Fin

—Sol cuatrocientos setenta y nueve. Diez de marzo de dos mil cincuenta y ocho, domingo. Las veintitrés treinta y cuatro MTC. Soleado. Temperatura menos treinta y cuatro grados Celsius. Presión atmosférica, cuatro coma seis hectopascales.

No está mal para un día de otoño tan avanzado.

—Ordenador, pon otra vez el Kyrie de la misa en mi de Bruckner.

Dejé el rover, sus caros instrumentos y su localizador atrás. Me llevé la tienda y el dron. Ha anochecido y amanecido dos veces desde entonces. La tienda presurizada puede usarse hasta cinco días sin que se saturen los filtros. Sin embargo, cuando desperté después de dormir el cansancio de la caminata de ayer, todo parecía cubierto de polvo rojizo. El olor es sutil, como a azufre, a gas y un poco a caliza de cueva, sobre todo después de una noche de transpiración. Me toqué la cara al ajustarme el casco y pude sentir el polvo fino adherido al fondo de mis arrugas. Ya soy casi marciano.

Sonreí, o eso creo. No traje un espejo.

Cómo llegué a Marte a mis ochenta y cuatro años es una historia larga, fruto de media vida de esfuerzo y mucha suerte. Todavía no sé si la psicóloga que hizo mi evaluación final, hace cinco años, descubrió mis intenciones. No le mentí. No mucho. Recuerdo bien su mirada. Creí ver en ella envidia, pena y un poco de miedo.

Mi historia no importa. Solo importa andar. Nunca me había sentido tan ligero. El traje acompaña mi zancada, la medicación controla mi artrosis, la gravedad hace el resto. No me sentía así desde mi infancia, cuando intentaba perderme a propósito por los montes de mi tierra natal. Estoy en mi pequeño paraíso, uno que me ha costado cuarenta años ganar. Lloro por los recuerdos. Lloro por la emoción. Mis lágrimas deben ser rojo ladrillo.

Llorar en este planeta es un lujo. Hacía mucho que por mi piel agrietada no corrían lágrimas. Igual que hace millones de años que no fluye ni una gota de salmuera por los surcos glaciares y volcánicos de Arsia. Marte es un planeta anciano. Yo soy un anciano.

Al salir del rover lo primero fue hacer añicos mi localizador. He estudiado bien los mapas. Después me alejé del rover aprovechando un terreno pedregoso. Quizá me busquen: así les costará un poco más seguir mis huellas. Luego machaqué la luz de alerta cuando empezó a indicar que iba a superar el umbral de no retorno a la base.

Hace más de un sol de eso. He venido a morir en Marte. Pero antes hay algo que quiero ver con mis propios ojos. Ahí está, delante de mí.

—Dron, graba vídeo: Aganippe Fossa. Coordenadas… Las tengo apuntadas… Ocho grados cuarenta y seis minutos sur, ciento veinticinco grados cincuenta y cinco minutos oeste. Guía inercial. Enciende focos. Vuelve a este punto cuando alcances tu rango máximo y activa entonces tu localizador.

Ante mis ojos se abre la boca oscura de la cueva. Voy a entrar.


Este relato participó en el concurso de relatos «El marciano» del podcast Radio Skylab. En algún momento del futuro inmediato publicarán todos los relatos recibidos en forma de libro electrónico. ¡No os lo perdáis! Y ya que estáis, suscribíos. A poco que os interese la cosmonáutica o la astronomía, Víctor Manchado, Daniel Marín, Kavy Pazos y Victor R. Ruiz enganchan.

Un último detalle: los lugares, las fechas y las horas son consistentes dentro del límite de mis posibilidades.

Onda Marciana —con @brucknerite como estrella invitada

¿Aún no conocéis Onda Marciana? Es un magnífico podcast con guión y locución de Javier Peláez (@irreductible) y Antonio Martínez Ron (@aberron), y producción, ambientación y música original de Javi Álvarez. Si os suena este elenco catastrófico es porque son las personas que hay detrás de Catástrofe Ultravioleta, una de las mejores cosas que le ha ocurrido a la divulgación científica en formato podcast en los últimos tiempos al mundo hispanohablante —y recientemente reconocido con un premio Ondas.

No os lo perdáis, aunque solo sea porque en su episodio 6 sale de detrás de una columna este ingeniero explicando por qué aterrizar en Marte es tan difícil si tienes problemas de sobrepeso…


Onda Marciana es un podcast de Podium Podcast patrocinado por la Fundación Telefónica.

Regolito

—Bitácora, anota: estoy a un kilómetro de Dieciséis. Me acerco desde el este siguiendo la ruta autorizada. Acabo de dejar el rover en el punto C. Veo la pequeña cadena de las Smoky al norte y la montaña Stone al sur. Me guiaré por ellas.

—Bitácora, anota: he andado unos seiscientos metros. Debo estar cerca, muy cerca. Pero no veo… No, ahí está Dieciséis. El viejo LRV está delante, un poco a la izquierda de la etapa de descenso del Orión. A la derecha veo…

(¿Qué esperabas? Me siento un poco mareada…)

… Veo la bandera. Es… blanca.

(Congelada en el vacío sobre su mástil articulado. ¡Pero blanca! Parece que vinimos a rendirnos. Quizá los responsables decidan cambiarla por una más similar a la original, aunque sería difícil sin tocar nada. ¿Unos drones de aire comprimido?)

(Y ¿quién necesita barras y estrellas anticuadas? Estrellas, precisamente aquí, no faltan.)

(Estás divagando. Hasta a ti misma te das la murga. ¿Cuánto más has caminado?)

—Bitácora, anota: debo avanzar con más cuidado. La etapa de descenso está a unos metros al oeste. El revestimiento de kaptón dorado aún brilla. Señalizo el perímetro del sitio histórico. Extraigo un emisor láser de la mochila: E343. Lo activo, lo clavo en el suelo de regolito. El piloto rojo parpadea. El navegador de muñeca reconoce el hito. E343 confirmado. Giro hacia el norte. Azimut…

(La Tierra está casi llena. No me canso de mirarla. Un momento… Esa huella no debería estar ahí. ¿Me habré equivocado con el azimut del último giro?)

—Bitácora, anota: hay huellas no previstas. Puede que los croquis de las EVAs tengan algún error. Duke era un taram…

(Era un tarambana. Casi logra matarse varias veces tropezando. Pero no debía haberlo dicho.)

… Perdón, podría haber un error en los mapas. Daré unos pasos atrás para… Espera, hay algo en el suelo.

(¿La foto está… está aquí? Debía haberse borrado igual que la bandera, pero no… Y esas caras… No puede ser… no pueden…)

La historiadora Fernández fue rescatada con vida, pero inconsciente, del Sitio Histórico Dieciséis a las 0440Z por su rover. Tras recuperarse satisfactoriamente en Base Descartes, su informe no reveló indicios adicionales —más allá de una referencia que indicaría un posible síndrome alucinatorio del astronauta— que permitieran determinar la causa de su desvanecimiento. La investigación sigue abierta.


Este relato ha sido escrito para @divagacionistas en su convocatoria #relatosLuna de noviembre de 2017. La imagen que lo ilustra está basada en la fotografía con número de catálogo AS16-117-18841 correspondiente al diario de superficie del Apolo 16 (Fuente: NASA).