Hijos del optimismo

Ya tocaba esta crítica, constructiva y a ratos entusiasta, del libro recientemente publicado por María Álvarez (editorial Debate). Un texto necesario en estos tiempos oscuros. Pero ¿cuándo no lo fueron?

Fotografía de la portada del libro "Hijos del optimismo", de María Álvarez (editorial Debate). La portada muestra un dibujo esquemático de un ojo en el que el iris es el casco de un astronauta y tiene cohetes y planetas sobre un fondo de color rojo anaranjado. El libro es menos tecnosolucionista de lo que aparenta la portada, sin embargo.

Llevo un tiempo suscrito a la newsletter de María Álvarez, Abundancia. Yo no me suscribo a newsletters, salvo por error o porque el emisor sea amigo personal. Obvio que Álvarez cuenta algo que, personalmente, me interesa lo suficiente como para superar la artificial barrera que me supone el formato. Cuando supe que iba a destilar sus artículos en un libro, me anoté la fecha de su presentación. Y el pasado 19 de marzo me presenté en el Círculo de Bellas Artes de Madrid con la cartera preparada.

«Hijos del optimismo» es una lectura fluida y relativamente breve. No se trata de un ensayo sesudo en el que la oscuridad del desarrollo actúa como portero de la discoteca de la autora. Muy al contrario, es fácil de seguir. La tesis del texto no es ninguna sorpresa para quienes ya seguíamos a la autora, pero sí lo será para un público más amplio. En resumen: la abundancia de bienes no es la respuesta a los males de la economía actual, sino la pregunta. Ya existe esa abundancia, en todo lo inmaterial y en más dominios de lo material de lo que en principio es de suponer. ¿Cómo vivir en una sociedad donde el conocimiento es abundante y su intermediación es, por tanto, cada vez menos lucrativa?

Álvarez desarrolla su pensamiento económico a partir de los precedentes de David Graeber y (sobre todo) Thomas Piketty para ofrecer un modelo que permite, a grandes rasgos, explicar el desarrollo de la sociedad desde la revolución industrial en adelante. Llama la atención sobre la inflexión que supusieron los «gloriosos Treinta»: las tres décadas, entre los 50 y los 70, durante las que se edificaron los estados del bienestar en muchos lugares de occidente. Cómo, desde entonces, no parece haber habido un solo año en el que no hayamos hablado de crisis, de un modo u otro. Y al tiempo, los estándares de vida del mundo entero no han cesado de mejorar, aun con una productividad relativamente estancada.

Desde una crítica de la economía como una doctrina anclada en los intercambios medibles en un paradigma de bienes escasos frente a los bienes libres, Álvarez propone una explicación que me convence. Algunos de los ejemplos son, sin embargo, más débiles. Así, es posible que el conocimiento para construir bicicletas esté mucho más repartido hoy que hace cien años, pero eso no hace de la bicicleta un bien abundante. Este ejemplo particular funciona mejor con la electrónica, pero depende en cualquier caso de la existencia de un mercado en el que fabricantes extremadamente especializados comercializan piezas intercambiables en un gran volumen a precios cercanos al de su producción.

Es posible que, si la promesa de la descentralización en la fabricación que trajeron las impresoras 3D se termina sustanciando, una bicicleta o cualquier otro producto de uso común se transforme definitivamente en algo abundante. Hoy dependemos demasiado de la ilusión de abundancia que crean multitud de fábricas en el sudeste asiático, trabajando con márgenes muy estrechos y dependiendo de cadenas de distribución literalmente planetarias para colocar sus bienes —commodities, es decir, productos sustituibles sin valor inmaterial— a precios bajos en todas partes.

Puede que no se logre, pero el optimismo de Álvarez no forma tan solo parte de la tesis del libro. También es intrínseco a su manera de razonar, lo que puede hacer que caiga en ocasiones en el voluntarismo de las bicicletas. En otras partes, cierto solucionismo tecnológico también se deja ver. No me quejaré de su defensa cerrada de la producción energética renovable, y sobre todo solar. Después de todo, la magia del crecimiento exponencial ya ha hecho visible algo que hace solo una década parecía un sueño absurdo: una producción de energía en la que las fuentes sin emisiones —más allá de las incorporadas— son mayoritarias en cada vez más rincones del planeta. Pero otros casos son más flagrantes: ¿smart contracts basados en cadenas de bloques? Hay muchos menos casos de uso de lo que pueda parecer a un entusiasta de la tecnología para unos «contratos» que, jurídicamente, no son lo que dicen ser y que funcionan sobre la base de datos distribuida más lenta conocida por la humanidad.

El ensayo de Álvarez puede leerse como una versión actualizada y supuestamente centrada ideológicamente del «Comunismo de lujo totalmente automatizado» de Bastani. Digo «supuestamente centrada» porque, aunque es cierto que las izquierdas clásicas —tanto la socialdemócrata como la más radical— están aún cegadas por las visiones de la reindustrialización como camino para la superación de la crisis, muy pocos pensadores del otro lado del espectro político van a prestar la más mínima atención a una tesis que supone la destrucción última del modelo de concentración máxima de la riqueza. Álvarez es una progresista de izquierdas, y creo que lo sabe. Aunque en última instancia, renunciar a esta etiqueta no es lo más importante. La clave de todo se encuentra en el optimismo radical.

Ese optimismo, para alguien como yo cocido a fuego lento en el guiso de pensadores como Tom Murphy —su blog Do The Math es una excelente forma de abrir los ojos a la realidad de la finitud del mundo y a la falacia del crecimiento infinito, al tiempo que una fuente inagotable de angustia existencial—, es una sorpresa. Una tremendamente necesaria en estos tiempos de narrativa escatológica y apocalíptica, de combates a muerte entre preparacionistas y colapsistas con tesis que difieren solo en la persona del verbo: «vais a morir todos» versus «vamos a morir todos». Si pretendemos seguir viviendo con algo parecido a un objetivo y cierta salud mental, hay que levantarse y adoptar un optimismo radical.

No importa que los detalles no sean perfectos siempre que el marco sea el correcto. Y, como oigo cada vez de más bocas, va siendo hora de que lo punk deje de ser la autocracia, el retardismo y la vuelta a un supuesto pasado idílico en el que el orden solo era una palabra corta para denotar la bota que pisa las caras de la gente pobre, mujer, oscura o —¡Dios lo prohíba!— desviada. Es el momento de darnos cuenta, de una vez, que «utopía» no tiene por qué provenir del griego «ningún lugar» (οὐ τόπος), sino de «buen lugar» (εὖ τόπος). Y no para un futuro indefinido, sino para algo que podremos ver incluso quienes peinamos canas. Como dijo ese hijo de carpintero que ascendió a los cielos, Yuri Gagarin: Поехали! ¡Vamos!


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Comentarios

2 respuestas a «Hijos del optimismo»

  1. Avatar de El Pamplina 🇺🇦 🇵🇸 :cadiz:

    @blog Ya que lo nombras como precedente, leí "En deuda" de Graeber (mejor dicho, lo intenté leer) y no me gustó nada. ¿Este libro va por esa línea?

    1. Avatar de Iván Rivera

      El pensamiento de Graeber es un precedente, pero más por «Trabajos de mierda», tanto por la temática como por el alcance (es un libro mucho más ligero). De todas formas, a mí «En deuda» me pareció un gran libro, así que actúa en consecuencia.

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