Fotografía en blanco y negro de un bebé de apenas un par de meses, vestido de blanco, sin pelo en la cabeza y en el suelo de un patio, sobre una alfombrilla.

Medio siglo

Hoy hace cincuenta vueltas justas al Sol que, pasado un buen rato del mediodía en una clínica de Ciudad Real, mi pobre madre dio a luz un pedazo de carne con ojos pero sin pelo de cuatro kilos y medio. Lo peor debió de ser el cabezón.

No soy de la opinión de que el tiempo vuele. Pasa a la velocidad de un segundo por segundo si no haces cosas raras con la Relatividad. Cosa que yo no he tenido la oportunidad de hacer, y en ocasiones no por falta de ganas. Eso significa que han transcurrido desde mi primera respiración cincuenta años, 18250 días o 1576,8 millones de segundos (más o menos). El año era 1974. El planeta era otro. Según los testimonios fotográficos en mi poder, la vida no fue consistentemente en color hasta tres años después: el color estallaba allá o aquí, pero rara vez.

¿Mi valoración de la vida? Cinco estrellas de cinco, repetiría. No voy a marcarme un My Way porque me parece demasiado pronto —aunque Sinatra la estrenara solo con 54 años—. Con suerte, cuando cumpla el siglo completo tampoco lo haré porque será demasiado tarde. Pero sí quiero dejar aquí testimonio escrito de algo que, con la perspectiva que he acumulado, se ha ido volviendo importante.

A quienes he querido y me han querido, estén hoy o no aquí: gracias. Habéis hecho que merezca la pena. Sí, tú. Tú, tú y tú. Especialmente tú. Tú, no te escondas. Tú y tú. ¡Claro que tú! Aunque creas que no, tú. Y tú, que no vas a leer esto… Sí, tú también.

Si os recuerdo es que sigo vivo.