brucknerite – Un blog de Iván Rivera
La ciencia envenena mis sueños

Acerca de…

Sobre el blog

El blog

Eran las primeras semanas de 2007, el mundo iba bien, éramos todos ricos y atábamos a nuestros galgos siberianos con longaniza artesana extra “Etiqueta de Oro”. Ignorante de estos felices acontecimientos, me afanaba leyendo una novela. (Accelerando, de Stross. ¡Vamos, cógela, es gratis! ¡Luego pensarás qué haces con ella!) Mis neuronas chirriaban por el exceso de presión en sus axones. Culpable: una extraña idea que había encontrado en sus páginas —¿reconstrucciones algorítmicas de la personalidad? Gensanta; rebotó en algún lugar de mi cerebro y se transformó en algo aún más absurdo. ¿Y si fuera dejando semillas de mi pensamiento por la red? Quizá algún día puedan usarse para construir una inteligencia artificial generalizada con sabor a fresa ácida y trazas de un parentesco humano (más concretamente, el mío) ¡Me reencarnaré (¿re-embitaré?) y dominaré el mundo!

Aparte las pocas ansias de trascendencia que un ateo pueda permitirse, aun despertando la general hilaridad, pensé que sería divertido documentar las cosas que se me ocurrieran. Lo que fuera aprendiendo. Incluso lo que tuviera grandes posibilidades de olvidar en cuanto desplazara el exiguo foco de mi atención. Así nacio brucknerite —en minúsculas. El nombre viene de un nick que solía usar en homenaje a un compositor de música capaz de provocar errores de desbordamiento hasta en un reloj-calculadora. Fascinante y magnífica. Extraña y difícil. Con un nombre así está claro a lo que aspiro.

A nada. Este blog no tiene temática, salvo por las poco habituales series de artículos acerca de alguna obsesión temporal. No tiene periodicidad; o dicho de otro modo, sale cuando hay conjunción del planeta Quiero con el planeta Puedo. No tiene línea editorial más allá de mis propios prejuicios y limitaciones. No tiene publicidad (hasta que la tenga, claro). Y pese a todo esto sí querría tener un contenido de calidad —siquiera escrito con la corrección que me enseñaron. Me gusta escribir sobre ciencia, aunque cuando tengo menos tiempo puedo bajar un par de pisos a la filosofía. O hasta el sótano, a la política. Por eso hay más blogs sobre política que sobre ciencia: porque para escribirlos basta tener una opinión, y todos conocemos aquello de la uniforme distribución de las opiniones y los culos.

Rara vez —pero ocurre— escribo en inglés, único idioma que domino con la suficiente precisión (además del materno) como para atreverme a enlodarlo. Por lo general se trata de artículos sobre asuntos tecnológicos muy concretos. No me ofende la indiferencia, ¡es lo que se reparte por defecto! Sin embargo, aspiro a tener algunas decenas de lectores: señoras, tengo un ego que alimentar y la Internet es muy grande. ¡Eh, eh! ¡Hazme caso!

Por último, un pequeño descargo de responsabilidad: si lo que lees aquí te ofende, vete a otro sitio. La última vez que miré la lista de los derechos humanos, el “derecho a no ser ofendido” no estaba. Que tengas un buen día. Si lo que lees te gusta tanto que quieres difundirlo, reutilizarlo o adaptarlo, adelante… Bajo los términos de la licencia Creative Commons BY-NC-SA 3.0. En resumen: cítame, no lo vendas, compártelo en los mismos términos. Si necesitas que elimine una de estas últimas dos condiciones (o ambas) para usar mi contenido, contacta conmigo antes; soy un tío fácil. No hace falta pedir permiso para enlazarme: lo agradezco, y muy probablemente devuelva el enlace —lo normal, siendo un bloguero beta. No me hago responsable de comentarios de terceros, y puedo eliminar cualquier comentario en cualquier momento por motivos que no tengo por qué explicar: sí, ya sé lo de la libertad de expresión y tal, pero esto es mi blog, no un servicio público. Hazte el tuyo propio (¡con blackjack! ¡Y furcias! ¡De hecho, olvídate del blog!) Igualmente, no garantizo que este blog o cualquiera de sus artículos estén aquí mañana, que el blog sea visible o usable en una plataforma determinada o que el autor en persona sea tan interesante y atractivo como parece.

Y hablando del autor…

Sobre mí

Iván Rivera

Iván Rivera poniendo cara de hacer como que está pensando. Foto © 2011 José Luis Briones.

Soy un de sexo masculino que responde al nombre de Iván Rivera. Me nacieron en (38º59’4″ N 3º55’49″ W), lo que para los poco inclinados a geoposicionar de cabeza, viene a caer por , , , . De pequeño quería ser científico, astronauta y ganar dos ; conforme fui creciendo, sin embargo, estas aspiraciones fueron sufriendo un progresivo recorte hasta llegar a mi actual estatus, que tampoco está nada mal, para qué nos vamos a engañar. En vez de científico soy ingeniero de telecomunicaciones; no trabajo en la NASA ni en la ESA, sino en un lugar mucho mejor: ¡mi propia empresa! Por último, en vez de dos Nobel tengo algo mucho mejor: dos hijos increíbles y una compañera que no podía ni imaginarme. Si te interesan aspectos más profesionales de mi currículum, puedes encontrarlos aquí. Si te va más el cotilleo, sigue leyendo.

Soy racionalista, humanista y ateo. No creo en el orden natural ni en el destino, pero sí en la civilización y el respeto. Intento expresarme con corrección —me preocupa que me se entienda. El amor existe, y no importa que sea “sólo química”. La vida es una maravilla, y es química también. No hay nada especial en la inteligencia del ser humano, y si no nos destruimos antes terminaremos por plasmarla en una máquina. No creo en un alma incorpórea ni en la vida después de la muerte, a menos que el argumento de la simulación sea cierto. Estoy aprendiendo a tocar la flauta travesera. Hablo π idiomas, y se me ocurrió decirlo así antes de leerle la misma frase a Hofstadter —pero si él dice en su extraña modestia que es pilingüe, yo debería ser e-lingüe. Es una cuestión de estimación. Soy bastante geek, ahora que resulta que friquis somos todos. Quiero aprender. Quiero ser mejor.

Me gustan, sin orden especial de preferencia, la ciencia ficción, la buena comida, viajar, montar en bicicleta, mis niños, los aparatuquis, pasear bajo los árboles, mi compañera (más que comer con los dedos, ella entiende la referencia), la astronomía, la poesía de Antonio Machado, las torrijas de mi suegra, la música de Bruckner, programar, la numismática, salir con los amigos, el olor a hierba recién cortada, a pan calentito y a pintura, el sexo con amor, el lenguaje, los cañones de Marte, montar muebles de Ikea, nadar despacio, el cuscús, 2001, buscar fósiles, leer a Borges, Futurama, las paradojas y las autorreferencias, las matemáticas, la ecología, la libertad, la buena cerveza y el buen vino, el humor sutil y la ironía.

No soporto la intolerancia y a los intolerantes —hablando de paradojas—, el desprecio a la vida, la falta de ilusiones, las nécoras y los centollos, el liberalismo a ultranza, la religión obligatoria, la música clónica, el despilfarro de recursos, que me tomen por imbécil, los monopolios, el malrollismo sistemático, el patrioterismo, la pintura de Bacon, las películas gore, el ecologismo radical, la impotencia y la desesperanza.

Algunas aficiones que se quedaron por el camino, pero que dejaron su huella en quien soy ahora y al menos en teoría podrían levantar la cabeza en cualquier momento fueron construir maquetas, suspender exámenes de Circuitos Integrados, programar en RPN la HP48, Star Trek, la tipografía, la maquetación y el diseño gráfico.

Comprenderéis, si habéis llegado hasta aquí, que mi blog no puede ser monotema. Monotrema, tal vez: como un ornitorrinco de la red, con pico de pato y cola de castor, poniendo huevos y amamantando sin tetas. Una cosa rara. En serio, ¿qué haces leyendo hasta aquí? Sal a la calle, protesta, rompe algo. No sé, un palo de helado o un folleto del Carreful.