Me acabé tomando la idea en serio. La de escribir un libro. A fin de cuentas, todos mis correligionarios en aquella plataforma de divulgadores de la ciencia ya lo habían hecho. Algunos varias veces. Con éxito desigual, pero eso era lo de menos. Tener un libro publicado —¡no autopublicado!— todavía confiere un mínimo prestigio. Una voz pública, si queréis. Yo tenía algo que decir. Cierto estilo con las teclas. Solo necesitaba tomarme la idea en serio.
Siguiendo el consejo de un amigo muy querido, decidí que dedicaría mi libro a enseñar a resolver dudas de la vida más o menos cotidiana mediante ejemplos, herramientas matemáticas simples y un poco de criterio para seleccionar fuentes de información. Tuve la idea de mostrar las cuentas en un nivel de lectura diferente del texto principal, de modo que fuera sencillo seguir el libro sin ver (casi) números. Digo que «tuve» la idea en el sentido de que la recogí y la hice mía, pero en realidad no fue así. Había un modelo en mi biblioteca privada para eso, un libro de texto sobre astronomía que me llevaba fascinando desde que me lo regalaron allá por 1986. Era este:

El libro se podía leer en dos niveles, marcados en dos tamaños diferentes de texto. Uno podía limitarse a leer la letra grande y no se perdería nada. Sin embargo, la letra pequeña ofrecía explicaciones adicionales y, más importante, fórmulas matemáticas. Es conocida la anécdota de Stephen Hawking y su editor, quien durante la preparación de su superventas de la divulgación Historia del tiempo le conminó a no usar expresión matemática alguna, so pena de perder la mitad de las ventas por cada transgresión. Hawking terminó sacrificando la mitad de sus ingresos teóricos a cambio del privilegio de lucir esa pequeña joya de la relatividad einsteiniana que todo el mundo conoce pero casi nadie comprende, , y que acabó como metáfora condensada de todo el tomo, tan vendido como poco entendido.
El autor de estas «claves para la astronomía», Jean-Claude Pecker, intentaba sustraerse a la maldición de la matemática por el inocente procedimiento de empequeñecerla con la esperanza de que la fracción anumérica de sus lectores no se sintiera intimidada.

Entre 2019 y 2022 saqué ratos perdidos para trabajar en mi magnum opus. Que ahora tenga que tirar de archivo para recordar cómo se titulaba da una pista de lo que ocurrió después. ¿Algo de coches voladores? Exacto: ¿Dónde está mi coche volador?. Subtitulado «Utopías, esperanzas y fake news sobre el transporte del futuro». Tuve mis lectores beta, esos esforzados trabajadores de la cultura que, a cambio de una lisonja en letra de molde, leen carretadas de párrafos a medio cocer y, por si la experiencia no había sido lo suficientemente torturante, se espera de ellos que comenten algo. Solo uno de ellos se aproximó a la sinceridad de lo que llegaría después, en el inevitable contacto con la realidad.
Quizá penséis que alguien como yo, que lleva años en aquella plataforma de divulgadores de la ciencia, no debería tener problema para encontrar editores. No es exacto. Alguien como yo tiene problemas para encontrar casi cualquier cosa que dependa de otras personas, cortesía de una suave fobia social que me retrae de esa actividad, por otro lado tan estimulante, de conocer gente. Así y todo, pregunté y pedí, pedí y pregunté hasta llegar a algunos guardianes de la llave del cielo de los escritores publicados.
Hubo respuestas nulas. Cualquiera que intenta franquear la barrera de entrada del mundo editorial ha recibido calladas. Alguna negativa simple y tersa. Hubo una respuesta detallada de la que aprendí mucho y que, pese a terminar en un «no», agradecí sinceramente. Y hubo una última que me dolió más. Empezó por una petición: «elimina todas las partes con números». ¿Todas? Todas. Pero si hasta las había puesto en Cómic Sans. Cualquier cosa en Cómic Sans es más fácil de leer.

Luego llegó la negativa, de todas maneras. ¿Aprendí algo de la experiencia? Por supuesto.
Uno. No escribas un libro sin tener antes un esquema completo y detallado de a dónde vas. Un bocadillo de artículos largos de blog entre dos rebanadas de pan, prólogo y epílogo, puede no bastar para llamarse a sí mismo libro. Me diréis que habéis leído unos cuantos que se ajustan con fineza bastante a esa descripción. Igual que yo. Pero.
Dos. No pretendas publicar nada que contenga fórmulas matemáticas, a menos que planees un libro de texto. Que, por cierto, vaya nombre más raro. Como si los demás libros no tuvieran texto. Nadie quiere ver fórmulas matemáticas. Por sencillas que sean. Recuerda: Stephen Hawking tuvo que llegar a ser Stephen Hawking para que le dejaran colar en su Historia del tiempo. Tú ni siquiera tienes un doctorado, piltrafilla.
Tres. No escribas nada sobre los temas que te interesan con la intención de que lo venda un tercero. En una autopublicación puedes sacar un volumen de doscientas páginas de manchas de tóner de fotocopiadora si te da por ahí, pero un libro que una editorial pretenda incluir en su catálogo —lo que se dice venderlo ya es harina de otro costal— tiene que tener un tema atractivo. Yo qué sé, ovnis. O nazis. U ovnis nazis. Lo grande de ese tema es que hasta hace no mucho tiempo ese tema venía siendo pulp de fantaterror. Ahora es literatura aspiracional y motivo suficiente para que Iker Jiménez te dedique un mes de programas de Horizonte.
Y cuatro. No. El dinero no paga ni la vigésima parte del trabajo. La validación del título publicado solo vale para que te citen en unos cuantos artículos en prensa, y si no los va a leer ni tu madre, tampoco sirve de mucho. Tampoco te ofrecen sinecuras de esas que son ilegales para cierta parte del espectro político. Y, por último, considera esto: de una tirada de quinientos ejemplares de tu hijo de papel, con mucha suerte cincuenta se van a vender. Cuatrocientos cincuenta van a ir derechitos a la trituradora sin ser siquiera abiertos por mano humana. O peor, desencuadernados a guillotina y escaneados para mayor gloria de algún chatbot de medio pelo.
Si eso no te revuelve las tripas, es que no eres persona. Ojalá poder escribir algún día un libro.


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