El camino del talento

Un diluvio de bazofia cae, impenitente, sobre la cultura humana. Diluyéndola. Llevándola a la media y al conformismo. ¿No es eso lo que pretendían los totalitarismos del siglo pasado, solo que «bien hecho»?

Dos viñetas, a izquierda y derecha. El mismo joven en ambas. En la izquierda, sostiene un violín, está cabizbajo y lleva ropas raídas. Tras él, un paisaje urbano de calle lleno de luces de neón. En la derecha, está tocando el violín. Su gesto es concentrado y está en una sala de conciertos, como solista de una orquesta.

El totalitarismo es una enfermedad que afecta a la forma del Estado. Adopta su nombre a partir de la pretensión de convertir todos los aspectos de la vida en un vector para el ejercicio del poder. Uno de los síntomas clásicos del totalitarismo es la pretensión de control sobre la cultura. Un objetivo complejo y, creeríamos, abocado al fracaso. ¿Cómo dirigir los pensamientos íntimos de las personas, germen de toda obra artística? Gulags, campos de concentración, cárcel y torturas no bastaron en el pasado para que espíritus libres de cualquier condición tramaran sus obras contra el Estado, pese al Estado o, sencillamente, sin el Estado. Tramas secretas si los creadores pretendían vivir, públicas para los casos más suicidas.

El liberalismo capitalista, lejos de ser el paraíso del laissez faire que se pretende a sí mismo —¿sería anarquista?— tiene mucho que enseñar sobre el control de la obra artística. La gran diferencia con los totalitarismos es que no impone su control mediante la coerción directa. Lo hace a través de medios más sutiles. Y ahora, sin que tenga nada que ver con el discurso, permitidme esta pequeña interrupción propagandística, cortesía de la vieja Unión Soviética:

Dos viñetas, a izquierda y derecha. El mismo joven en ambas. En la izquierda, sostiene un violín, está cabizbajo y lleva ropas raídas. Tras él, un paisaje urbano de calle lleno de luces de neón. En la derecha, está tocando el violín. Su gesto es concentrado y está en una sala de conciertos, como solista de una orquesta. El rótulo a la izquierda dice "В странах капитализма: Дорога таланта…", y a la derecha, "В странах социализма: Дорогу талантам!"
«En los países capitalistas, [este es] el camino del talento. En los países socialistas, ¡haced sitio al talento!». (Imagen: V. B. Koretskii, Iskusstvo, Moscú, 1948)

Que me permito glosar con un chiste ruso algo posterior en el tiempo. Venía a decir algo así:

Ahora que ha caído el comunismo, sabemos que todo lo que contaban los periódicos sobre nuestro país era mentira. Pero lo peor es que lo que contaban sobre los Estados Unidos ¡era verdad!

El liberalismo tiene sus propias formas de control cultural. Se basan, como casi todo lo que escapa a la aplicación del código penal, en el manejo de los incentivos sociales. Hay pocos incentivos mejores, en una sociedad donde el éxito económico lo es todo, que remunerar generosamente el arte «adecuado» y dejar todo lo demás a la intemperie. Los poderes públicos no tienen por qué involucrarse en el proceso para que las fichas de los futbolistas de élite estén llenas de ceros en los lugares apropiados.

Este proceso dista mucho de ser perfecto y es una suerte. El liberalismo no es un totalitarismo. No trata de impedir que un mecenas cualquiera gaste su dinero en promocionar lo que considere oportuno. Tampoco lo necesita: de cuando en cuando surge un Novecento y la gente no sale de los cines enarbolando antorchas para recrear la Comuna de París. También, en ocasiones, un artista despega desde la nada más absoluta y no llega, como decía el Marx de la vis cómica, «a las más altas cumbres de la miseria», sino al auténtico reconocimiento popular. Todos somos conscientes de ejemplos.

En esto estábamos cuando llegaron los oligarcas de la tecnología.

Estos seres, siguiendo las enseñanzas de Curtis Yarvin y demás adalides de lo que llaman Ilustración Oscura sin un átomo de vergüenza, abogan abiertamente por un modelo de Estado totalitario nuevo. Una especie de monarquía corporativa donde la estructura antidemocrática de la empresa capitalista se extienda a toda la sociedad, encabezada ahora por un tecnorrey. Dónde he leído yo eso antes, dónde.

Estos seres, también, son quienes están insertando los loros estocásticos en todas partes, tomando nuestras sociedades por ocas a las que alimentar con bazofia digital1. Recordemos que los LLM (Large Language Models, modelos de lenguaje grandes) deben su funcionamiento a la mayor operación de extracción, transferencia y digestión de lenguaje humano de todo tipo, imágenes incluidas, de la historia. Toda la literatura, todo el arte está ya dentro de las inabarcables redes neuronales de los chatbots en forma numérica y opaca. Listo para ser reproducido bajo demanda en formas estadísticamente similares pero desconectadas de su autoría original. Incluso estas mismas palabras están destinadas, al poco de su publicación, a ser asimiladas y digeridas por las máquinas, pese a las magras precauciones que tomo.

Patrick Stewart, caracterizado como Locutus, un cíborg con un láser rojo que apunta hacia el observador entre sus adminículos mecánicos.
La resistencia es inútil. (Imagen: Paramount)

Los chatbots permiten crear imágenes y textos con un nivel de calidad aparente excepcional. Están siendo abrazados por la población en general. Un 37,9 por ciento de usuarios al menos ocasionales en España para 2025, a saber este año. Todos por fin liberados del terrible yugo de pagar a un ilustrador listillo para hacer un flyer medio aparente u, horror, de la tortura del juicio de los pedantes —tsk, tsk— por una coma criminal.

Yo afirmo que la inteligencia artificial generativa era la tecnología necesaria para lograr el control definitivo del arte por parte del Estado. La admiración por el literato, por el fotógrafo, por el pintor, incluso por el deportista tiene una cara B de resquemor y envidia. Eso lo pinta mi hijo pequeño. A quién se la habrá chupado esa. Yo paraba ese penalti con una mano atada a la espalda. Qué se ha creído aquél con su libro. El gran nivelador digital ha llegado, por fin todo el mundo puede haber escrito sin tener que escribir, dibujar sin los años de estudio y práctica. Y lo que sale de la máquina es siempre apropiado. Ni una palabra más alta que otra. Nada subversivo. A la vez, como cualquier músculo que no se ejercita, la capacidad de juicio ciudadano se atrofia.

Propios y extraños lo repiten sin parar: la IA ha llegado para quedarse. Mientras, un diluvio de bazofia disuelve la cultura humana. Todo es correcto. Nada dice algo nuevo. La sospecha de trampeo digital planea sobre todo y sobre todos. Y quien controla las palancas internas del gran instrumento democratizador puede sesgar los resultados hacia donde necesite. El sueño de los dictadores, ahora sin sangre.

A mí buscadme en la trinchera.


  1. Mi traducción predilecta para el inglés slop, al menos hoy. ↩︎

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Comentarios

Una respuesta a «El camino del talento»

  1. Avatar de Chacheneguer

    @blog Con el pastizal que se están gastando en esta máquina de basura es evidente que alguna utilidad le encuentran. Que por otra parte está lo de la estafa de esquema Ponzi, pero no se si el que unos pocos quieran recuperar lo invertido justifica que muchos mas sigan apostando por esto.

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