Saliendo del armario con ruido

Estimados todos: ha llegado el momento de confesar. Ya he dado todos los pasos que podía dar en privado, y ahora la evidencia de mi situación me obliga a airear públicamente la verdad. La verdad es que… estoy aprendiendo a tocar la flauta. La travesera; la de pico ya la tocaba. De oído y de pena, pero la tocaba.

Para ello, estoy recuperando las clases de solfeo que dejé cuando Naranjito todavía estaba fresco y campante. También me he comprado una flauta de estudio, marca Jupiter. ¿Os imagináis cuánto cuesta una flauta decentita? Un poco más y me tengo que hacer perroflauta para financiarla. Por cierto, la que enseñan en el siguiente vídeo es un orden de magnitud más cara: todo lo que no quiso nunca saber sobre cómo se construye una flauta travesera desde casi cero.

Cuando toque como este señor de aquí os contaré más.

Buscador musical

Partitura: Para Elisa, de L.v.Beethoven

Tanto buscador suelto en Internet, y ninguno puede resolver uno de los problemas más antiguos: la búsqueda de melodías. Supón que escuchas algo en la radio o en un anuncio de la tele que te cautiva, e intentas identificarlo a base de tararearlo a los amigos. Éstos, secretamente hartos de ti, no sólo te ocultan la información vital, sino que a tu enésimo intento de sonsacarles a silbidos aprovechan la ocasión para declararte loco y encerrarte para siempre en una institución, donde una enfermera te administrará un enema cada vez que intentes entonar aquella maravillosa canción que te cambió la vida.

O quizá no sea tan grave. Tal vez tus ex-amigos hayan decidido abandonarte por otros motivos, y sólo puedas recurrir al ordenador, ese maravilloso instrumento que en casos extremos lo más que puede hacer para huir de ti es suicidarse haciendo aterrizar los cabezales del disco duro sobre su delicada superficie magnética. En un aparte, esto me pasó una vez; emite un sonido descorazonador, como un ser muy cansado expirando. ¿Tendrá que ver con que todos mis amigos hayan cambiado varias veces de número de teléfono?

Bromas aparte, hay una sorprendente respuesta: Musipedia. Con más de 30000 temas musicales indexados, es posible realizar búsquedas por autor o título de composiciones de cualquier estilo. Pero esto no responde a la cuestión planteada en un principio. ¿Qué tal una secuencia de notas como búsqueda? En notación anglosajona, Für Elise (Para Elisa) en la menor, de Beethoven tiene esta apariencia:

e''16 dis''16 e''16 dis''16 e''16 b'16 d''16 c''16 a'8 r16 c'16 e'16 a'16 b'8 r16 e'16 gis'16 b'16 c''8

Pero para componer esa búsqueda, hay que poder tomar al dictado la pieza con toda precisión, además de disponer de ese don tan escaso llamado oído absoluto. No hay problema; puede empezarse por cualquier nota y usar cualquier duración, respetando los intervalos (para esto sólo hace falta el más frecuente oído relativo). Pero, ¿y si tu oído registra los sonidos como un fonógrafo de Edison pringado de barro? ¿Y si no tienes ni idea de solfeo?

Dejando a un lado la altísima tolerancia a errores del algoritmo de búsqueda de Musipedia, hay una forma aún más sencilla de buscar una melodía, válida para legos absolutos: el código Parsons. Partiendo de la primera nota de una melodía, sólo hay que anotar si la siguiente es más aguda (y se escribe una u de up, arriba en inglés), más grave (d, de down, abajo) o si se repite (r). De esta forma, el Para Elisa se puede buscar así (haz clic para comprobarlo):

DUDUDUDDDUUUDUUU

Los resultados de la búsqueda pueden escucharse para su verificación (a veces esto no es posible, lo que es un defecto del buscador). Sencillo, ¿no? Venga, a buscar.

Compra ideológica

Anton Bruckner: Symphonie Nr. 9 (vervollständigt, Finale in der Aufführungsfassung Samale-Phillips-Cohrs-Mazzuca), Sinfonieorchester Aachen, Marcus Bosch

A estas alturas de la película, está más que claro que el modelo de negocio de las discográficas está más difunto que la perrita Laika. Entonces, ¿por qué compré este domingo pasado un CD? ¿Importado de Alemania? ¿A 26 €?

Si dejamos aparte mi dudoso estado mental, queda el hecho de que comprar un disco es, hoy por hoy, lo más parecido a llevarse uno de esos tarjetones de “un kilo de ayuda” que suelen verse por los hipermercados (pagándolo, ¿eh?) En la correspondiente transacción económica hay dos elementos:

  1. Un soporte sin valor real: el tarjetón o el disco con su cajita.
  2. Un intangible: el antedicho “kilo” (en realidad un compromiso de ayuda contraído por la Fundación IUVE, más que un kilo real), o la música codificada sobre el disco.

Al igual que la misma ayuda, u otra equivalente desde el punto de vista de la tranquilidad de nuestro ahíto espíritu occidental, puede encontrarse en multitud de soportes distintos (hay más ONGs, y siempre podemos ayudar nosotros mismos a coste cero*), la música de un disco legal puede encontrarse en otros soportes menos convencionales. O, cual espectro de la Santa Compaña, sin soporte alguno. Es un hecho: la música, entre otras bestias, vive hoy en el universo binario en el que dividir es multiplicar.

Comprar un disco es una declaración de principios, un mensaje ético a una compañía discográfica que afirma, con la fuerza del metálico, que el artista importa a alguien. Tanto como para pagar por la inútil galleta de plástico, su transparente cajita —y su transporte. No importa que, segundos después de abrir el paquete, el CD vaya a ser ripeado sin piedad y archivado, y la música, su alma, volcada en algún medio más conveniente. Para entonces ya he votado con la cartera por que mi extravagancia sonora favorita sea rentable; ya he ofrecido un argumento más a los ejecutivos que, contemplando los fríos números de las ventas, deciden qué se grabará y qué no el año que viene.

Me pregunto qué habría hecho de encontrar el disco en la mula…