un último esfuerzo: probar un pantógrafo de esos trenes nuevos que todavía no existían. El seis de mayo de 1987, en el kilómetro 221 de la línea Madrid-Alicante alcancé los 206 kilómetros por hora. Más que ningún tren en el país. Y justo después me rompí. Fue la última vez. Años después, una 319 me remolcó hasta una estación pequeña y fría del norte. Maniobró conmigo hasta introducirme en una vía de raíles oxidados. Allí, donde se termina la vía muerta, junto a una topera de hormigón, me pudro desde entonces.

¿Qué habrá sido de aquel niño que no pudo verme?


Si queréis saber algo más acerca del 443-001, el tren real que hay tras esta historia, no dejéis de visitar El Platanito, del blog Esperando al tren.

Este relato ha sido escrito para @divagacionistas en su convocatoria #relatosTrenes de febrero de 2017. La imagen que lo ilustra es CC BY-SA por Matthew Black (Fuente: Wikimedia Commons).

Despertar

​Un destello de consciencia.

Suspiro.

Un poco de luz grisácea entra, indiferente, por la abertura que acaba de abrirse entre mis párpados.

Giro sobre mí mismo. Tiro hacia arriba del edredón. Siento algo de frío.

Un poco de luz grisácea entra, suave pero desafiante, por las rendijas de la persiana. Aun falta para el amanecer: ¿las ocho menos cuarto? No es muy temprano, pero estos días de finales de enero todavía aparentan serlo a estas horas.

¿Qué es eso? ¿Qué estoy oyendo?

Junto a la cama, el teléfono sobre la mesilla de noche da la hora cuando se la pido, aun con manos torpes que todavía no saben si están en vigilia o en sueño. Las ocho menos veinticinco. Más temprano de lo que pensaba. Eso es bueno: más tiempo para desperezarme. Eso es malo: más tiempo que podría haber estado en la cama. Eso da igual: me espera un día vacío. Como los anteriores, como los que vendrán, como…

Han vuelto.

Me levanto. Mi espalda se queja. Busco a tientas las zapatillas. Enfundo mis pies. Sí, hace un poco de frío. No puedo ver mi cara en la penumbra gris de esta hora de un amanecer de finales de enero, pero sé que sonrío. Atravieso la habitación con la morosidad del recién llegado al despertar. El dintel de la puerta del baño, entreabierta, me contempla.

Están ahí arriba. Les oigo piar.

De la rejilla de ventilación en el techo del baño salen píos alegres, recordándome que he vivido para ver cómo antes de su propio amanecer se despierta otra primavera.


Este relato ha sido escrito para @divagacionistas en su convocatoria extraordinaria #relatosTiempo de enero de 2017. La imagen que lo ilustra es CC BY-NC-ND por Garden Beth (fuente: Flickr).