Acunar el aire

Ella sentía las manos tibias. Las palmas, ligeramente rugosas, parecían acunar el aire entre los dedos. Los movió suavemente hacia adentro, como para asir algo que estaba y no estaba allí. En un rincón bajo su consciencia despertó el recuerdo de lo recién vivido, de lo que ha sido y de alguna forma química, flotando en la leve capa de aire que envolvía la piel lineada de sus manos, seguía siendo. Sin mover los brazos giró lentamente las palmas hacia arriba. Sus ojos las miraban, aún sin comprender. Quizá un par de segundos más tarde su diálogo interior le ofrecería una explicación, pero ese instante en el mar del tiempo la vio levantar las manos hacia su cara en un reflejo perezoso. Inspiró. El aire tibio con sus moléculas de historia y su recién ganada paz llenó sus fosas nasales.

De repente allí estaba todo. El olor de él. De su piel recorrida con deseo por las manos de ella. De su cuello y de su boca, de su lengua y sus pezones. El aire cálido de su sexo enfebrecido. De sus gemidos, tañidos de su cuerpo por las manos de ella. Del semen derramado. El aroma de su amor, de su pasión, de su recuerdo, de sus lágrimas compartidas, de su vida a trompicones.

Cerró los ojos. Volvió a abrirlos. Miró la palma de sus manos de nuevo y supo que volverían junto a él a renovar su olor.


Este relato ha sido escrito para @divagacionistas en su convocatoria #relatosOlores de diciembre de 2016. La imagen que lo ilustra es CC BY-NC-ND por Ashley Rose (fuente: Flickr).

Sentado en el viejo tresillo

Sentado en el viejo tresillo. Fuera hace frío. Dentro hace frío. El vaho de su respiración acaricia la punta de su nariz como una nube de agujas. Pequeñas, invisibles. La luz gris del amanecer se abre paso a través del visillo. Los colores se marcharon del apartamento hace tiempo, casi a la vez que la amenaza entró por la puerta. Por las ventanas. Por las rendijas de la cocina. Por cada tubería y por cada toma eléctrica. Encendería una luz; quizá fuera la señal que buscaban. El aviso para cerrar su cerco. Agitado de pronto, mira la lámpara. Mira el interruptor. La tentación crece. Un último acto de rebeldía. Una última creación. Fiat lux.

No. Amanece. Los papeles garabateados encima de la mesa revelan sus contenidos. El gris claro le gana su pulso cotidiano al gris oscuro. La piel de las palmas de las manos, seca y pálida, busca calor en la áspera tela de la bata. Debería esconderlos. Al principio no entenderían. Harían preguntas. Todas las respuestas posibles son un crimen. No, mejor destruirlos. Quemarlos. Pero la luz. No.

Sentado en el viejo tresillo, esperando el ruido del ascensor. De las puertas metálicas batiendo. De las botas sobre el terrazo del rellano. Del timbre. Del final.

Esperando.


Este relato ha sido escrito para @divagacionistas en su convocatoria #relatosEspera de noviembre de 2016. La imagen que lo ilustra es CC BY-NC-ND por Michael W. May (fuente: Flickr).

118 kilómetros por hora

No tengo mucho más que añadir: mi hipótesis de ayer, emitida previamente al volcado de los datos del registrador jurídico de la unidad 592 accidentada el pasado día 9 en O Porriño, ha resultado no ser correcta. Los datos registrados y puestos hoy a disposición judicial afirman que el maquinista reconoció la señal de avanzada correctamente, pero no hizo lo que debía hacer y mantuvo la velocidad máxima de la línea hasta el momento de su descarrilamiento.

El articulo enlazado aquí de La Voz de Galicia afirma algo curioso, sin embargo. Veamos qué podemos aprender:

En principio, los técnicos supervisaron también los cambios de agujas y no encontraron defectos. El tren Celta descarrila en el segundo desvío, unos 50 metros antes del puente.

Es de suponer que los técnicos inspeccionaron los desvíos y no encontraron defectos previos al descarrilamiento. En mi artículo de ayer mostré que la segunda aguja presenta signos claros de rotura (las deformaciones laterales debidas a que un bogie de un coche, con toda probabilidad el primero, toma el cambio por la vía desviada, y el otro por la vía directa). Que se afirme que el tren descarrila en el segundo desvío y no en el primero es compatible con la rápida puesta en servicio de la línea: el primer desvío soportó el paso del tren completo a su velocidad de vía directa. Por su parte, que el segundo desvío se rompiera no tiene por qué ser consecuencia de un mantenimiento defectuoso. Hay que recordar que la velocidad máxima de paso por vía desviada de estos desvíos (tipo A o B) es de 30 km/h. Una velocidad que la multiplica por cuatro está más allá de cualquier margen de seguridad de diseño y el descarrilamiento está garantizado por uno de estos tres mecanismos (los dos primeros están muy bien descritos en «Cómo descarrila un tren», en Haciéndome el Sueco, el blog de @carlcasan:

  • Remonte de pestaña: el desvío no deja de ser una curva de un radio pequeño y sin peralte. La pestaña de la rueda pasa de ser paralela al raíl a enfrentarlo con un ángulo, como si intentara cortarlo. Si la velocidad es elevada, la relación de fuerzas puede favorecer que la pestaña «suba» por la cabeza del raíl, provocando el descarrilamiento.
Remonte de pestaña durante la inscripción de un eje en una curva. (Fuente: elaboración propia)
Remonte de pestaña durante la inscripción de un eje en una curva. (Fuente: elaboración propia)
  • Descarga de rueda: este fenómeno, en un desvío a la derecha, tenderá a ocurrir en la rueda derecha. Como quiera que el centro de gravedad del coche está más alto que los ejes motrices, la fuerza normal de la que hablábamos antes genera un momento de giro longitudinal. El coche se levanta por el lado interior del desvío y sus ruedas dejan de soportar carga, con lo que se pierde el control del conjunto, que descarrila.
  • Rotura de aguja: la aguja propiamente dicha es una pieza móvil con menos resistencia que el propio carril. Con el desvío enclavado hacia la vía desviada, las ruedas del lado izquierdo del coche que entra a velocidad excesiva están induciendo un esfuerzo anómalo en el sistema. A la velocidad de paso nominal multiplicada por cuatro, que la aguja se rompa provocando que los siguientes ejes no tomen el desvío correctamente y, por tanto, el descarrilamiento, es una respuesta esperable.
Esquema simplificado de un desvío similar a los de la entrada de la estación de O Porriño. (Fuente: elaboración propia)
Esquema simplificado de un desvío similar a los de la entrada de la estación de O Porriño. Enclavado en vía desviada (esquema izquierdo), la aguja derecha, cerrada, soportará una carga anormal si se supera a gran velocidad. (Fuente: elaboración propia)

Ahora comienza, para las compañías implicadas y la CIAF el complicado proceso de rellenar todos los detalles de este lamentable asunto. El objetivo será siempre el mismo en la ingeniería de la seguridad: hacer este tipo de sucesos un poco más difíciles en el futuro.


Imagen de cabecera de Nelso SilvaCP 592.2, CC BY-SA 2.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=48076178.