Buscador musical

Partitura: Para Elisa, de L.v.Beethoven

Tanto buscador suelto en Internet, y ninguno puede resolver uno de los problemas más antiguos: la búsqueda de melodías. Supón que escuchas algo en la radio o en un anuncio de la tele que te cautiva, e intentas identificarlo a base de tararearlo a los amigos. Éstos, secretamente hartos de ti, no sólo te ocultan la información vital, sino que a tu enésimo intento de sonsacarles a silbidos aprovechan la ocasión para declararte loco y encerrarte para siempre en una institución, donde una enfermera te administrará un enema cada vez que intentes entonar aquella maravillosa canción que te cambió la vida.

O quizá no sea tan grave. Tal vez tus ex-amigos hayan decidido abandonarte por otros motivos, y sólo puedas recurrir al ordenador, ese maravilloso instrumento que en casos extremos lo más que puede hacer para huir de ti es suicidarse haciendo aterrizar los cabezales del disco duro sobre su delicada superficie magnética. En un aparte, esto me pasó una vez; emite un sonido descorazonador, como un ser muy cansado expirando. ¿Tendrá que ver con que todos mis amigos hayan cambiado varias veces de número de teléfono?

Bromas aparte, hay una sorprendente respuesta: Musipedia. Con más de 30000 temas musicales indexados, es posible realizar búsquedas por autor o título de composiciones de cualquier estilo. Pero esto no responde a la cuestión planteada en un principio. ¿Qué tal una secuencia de notas como búsqueda? En notación anglosajona, Für Elise (Para Elisa) en la menor, de Beethoven tiene esta apariencia:

e''16 dis''16 e''16 dis''16 e''16 b'16 d''16 c''16 a'8 r16 c'16 e'16 a'16 b'8 r16 e'16 gis'16 b'16 c''8

Pero para componer esa búsqueda, hay que poder tomar al dictado la pieza con toda precisión, además de disponer de ese don tan escaso llamado oído absoluto. No hay problema; puede empezarse por cualquier nota y usar cualquier duración, respetando los intervalos (para esto sólo hace falta el más frecuente oído relativo). Pero, ¿y si tu oído registra los sonidos como un fonógrafo de Edison pringado de barro? ¿Y si no tienes ni idea de solfeo?

Dejando a un lado la altísima tolerancia a errores del algoritmo de búsqueda de Musipedia, hay una forma aún más sencilla de buscar una melodía, válida para legos absolutos: el código Parsons. Partiendo de la primera nota de una melodía, sólo hay que anotar si la siguiente es más aguda (y se escribe una u de up, arriba en inglés), más grave (d, de down, abajo) o si se repite (r). De esta forma, el Para Elisa se puede buscar así (haz clic para comprobarlo):

DUDUDUDDDUUUDUUU

Los resultados de la búsqueda pueden escucharse para su verificación (a veces esto no es posible, lo que es un defecto del buscador). Sencillo, ¿no? Venga, a buscar.

Compra ideológica

Anton Bruckner: Symphonie Nr. 9 (vervollständigt, Finale in der Aufführungsfassung Samale-Phillips-Cohrs-Mazzuca), Sinfonieorchester Aachen, Marcus Bosch

A estas alturas de la película, está más que claro que el modelo de negocio de las discográficas está más difunto que la perrita Laika. Entonces, ¿por qué compré este domingo pasado un CD? ¿Importado de Alemania? ¿A 26 €?

Si dejamos aparte mi dudoso estado mental, queda el hecho de que comprar un disco es, hoy por hoy, lo más parecido a llevarse uno de esos tarjetones de “un kilo de ayuda” que suelen verse por los hipermercados (pagándolo, ¿eh?) En la correspondiente transacción económica hay dos elementos:

  1. Un soporte sin valor real: el tarjetón o el disco con su cajita.
  2. Un intangible: el antedicho “kilo” (en realidad un compromiso de ayuda contraído por la Fundación IUVE, más que un kilo real), o la música codificada sobre el disco.

Al igual que la misma ayuda, u otra equivalente desde el punto de vista de la tranquilidad de nuestro ahíto espíritu occidental, puede encontrarse en multitud de soportes distintos (hay más ONGs, y siempre podemos ayudar nosotros mismos a coste cero*), la música de un disco legal puede encontrarse en otros soportes menos convencionales. O, cual espectro de la Santa Compaña, sin soporte alguno. Es un hecho: la música, entre otras bestias, vive hoy en el universo binario en el que dividir es multiplicar.

Comprar un disco es una declaración de principios, un mensaje ético a una compañía discográfica que afirma, con la fuerza del metálico, que el artista importa a alguien. Tanto como para pagar por la inútil galleta de plástico, su transparente cajita —y su transporte. No importa que, segundos después de abrir el paquete, el CD vaya a ser ripeado sin piedad y archivado, y la música, su alma, volcada en algún medio más conveniente. Para entonces ya he votado con la cartera por que mi extravagancia sonora favorita sea rentable; ya he ofrecido un argumento más a los ejecutivos que, contemplando los fríos números de las ventas, deciden qué se grabará y qué no el año que viene.

Me pregunto qué habría hecho de encontrar el disco en la mula…

Tocata, derrumbe y fuga en re menor

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Foto original de Miki_Fog.

El pasado día 2 se derrumbó parte del forjado del techo del Teatro Monumental. Espero fervientemente que los técnicos no culpen del hecho al efecto de las representaciones del jueves y viernes anterior, que incluyeron la Tercera Sinfonía en re menor de Anton Bruckner (versión 1889, como es costumbre de lamentar) con una participación, digamos que sólida, de la sección de viento metal de la orquesta. Bastante tiene mi compositor favorito con la fama de indigesto que se ganó a pulso en vida y que se ha conservado, más o menos intacta en ciertos círculos, hasta hoy. Como muestra más fresca de lo que debiera, atención al artículo sobre Bruckner de la , escrito por un predecesor de Antonio Gasset.

BRUCKNER, ANTON (1824-1896), compositor austriaco […]. Su fama más perdurable, […] se debe a sus composiciones, especialmente sus nueve sinfonías. […] si la constancia en los objetivos y el estilo fueran lo único necesario para dar coherencia a composiciones en las que estas influencias se ven idiotizadas por las monotonías rítmicas de un curtido improvisador y los remedos de las formas clásicas tal y como se enseñan en las escuelas, entonces Bruckner habría sido realmente el sinfonista sucesor de Beethoven, como pretendían los wagnerianos más extremistas. Pero su falta de proporción y organización, por no decir de humor, harán siempre de sus reposiciones una tarea un tanto ardua. No ha existido compositor más fiel a elevados ideales, aunque pocos […] hayan mostrado menos destreza en sus métodos para plasmarlo. […] Las sinfonías […] están compuestas en una patentemente torpe forma clásica, con sólo una semblanza de espontaneidad […]. Tampoco es probable que Bruckner hubiera podido tener mucho más éxito tratando con [sus] inmensas moles en su legítimo entorno dramático wagneriano, ya que incluso en sus tres últimas sinfonías apenas se libera de los ruedines del compás de compasillo […]. Un temperamento tan poco sofisticado podría no ser prosaico, pero está totalmente falto de drama y de sentido sinfónico […]. [Su] Novena sinfonía está trazada, con característico candor e ineptitud, según las líneas de la Novena sinfonía de Beethoven en todos y cada uno de los puntos que podrían suscitar comparación […]. [Parece] poco plausible que la obra de Bruckner influya en modo alguno sobre el progreso musical; las modernas características en las que residen sus fortalezas han sido ya obviamente mejor plasmadas en otras formas musicales, manejadas con éxito por compositores muy inferiores a Bruckner en inventiva y sinceridad.
Traducido y extractado de Bruckner, Anton; Enciclopædia Britannica, 11th ed., 1911.

Hay casi más mentiras que frases (es falso hasta lo de “nueve sinfonías”: fueron once), y al menos tantos juicios de valor. Pero el derrumbe en el techo prueba algo, aunque no sepamos muy bien qué. ¿Pesadez demoledora?

Hay una segunda posibilidad: los siguientes conciertos —ya cancelados— iban a ser monográficos de Johannes Brahms (el Réquiem Alemán). Brahms y Bruckner se despreciaron en vida, pero el primero gozó del favor del público, mientras Bruckner ladraba su rencor por las esquinas (bueno, quizá no tanto). ¿Se tratará de una no muy sutil venganza post-mortem? Temblemos, Iker (Jiménez, no Casillas) ya está investigando.