Yo fui tertuliano en Intereconomía, y puedo demostrarlo

Era el año del apocalipsis que no fue. Y escribía:

Estaba esperando a algo para publicar esta pequeña historia. No sé muy bien a qué: quizá a tener en mis manos la prueba del crimen. O a que Intereconomía, ventilador afanoso para la hez mental de una mínima caterva de iluminados, concluyera su existencia en el mundo de los vivos. Ninguna de las dos cosas ha pasado, aunque la segunda parece acercarse según algunos medios poco afines. Perdería con su fin toda posibilidad de negar que lo que voy a contar no fuera un sueño raro de una noche pegajosa de verano: de modo que aquí está. Me saco la espina y aprovecho para pediros algo, lectores. Si tenéis vosotros la prueba en vídeo de lo que cuento, o conocéis a quien la tenga, hacédmelo saber. Ya intenté contactar con las fuentes, siempre con depurada educación y siempre con la misma —silenciosa— respuesta. Dicho lo cual, se abre el telón.

Yo fui tertuliano en Intereconomía, mayo de 2012

Confieso que la prueba física de que esta historieta ocurrió realmente ha dormido el sueño de los datos en uno de mis discos duros durante ya demasiado tiempo, hasta que en una reciente conversación entre amigos, Inma León (@InmaLeonC) comentó, tirando de sus profundos conocimientos televisivos, que un vídeo grabado de cualquier cadena emitida en abierto puede reproducirse siempre que se respete la atribución. Es decir, la mosca.

El caso es que aquí está, mosca y todo. Luis Ruiz de Gopegui ofrece su interesante comentario sobre la hazaña de Yuri Gagarin en el programa «Qué fue del siglo XX» dedicado a conmemorar el 50 aniversario de su vuelo orbital, emitido por vez primera en algún momento de la segunda mitad de 2011. Al otro lado del escenario intento mantener el tipo. La grabación está incompleta: el ordenador encargado de capturar la señal de televisión de Intereconomía las 24 horas del día para compensar que el programa se estaba emitiendo en modo ninja —sin anuncio previo y a las horas más intempestivas concebibles por el ser humano— decidió rendirse en ese preciso instante. Nunca volví a encontrarlo, ni a desear revisar a cámara rápida centenares de horas de programación de la cadena del toro.

Ni que decir tiene: si los legítimos propietarios del programa me solicitan su retirada, cumpliré sin dudar. Mientras tanto, servíos. Y si alguien, en algún lugar, tiene una copia completa…

¿Tenemos la tecnología?

Cuando el pasado 27 de febrero murió Leonard Nimoy casi pudo notarse el destello colectivo de reconocimiento en las miradas de los no-trekkies del mundo entero: «¡ah, el señor Spock!» (O también «el doctor Spock», como he tenido que oír en tantas ocasiones, con un apenas suprimido pero discreto encogimiento de órganos internos.) Sin embargo, cuando apenas dos días atrás murió Harve Bennett, un grande de Star Trek más desconocido para el gran público, apenas pudo sentirse conmoción alguna en la Fuerza. De hecho, me he enterado hace un rato.

Bennett resultará familiar a cualquiera que haya visto Star Trek II: La ira de Khan o cualquiera de sus tres secuelas subsiguientes más de diez veces. Fue productor y coguionista: suya fue la idea de rescatar al genéticamente perfecto Khan de un episodio de la segunda temporada de la serie original para darle uno de sus momentos de gloria cinematográfica a toda la saga. Incluso se prestó a hacer un pequeño cameo en la discutiblemente canónica y universalmente lamentada Star Trek V: La última frontera.

Harve Bennett en el papel del almirante Robert Bennett (Star Trek V: The Final Frontier, © 1989 Paramount Pictures).
Harve Bennett en el papel del almirante Robert Bennett (Star Trek V: The Final Frontier, © 1989 Paramount Pictures).

Bennett, en su papel de productor, alumbró otra de las series clásicas en la televisión norteamericana: El hombre de los seis millones de dólares. En ella se relatan las justicieras aventuras de Steve Austin, una especie de capitán Kirk —era astronauta— devenido en ciborg tras un accidente en un vuelo de prueba probablemente secreto. Cuando vi esa serie en los años ochenta, doblada al francés en la televisión marroquí (es una larga historia) me sorprendió desde el primer momento la calidad de su intro. Además del precio —seis millones de 1973 estaba tirao, incluso ajustando el efecto de la inflación1:

[youtube https://www.youtube.com/watch?v=HoLs0V8T5AA]

¿Cómo era posible que se hubiera filmado para una simple serie de televisión un metraje2 tan aparentemente oficial como el que se ve aquí del accidente de la prueba con un cuerpo sustentador de la NASA? Muy sencillo: porque tal accidente ocurrió realmente:

[youtube https://www.youtube.com/watch?v=3jvGJhJINlc]

Y a los mandos del Northrop M2-F2 que se estrellaba en mayo de 1967 estaba un piloto de pruebas real: Bruce Peterson, que tras verse afectado por una oscilación inducida debida a la escasa capacidad de sustentación de las «alas» de su aparato, hubo de intentar esquivar un helicóptero de rescate y acabó tocando el suelo un par de segundos antes de terminar de desplegar el tren de aterrizaje y, por tanto, salvar su vuelo. Increíblemente Peterson sobrevivió y terminó saliendo del hospital habiendo perdido tan solo la visión del ojo derecho —y eso, debido a una infección contraída durante su convalecencia.

La tecnología para reemplazar el ojo perdido de Peterson por una cámara con zoom de veinte aumentos y visión infrarroja como las del ficticio Steve Austin no estaba disponible entonces —como no lo está ahora. Por eso, es comprensible que cada vez que empezaba El hombre de los seis millones de dólares en televisión el ya expiloto de pruebas se sintiera visiblemente molesto.


Nota 1: Seis millones de dólares de 1973 serían hoy unos 31 millones y medio (comprobadlo con esta calculadora de paridad de poder adquisitivo)—y en euros, aproximadamente 29 millones. Steve Austin era, efectivamente, un producto de fantasía: ¿qué proyecto de esa envergadura podría costar tan barato?

Nota 2: En realidad, las imágenes de archivos de la NASA usadas en la introducción de El hombre de los seis millones de dólares incluyen también tomas del vuelo cautivo y liberación de un HL-10, otro de los experimentos en sistemas de reentrada basados en cuerpo sustentador que la NASA terminó desechando en favor del diseño, supuestamente más versátil, de la lanzadera espacial.

Érase una vez… una serie olvidada

Los extraterrestres del planeta de Agostini (risas enlatadas, por favor) llevan años vendiéndonos, cada mes de septiembre, los fascículos coleccionables de —al menos— dos venerables series de animación que marcaron la infancia de muchos de nosotros: y . Ambas series han sido repuestas una y otra vez por distintas cadenas, y con razón: no es sencillo encontrar televisión didáctica de tanta calidad, aun cuando los personajes fueran todos idénticos. Sin embargo, perdida en las nieblas de los ochenta existe otra serie, intermedia en su creación entre “El Hombre” y “La Vida”. Su pecado, ser una serie dramática y no didáctica como sus compañeras, la condenó al olvido televisual. A algunos nos marcó para siempre en nuestros códigos de ciencia-ficción y nuestra visión de lo que debería ser el futuro: me refiero a la segunda obra maestra de , .

Nave Cosmopolitan y un transbordador.
Nave Cosmopolitan y un transbordador.

Hace unos meses me dispuse a volver a ver la serie. Naturalmente, no existe ningún modo legal de conseguir la versión doblada: mi intención era ponérsela a mis hijos… pero eso forma parte de otra discusión. Si queréis practicar el francés podéis comprarla a un precio muy interesante en dos partes: Il Etait Une Fois… L’Espace – Edition 4DVD – Partie 1 y Il Etait Une Fois… L’Espace – Edition 4DVD – Partie 2. Descubriréis algunos cambios interesantes que la adaptación introdujo en la serie, como el tema musical de los créditos iniciales, que fue sustituido en España por un curioso arreglo del minueto del quinteto de cuerdas op.11 nº5 de Boccherini, que empezaba con unos compases del tema (otra vez, en España) de “El Hombre” —otro minueto, el del Septimino op.20 de Beethoven. En versión original, “El Hombre” empezaba con la famosa Tocata y Fuga (la BWV 565) de Bach (o no); “El Espacio”, por su parte, comenzaba con una canción cantada por Jean-Pierre Savelli con letra del propio Barillé. Es obvio que Televisión Española intentó acomodar “El Espacio” al molde de su antecesora: sin embargo, es un hecho que no funciona como serie didáctica. No está concebida como tal, y además juega en muchos de sus episodios con un error de concepto fundamental acerca del concepto de “constelación”. Podéis encontrar más información en el blog MalaCiencia: “Érase una vez… el Espacio”, por lo que no me voy a referir más a él.

Asamblea de la Confederación Omega.
Asamblea de la Confederación Omega.

En “El Espacio”, la Tierra es un enclave secundario, cediendo su protagonismo a la Confederación de Omega: una especie de Unión Europea sideral presidida por Flor (Pierrette, en el original), madre del protagonista (el Teniente Pedrito/Pierrot), y en la que todas las variantes de la especie humana —y de otras muchas, aunque casi siempre con un diseño antropomórfico— están representadas. Más allá de estas muestras de pensamiento progresista, el argumento de la serie muestra detalles que aumentan su interés considerablemente, situándola a la vez fuera del alcance de nuestra hiperprotegida infancia. Hay muertes arbitrarias y —horror de los horrores— personajes que fuman. Se tratan temas escabrosos: la dictadura (Casiopea y otros), la revolución de los oprimidos (La insurrección de los robots) o el genocidio de especies enteras (Los saurios), por nombrar solo algunos.

Capital del planeta Omega.
Capital del planeta Omega.

Las fuerzas de Omega están a veces en el lado incorrecto de los acontecimientos desde un punto de vista moral; las soluciones que proponen darían para muchas horas de debate. Contemporizar, nadar entre dos aguas, o alterar completamente el equilibrio de fuerzas en sociedades ajenas son cursos de acción comunes —aunque se hace referencia a una ley similar a la Primera Directriz de Star Trek, se la pasan por el forro del uniforme episodio sí, episodio también. Para una serie en la que abundan las dobles lecturas e incluso aparece algún desnudo, hablar de “orientación a la infancia” parecería algo extraño. Y sin embargo todas estas cargas de profundidad se cruzan constantemente con desdramatizaciones: situaciones complicadas por las que se pasa de puntillas (como en El largo viaje, sobre las consecuencias para la tripulación de un viaje de casi mil años), maniqueísmos exacerbados (el dictador de Casiopea y su acólito son perversos hasta el ridículo) o escenas de humor de mamporros (como en El desquite de los robots).

La característica de “El Espacio” que dificulta su emisión en horario infantil es, pese a todo, de índole más técnica. Los 26 episodios de la serie trazan un único arco argumental; tras una presentación misteriosa y abierta en el primer episodio se sumerge por completo, para ir reapareciendo a retazos en distintos capítulos a mitad de la serie. Ni “El Hombre” ni “La Vida” tienen ese problema —ni Los Picapiedra, por citar otra serie de fórmula. Sus episodios son independientes entre sí, aunque “El Hombre” siga una presentación cronológica. Los humanoides de “El Espacio” son una especie fascinante, pero para apreciar todo el misterio y los motivos que los mueven es necesario seguir la historia en el orden correcto.

Nave Colibrí de la Confederación Omega.
Nave Colibrí de la Confederación Omega.

Añadamos a estos mimbres argumentales un diseño visual impactante. La animación no marca un hito especial de calidad. Sin embargo, los vehículos, las ciudades, los aparatos o la vestimenta muestran una coherencia poco común. En particular, las astronaves de “El Espacio” son una maravilla de detalle y consistencia. Cada civilización mantiene un estilo propio de diseño, y la función principal de cada nave se refleja en su apariencia y sus capacidades: exploración, ataque, transporte de pasajeros o mercancías. Agradezcamos todo ello a un grandísimo ilustrador francés, . La ambientación musical es también muy superior a la media gracias al trabajo de , que muestra una enorme variedad estilística desde la música electrónica contemporánea a la música de cámara barroca, pasando por el jazz.

Érase una vez… el Espacio es una gran serie de dibujos animados, más allá de sus errores científicos de bulto o de su fascinación con el paralelismo mitológico —lugar común en el que se encuentra con otra grande de la época, . Lamentablemente existe poca información en español acerca de esta serie: Confederación Omega es uno de los escasos lugares donde pueden seguirse las huellas de lo que, sin saberlo yo entonces, conformaría una buena parte de mi nostalgia del futuro.


Bola extra: me escribe @entomoblog para hacerme saber de la versión japonesa de Érase una vez… el Espacio. En efecto, la serie fue una coproducción, aunque al parecer los chicos del Sol Naciente tuvieron mucha más mano que, por ejemplo, nuestros representantes en el consorcio. La prueba: este opening completamente niponizado:

Es cierto que el diseño japonés tuvo considerable influencia sobre los creadores franceses, aunque al parecer no se llegó al extremo de Ulises 31, donde el diseño de artefactos y de animación fue rehecho por completo por el equipo japonés de producción para el episodio piloto, y quedó así para el resto de la serie (según el artículo de la Wikipedia francófona, que cita fientes en el libreto del DVD de la edición premium de la serie). Si como director artístico y diseñador de personajes y se vieron influidos por obras de animé anteriores es una cuestión abierta.