¡Guardad algunas diésel!

La sostenibilidad del sector del transporte requiere reducir a un mínimo las emisiones de CO₂, pero hay una circunstancia en la que disponer de una flota activa de locomotoras diésel es no ya aconsejable, sino necesario.

El 31 de agosto de 2012, un largo filamento de material solar que había estado flotando en la atmósfera del Sol, la corona, se expulsó al espacio a las 16:36 h EDT. La eyección de masa coronal, o CME, viajó a más de 900 millas por segundo. La CME no se dirigió directamente hacia la Tierra, pero sí interactuó con el entorno magnético terrestre, o magnetosfera, lo que provocó la aparición de auroras la noche del lunes 3 de septiembre. En la imagen se muestra una versión combinada y aclarada de las longitudes de onda de 304 y 171 angstroms captadas por el Observatorio de Dinámica Solar. Recortada.

Anochecer del 2 de septiembre de 1859. Frederick Royce, un operador de telégrafos, hace su turno en la oficina de Washington, D.C.

No supe que la aurora había aparecido hasta las ocho o las ocho y media. Había estado trabajando en la línea de Richmond, y tuve grandes dificultades debido a los cambios en la corriente. Parecía como si hubiera una tormenta en Richmond. Concluí que ese era el caso, abandoné ese cable e intenté usar el cable del Norte, pero me encontré con el mismo problema. Por cinco o diez minutos todo iba bien, pero luego la corriente cambiaba y se volvía tan débil que apenas se notaba. Después, gradualmente, se convertía en una tierra tan fuerte que no podía levantar el imán. Mientras duró la aurora, se observaron los mismos fenómenos. No hubo ningún crujido ni chasquido del imán, como suele ocurrir en una tormenta eléctrica. Miré el papel entre los bornes del protector de sobretensiones, pero no encontré agujeros.

El anterior día 1 de septiembre, el astrónomo Richard Carrington había detectado una eyección de masa coronal en el Sol, asociada a un conjunto de manchas. El chorro de partículas resultante impactó en la magnetosfera de nuestro planeta, provocando intensas y bellas auroras en latitudes donde no se recordaban. La civilización, inmersa en la primera Revolución Industrial, aún no estaba dotada de grandes infraestructuras dependientes de la electricidad para su funcionamiento. La excepción pionera: las líneas de telégrafo.

Filadelfia dividió el circuito a petición de Nueva York, y logramos enviar los mensajes que teníamos pendientes. La aurora desapareció un poco después de las diez, y tras eso no tuvimos más dificultades; trabajamos sin problemas hasta Nueva York.

Las líneas de telégrafo estaban formadas por hilos de cobre de kilómetros de longitud. La tormenta geomagnética, con su campo magnético intenso y variable, indujo sobre ellas una fuerza electromotriz que trabajaba ora a favor, ora en contra del potencial al que se mantenían artificialmente las líneas. Los operarios podían accionar sus manipuladores en algunos casos desconectando las baterías de las líneas, tan solo con la corriente inducida por las partículas solares. Pero corrían, sin saberlo, un grave peligro.

Manipulador de código Morse, 1900. Consta de un balancín metálico sobre una plataforma de madera. El extremo derecho lleva un manipulador aislante que, cuando se presiona. hace que el balancín se incline hacia su lado, cerrando un circuito eléctrico. El extremo izquierdo se mantiene inclinado en ausencia de presión sobre el manipulador gracias a un imán permanente.
Manipulador de código Morse, 1900. (Foto: Hp.Baumeler/Wikimedia Commons)

Durante el fenómeno, estaba llamando a Richmond y tenía una mano en la placa de hierro. Sin prestar atención me incliné hacia el receptor, que está contra la pared; entonces, mi frente rozó un cable de tierra que baja por la pared cerca del receptor. Inmediatamente, recibí una descarga eléctrica muy fuerte que me dejó aturdido por un instante. Un hombre mayor que estaba sentado frente a mí, a solo unos metros de distancia, dijo que vio una chispa de fuego saltar de mi frente al receptor.

Hoy, 167 años después del fenómeno que terminó siendo conocido como evento Carrington, hay muchos más conductores tendidos a lo largo del globo que en 1859. Las líneas de transporte eléctrico, entre las que se cuentan las catenarias ferroviarias, y sus terminales ubicadas en centrales de generación y subestaciones de transformación eléctrica son particularmente vulnerables a corrientes inducidas por variaciones bruscas del campo magnético. Las estimaciones de los daños posibles varían entre el orden de magnitud de los miles de millones y los billones de dólares. O de euros, que para números tan astronómicos da igual. En el mejor de los casos, nos enfrentaríamos a apagones como el del 28 de abril de 2025 en la península Ibérica, pero en todo el planeta, con tiempos de recuperación del orden de varios días. En el peor, nos podríamos enfrentar a años sin suministro eléctrico parcial o total y un auténtico riesgo de continuidad para la civilización.

Una locomotora 319 con librea antigua de RENFE (amarilla y gris, con el número de serie 319.201 en grandes caracteres blancos en el lateral), algo grafiteada en el taller de Villaverde (Madrid). La vista es de tres cuartos desde delante y a su derecha.
Locomotora 319.201 de Renfe con librea antigua en el taller de Villaverde (Madrid), en 2007. Desde entonces, esta locomotora ha sido vendida a los ferrocarriles argentinos. (Foto: autor)

En ese sentido, mantener en funcionamiento una flota estratégica de transportes impulsados por motores diésel parece de una lógica aplastante. En particular, un remanente de locomotoras «antiguas», capaces de movilizar trenes de mercancías con suministros esenciales, debería estar disponible en todo momento para realizar tareas de salvamento, apoyadas por un plan de acción sólido y revisado periódicamente.

Este es el punto en el que los esfuerzos en sostenibilidad y estrategias de continuidad del negocio se dan la mano. Electrificarlo todo, naturalmente. Pero con respaldo, por si las tormentas solares.

Bibliografía

Green, J. L., Boardsen, S., Odenwald, S., Humble, J., & Pazamickas, K. A. (2006). Eyewitness reports of the great auroral storm of 1859. Advances in Space Research, 38(2), 145–154. https://doi.org/10.1016/j.asr.2005.12.021

Moriña, D., Serra, I., Puig, P., & Corral, Á. (2019). Probability estimation of a Carrington-like geomagnetic storm. Scientific Reports, 9(1), 2393. https://doi.org/10.1038/s41598-019-38918-8

Eastwood, J. P., Biffis, E., Hapgood, M. A., Green, L., Bisi, M. M., Bentley, R. D., Wicks, R., McKinnell, L.-A., Gibbs, M., & Burnett, C. (2017). The Economic Impact of Space Weather: Where Do We Stand? Risk Analysis, 37(2), 206-218. https://doi.org/10.1111/risa.12765


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Comentarios

3 respuestas a «¡Guardad algunas diésel!»

  1. Avatar de Óscar Gorri

    @blog Y no sólo! Construid trenes capaces de ser independientes al menos para llegar a la siguiente estación!

    1. Avatar de Iván Rivera

      ¡Desde luego! Hay muchas más medidas de resiliencia de red que pueden adoptarse en el ferrocarril.

  2. Avatar de Iago

    @blog y ya no solo por eso.

    Contando que siempre dicen que hay poco material rodante, quizás sea interesante no deshacerse de trenes viejos porque sean de diesel.

    Que lo mismo pasa con los buses. ¿Está bien añadir vehículos nuevos eléctricos? Probablemente, pero yo opino que valen más trenes de diesel circulando y que puedo coger que un par eléctricos que no ofrecen tanto servicio y dejan más coches en la carretera. Vale más un tren de diesel que 20 coches aunque sean híbridos o eléctricos (yo opino).

    (Como siempre, muy bueno el artículo, como todo lo de tu blog 😀 )

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