Trasteja

Deja su tarjeta de visita —inútil de no ser porque integraba en ella una inusualmente nutrida funcionalidad de tarjeta de memoria— sobre el mostrador mientras se presenta como un consumado comercial con palabras que le describen como consultor financiero twodotzero; tal inopinada entrada le habría granjeado en otro lugar tarjeta roja y expulsión automáticas, pero no aquí, donde la desesperación había dado paso ya tiempo atrás a la apatía con toques ocasionales de plantar jeta: el demacrado dependiente, pensando con rapidez, fija su target apresuradamente en el ventajista vendedor mientras éste canta impasible las alabanzas de las compras de criptomonedas inteligentes —monstruosas mezclas fruto del cruce entre el deep learning y el blockchain— imprecando contra la iniquidad e invocando inversiones, momentos justos y no poco a cierta supuesta naturaleza antiinflacionista y contraburbujista de las entidades digitales que intentaba, contra toda prudencia, colocar a su inerme interlocutor como si sus pómulos, junto al resto de grasa fungible de su cuerpo y los restos de su alegría de vivir, no hubiesen caído víctimas de la Crisis de las Tarjetas de Navidad: aquel aciago acontecimiento en el que una proporción poco prudencial de la población parecía haberse puesto de acuerdo en que colecciones de aquellas cartulinas cursis normalmente dobladas e impresas con satisfechos santaclauses, copos de nieve que ya nadie colegía (¿eran estrellas hexagonales, en serio?) y demás motivos con profusión de dorados y falsa fe podían restaurar maltrechas tarjetas de crédito con dudosas liquideces garantizadas; el constante consultor continua glosando en un glissando ejecutado sin apenas respirar sus bloques de mil, diez mil y cien mil tarjetas gráficas en granjas georgianas alimentadas con electricidad black de carbón clandestino cuando el desheredado dependiente toma trece tiras de tela, taja tres y, desconfiado, pregunta «¿cuántas tarjetas dices que tienes?» «De una forma u otra, once».


Esta cosa incomprensible ha sido escrita quite literally at the eleventh hour para @divagacionistas en su convocatoria #relatosTarjetas de diciembre de 2017. La imagen que lo ilustra es CC BY-ND por Denise Rosser (Fuente: Flickr).

Regolito

—Bitácora, anota: estoy a un kilómetro de Dieciséis. Me acerco desde el este siguiendo la ruta autorizada. Acabo de dejar el rover en el punto C. Veo la pequeña cadena de las Smoky al norte y la montaña Stone al sur. Me guiaré por ellas.

—Bitácora, anota: he andado unos seiscientos metros. Debo estar cerca, muy cerca. Pero no veo… No, ahí está Dieciséis. El viejo LRV está delante, un poco a la izquierda de la etapa de descenso del Orión. A la derecha veo…

(¿Qué esperabas? Me siento un poco mareada…)

… Veo la bandera. Es… blanca.

(Congelada en el vacío sobre su mástil articulado. ¡Pero blanca! Parece que vinimos a rendirnos. Quizá los responsables decidan cambiarla por una más similar a la original, aunque sería difícil sin tocar nada. ¿Unos drones de aire comprimido?)

(Y ¿quién necesita barras y estrellas anticuadas? Estrellas, precisamente aquí, no faltan.)

(Estás divagando. Hasta a ti misma te das la murga. ¿Cuánto más has caminado?)

—Bitácora, anota: debo avanzar con más cuidado. La etapa de descenso está a unos metros al oeste. El revestimiento de kaptón dorado aún brilla. Señalizo el perímetro del sitio histórico. Extraigo un emisor láser de la mochila: E343. Lo activo, lo clavo en el suelo de regolito. El piloto rojo parpadea. El navegador de muñeca reconoce el hito. E343 confirmado. Giro hacia el norte. Azimut…

(La Tierra está casi llena. No me canso de mirarla. Un momento… Esa huella no debería estar ahí. ¿Me habré equivocado con el azimut del último giro?)

—Bitácora, anota: hay huellas no previstas. Puede que los croquis de las EVAs tengan algún error. Duke era un taram…

(Era un tarambana. Casi logra matarse varias veces tropezando. Pero no debía haberlo dicho.)

… Perdón, podría haber un error en los mapas. Daré unos pasos atrás para… Espera, hay algo en el suelo.

(¿La foto está… está aquí? Debía haberse borrado igual que la bandera, pero no… Y esas caras… No puede ser… no pueden…)

La historiadora Fernández fue rescatada con vida, pero inconsciente, del Sitio Histórico Dieciséis a las 0440Z por su rover. Tras recuperarse satisfactoriamente en Base Descartes, su informe no reveló indicios adicionales —más allá de una referencia que indicaría un posible síndrome alucinatorio del astronauta— que permitieran determinar la causa de su desvanecimiento. La investigación sigue abierta.


Este relato ha sido escrito para @divagacionistas en su convocatoria #relatosLuna de noviembre de 2017. La imagen que lo ilustra está basada en la fotografía con número de catálogo AS16-117-18841 correspondiente al diario de superficie del Apolo 16 (Fuente: NASA).

Cenicienta

Mi luna favorita ocurre justo después de la nueva, cuando apenas tiene uno o dos días. La literatura ha hecho llover cascadas de lírica y prosa sobre la luna llena en forma de nocturnos paisajes románticos o monstruos entrevistos a su luz acerada, pero para mí esa luna es poco más que un foco que borra mis queridas estrellas. Prefiero el espectáculo de la luna creciente apenas esbozada al oeste de la anochecida, como un tajo semicircular de luz o una sonrisa franca pero entreabierta, dejando entrever toda su corporeidad con solo mirarla.

Unos prismáticos pequeños bastan para revelar la escasa superficie del creciente como un paisaje en relieve, alfombrado de sombras de montañas y cráteres. Dicen que Galileo, tras construir su telescopio, lo apuntó a la Luna y cambió para siempre la astronomía al percibirla por primera vez como un lugar tan real como el suelo que pisaba. A mí no me cabe duda de que debió hacerlo en las primeras horas de una noche de luna creciente: quizá cartografiarla con el sol cayéndole a plomo, iluminando por completo su superficie, sea más científico. Verla, sin embargo, con luz oblicua y recortada por un terminador —cuánta magia en una palabra, «terminador»— es mucho más humano.

Aún sin ayudas a la mirada hay algo mucho más sutil que observar en un creciente de anochecida. Miro su rendija e imagino el resto de su circunferencia, a oscuras bajo la sombra de la Tierra. Entonces ocurre la maravilla: la Luna entera surge y se hace visible, diferenciándose de la oscuridad del firmamento. ¿De dónde sale la luz tenue que la alumbra? Imagino la Luna en el espacio: una cara iluminada por el Sol, la opuesta en sombras. Imagino la Tierra, igualmente iluminada, pero con la fase invertida respecto de la Luna: desde algún lugar de la superficie lunar a oscuras la Tierra se verá casi llena, cuatro veces más grande. La luz solar que refleja la Tierra acaba iluminando la noche de la cara visible lunar con mucha más eficacia que la luna llena en la Tierra. Es esa luz terrestre la que acaba reflejándose y dispersándose. Parte llega de vuelta en mis ojos formando un detalle leve y poético del cielo. Algo que no estaría ahí si la Luna no fuera un lugar que poder visitar. Ese pequeño gozo llamado luz cenicienta.


Este relato ha sido escrito para @divagacionistas en su convocatoria #relatosLuna de octubre de 2017. La imagen que lo ilustra es CC BY-NC por John Cudworth (Fuente: Flickr).