Así era, así es, así será

Uno de los aspectos más interesantes del artículo Orgasmo. ¿Qué, cómo, por qué? de El País (que recomiendo, por otro lado) es que apunta un interesante origen para la culpabilidad sexual que, personalmente, siempre había atribuido a la moral judeocristiana. ¿Y si el mito de la promiscuidad medieval —El nombre de la rosa trae recuerdos— fuera cierto? ¿En qué momento ese mundo de pajares calentitos e hijos bastardos dejó paso al puritanismo y a la represión? ¿Por qué?

Durante el siglo XVI las autoridades eclesiásticas y civiles, trabajando en conjunto, crearon un conjunto de delitos sexuales. Esta es mi hipótesis: formaban parte de lo que hoy en día llamaríamos un paquete de medidas para el control de la población en un contexto cada vez más urbano. Recorte de miembros, barbacoas humanas, infiernos reales o imaginados. Modificaciones eficaces del “código penal” que ponen en perspectiva recientes esfuerzos por introducir la (absurda) cadena perpetua en el catálogo de castigos. A veces, estos cánceres cívicos no terminan de establecerse y se pueden erradicar, no sin esfuerzo, con un coste que es mejor no olvidar (un ejemplo: sesenta millones de muertos en la Segunda Guerra Mundial). En otras ocasiones cumplen con su ciclo de dolor, se marchitan y desaparecen del paisaje vital. Otras muchas se perpetúan y parecen enquistarse. Hay que ser muy prudentes con las libertades que cedemos a cambio de un poco de orden, de promesas en otras vidas o de un poco más de dinero en ésta, porque la moral colectiva es más vulnerable de lo que creemos a un ataque concertado de grupos sedientos de poder.

Otra memoria histórica

En 1956, una marioneta intentó cortar sus propios hilos para caminar por sí misma. En , la estatua de —entonces presidente de la República Popular— tiene siempre flores frescas. A una distancia inquietantemente corta a pie se alza un monumento soviético a los caídos en la liberación de 1945. Las luces nocturnas iluminan con ardor todo el contorno de la plaza, pero el obelisco permanece a oscuras, rodeado por una valla antidisturbios, como una metáfora en piedra.

A Imre Nagy lo mataron por soñar una mejor. Con él se fueron a aquel país desconocido algunos miles más. Otros, muchos, escaparon por las fronteras entreabiertas. La libertad se perdió en la larga noche del país que llegó a ser conocido como el barracón más feliz del cuartel soviético. Los que no recordamos esta historia tenemos que aprenderla; cada vez que la libertad se apaga en algún lugar, el mundo entero se vuelve un poco más oscuro.

Novena Sinfonía

Octubre de 1944. En medio de un mundo resquebrajado y tambaleante, entre ruinas y zumbidos de bombarderos, el edificio de la sigue en pie. Las butacas vacías escuchan con reverencia: el concierto de hoy se emitirá por radio. No es seguro, ahora bien, que allá fuera alguien esté prestando atención en el paroxismo de muerte que envuelve el corazón de Europa.

Los profesores de la orquesta más importante de la nación están absortos en la tarea más absurda posible en estos momentos. Interpretan música. Como un solo cuerpo, responden al pensamiento en forma de gestos de un hombre alto, con porte distinguido y de cabeza bulbosa, lo que hace destacar más aún su calvicie. El director estrella del Reich de los Mil Años agita un pañuelo cada vez más lentamente hasta quedar congelado, brazos en alto.

Vistos así, detenidos en la pausa de un silencio general, componen una escena casi cómica. La atmósfera de tensión no colabora, sin embargo. Nadie sabe si podrán terminar la pieza con vida, sea por una bomba americana o por los insondables designios de algún Untersturmführer de las . Nadie sabe si su casa seguirá en pie cuando logren, finalmente, salir de la gigantesca ratonera del teatro. Hablando de incógnitas, nadie tiene idea de qué ha sido de algunos compañeros judíos. Algunos han oído rumores, pero se niegan a comprender.

, en su calidad de primer director del Reich, sabe algo, pero no mucho más. Ha intentado salvar a algunos, pero qué haya sido de ellos es un misterio. Puede que alcanzaran Suiza. Puede que estén ocultos en algún remoto lugar del campo. Quizá hayan muerto. Todo esto pasa fugazmente por su cabeza mientras, instintivamente, prolonga el silencio lo justo para decir, con su absoluta mudez, lo que tiene que decir. Aquí y ahora.

El primer movimiento de la de , compositor oficial de la Gran Alemania y favorito del Führer —desgracia que comparte con Wagner y Beethoven, todos ellos demasiado muertos para protestar—, va a terminar. Entra la coda, abstracta y extraña. Qué estaría pensando el viejo Anton: en su próximo final, en su última duda, en su angustia. Furtwängler comienza de nuevo a moverse y el sonido sale de algún lugar muy remoto en la negra noche de la guerra. De algún modo, sólo con los magnetófonos por testigos, la música alcanza su fin con un grito.