Cuando era joven, en los años ochenta, me hice una colección de libros de divulgación científica publicada por Muy Interesante, que, por entonces, era una revista de cierto prestigio y no el apéndice «de ciencia» de un panfleto de agit-prop ultraderechista. Entre mis tomos favoritos en esa colección estaba la tetralogía Exploración del espacio, que contaba el desarrollo de la astronáutica desde sus orígenes (Tsiolkovsky, Goddard, Von Braun) hasta, naturalmente, mediados de los ochenta, así como los proyectos que, entonces, se vislumbraban en el horizonte.
Tomé conciencia de que existía algo llamado exploración espacial justo en medio de la edad de oro del STS, el Space Transportation System y su pieza central, el transbordador. Mis padres contaban, aburridos ya la enésima vez que les preguntaba por ello, que habían visto en televisión a astronautas andando por la superficie de la Luna. ¡Héroes! Yo tenía que conformarme con un horizonte de futuro dominado por un camión de mudanza con alas que subía unos cientos de kilómetros para hacer tareas que en la Tierra realizaban personas vestidas con mono. Y eso hasta 1987. La explosión del Challenger ante las cámaras de televisión obligaría a recoger hasta ese magro juguete.
Recuerdo las páginas de aquel libro, ilustrado a todo color, donde se compendiaba un catálogo de los cohetes utilizados hasta el momento por las agencias espaciales. Sobre todo de NASA y de la URSS, pero no solo. Ya paseaban por allí algunos ejemplares de la longeva serie Larga Marcha china, los primeros Ariane y otros. Como era de esperar, los lanzadores venían ordenados más o menos por vigencia, desde los más obsoletos a los más nuevos. El último era, claro, el conjunto del STS con el transbordador espacial montado en su lomo. Entre medias, junto al gigantesco Saturno V que había llevado gente a la Luna, había un extraño objeto casi cónico con la denominación «G-1-e». Un cohete soviético gigante que, aparentemente, no tenía en su haber ninguna misión de relevancia. Las fuentes citadas (Charles P. Vick fundamentalmente, el historiador occidental más destacado de la cosmonáutica soviética) hablaban de satélites espía americanos, tres lanzamientos fallidos y una posible misión lunar tripulada en ciernes.
Ya por entonces me fascinaban las historias «de rusos», probablemente resultado de haber encontrado en mis expediciones poco autorizadas por los cajones de la casa de mis abuelos algunos ejemplares de una revista llamada Unión Soviética. Esto se entremezclaba en mi cerebro infantil con las imágenes ominosas del telediario. Misiles SS-20, según los cronistas apuntando a España, que desfilaban entre interminables columnas de soldados y tanques en la plaza Roja de Moscú. Aquel cohete gigante y secreto del libro tenía que atrapar mi imaginación por necesidad. No fue hasta la llegada de la perestroika y su hermanita pequeña, la glasnost1, que las noticias de las interioridades de la Unión Soviética no empezaron a llegar a los periódicos de este lado del telón de acero. Justo cuando parecía que todo iba a normalizarse, llegó 1991 y la URSS hizo el ejercicio de transparencia más radical de su historia, disolviéndose como un azucarillo.
Solo entonces empezamos a saber la verdad: el «G-1-e» era el complejo N-1/L-3. Su misión había sido poner al primer cosmonauta soviético en la Luna, que tenía nombre, patronímico y apellido: Alexéi Arjípovich Leónov. Cuatro lanzamientos fallidos después, el Kremlin se había dado cuenta de que esa carrera estaba perdida y que no merecía la pena seguir a los americanos hasta un lugar a donde, según todos los indicios, no volverían en mucho tiempo tras el vuelo del Apolo 17, en 1972. ¿Acierto, quizás? Lo que había que hacer, en su lugar, era copiar el transbordador espacial. Error, sin duda. La paranoia soviética del final del mandato de Brézhnev, a quien sucedió directamente un director del KGB (Yuri Andrópov), impuso a su industria espacial crear un homólogo del STS americano al precio que fuese. La historia es muy larga y está contada en este blog hace ya mucho tiempo.

Para un espaciotrastornado no es lo mismo ver reconstrucciones digitales de un cohete mítico que verlo volar. Así que era prácticamente inevitable que terminara cayendo en el pozo gravitatorio de Star City, el spin off de la serie de Apple TV For All Mankind. En esencia, For All Mankind es un fanfic de la carrera espacial. Una ucronía en la que el Diseñador Jefe del programa espacial soviético (en la vida real Serguéi Pávlovich Koroliov) no fallece en la mesa de operaciones en 1966 y continúa al mando del programa lunar. El resultado es arrasador: el cohete N-1 entra en servicio sin problemas y, poco después del vuelo del Apolo 10 en el que los EE. UU. ensayaron cada movimiento de su misión lunar, excepto por el alunizaje en sí, una misión capitaneada por Leónov posa su LK monoplaza con éxito en la Luna. El mundo entero ve a la primera persona sobre la superficie del satélite desplegar una bandera roja con una hoz y un martillo. Los americanos no aceptan la derrota y dirigen todos los recursos presupuestados para la guerra en Vietnam hacia su NASA. La carrera entre superpotencias sigue, en esencia, para siempre.
For All Mankind tiene muchas virtudes y no menos defectos. Entre las primeras se cuentan reconstrucciones solventes (al menos en las dos primeras temporadas) de proyectos espaciales que no superaron la «fase Powerpoint» en la vida real. Los noticiarios con los que empieza cada temporada, que sirven para contextualizar los saltos de aproximadamente una década que median entre conjuntos de episodios, son también canela fina. No olvido el del comienzo de la segunda temporada, en el que se informa del asesinato del papa Juan Pablo II a manos de Mehmet Ali Ağca, de la muerte de Margaret Thatcher en un atentado con coche bomba del IRA y, supongo que para mantener la cantidad de karma constante, de la supervivencia de John Lennon del tiroteo de un Mark David Chapman con menos puntería. No quiero dejar de nombrar entre las virtudes a la pareja formada por Michael y Denise Okuda, diseñador él y documentalista ella en la franquicia Star Trek desde los años ochenta y aquí asesores técnicos. Lo que quiera que hayan hecho, habrá sido genial.
Entre los defectos, un exceso de supeditación de la tecnología a las necesidades del drama o, peor aún, al puro placer visual. Es extremadamente dudoso que los transbordadores espaciales pudieran desempeñar ningún papel útil en órbita lunar, pero ahí los tenemos. Y eso, pese a la imposibilidad manifiesta de superar la órbita baja terrestre sin el concurso de alguna tecnología que no se nos revela. Una subtrama pivota sobre el uso soviético de tecnología extraída mediante espionaje de los EE. UU. que incluía los aceleradores de combustible sólido del STS y sus juntas O (infames por estar en el origen del desastre del Challenger). El sistema de lanzamiento Energía usado por los transbordadores Burán tenía aceleradores de combustible líquido, por lo que ese modo de fallo concreto no podía darse. Nadie entiende cómo Corea del Norte es una potencia espacial capaz no solo de vuelos tripulados, sino de colarse en la carrera por llegar a Marte con los resultados más chocantes y también absurdos. Y eso sin detenerse demasiado en detalles.
Star City concentra los defectos de su progenitora mientras que diluye sus virtudes. Las barbaridades astronáuticas se suceden, una tras otra, sin descanso. Misiones para las que se selecciona tripulación a tres días vista del lanzamiento —¡o menos!— como si se tratara de un viaje normal y no de un vuelo arriesgadísimo en una plataforma experimental a lugares donde nadie ha ido jamás. Encendidos de motores para frenar en la órbita que, en realidad, acelerarían. Lanzamientos no autorizados del gigantesco N-1 bajo la ridícula tapadera de un satélite meteorológico que requiere, increíblemente, un reaprovisionamiento de combustible en órbita baja. Como si fuera posible organizar una misión por valor de muchos millones de rublos sin contar con las firmas de todo el ministerio de Maquinaria Pesada, empezando por los bedeles y terminando en el ministro, sin contar con el plácet del KGB, del Sóviet Supremo y del mismo Leonid Ilich Brézhnev. Por más que pese a su apenas velada monstruosidad sexual.
Y hablando de monstruos. Star City añade un ingrediente que antes no abundaba en la mezcla: el anticomunismo. A uno le tienta exclamar algo como ¡dejad ya de pegarle, está muerto! En serio, querida industria audiovisual norteamericana, ya no quedan comunistas de aquellos tan temibles, Satanases redivivos con cuernos y rabo. Podéis parar. En qué cabeza cabe que se conceda una medalla al Diseñador Jefe, cuya identidad era secreta en la vida real, solo para retirársela inmediatamente después para mantenerla correctamente custodiada. Que se afirme con despreocupada conspiranoia que a Gagarin no le protegió (¿de qué?) haber sido el primero en el espacio, aludiendo al accidente de aviación que causó su muerte. Que se presente como algo normal para el régimen la sustitución de cosmonautas por actores, ni siquiera parecidos, para evitar posibles disidencias después de sus misiones al espacio. Que se asesine a la cosmonauta que debía ser la primera mujer sobre la Luna basándose en una sospecha revelada como falsa. Que se pretenda ejecutar, ante las antenas del mundo entero, primero a un cosmonauta de la misión Venera 7 y, ante la resistencia de la tripulación a semejante acto de brutalidad, a todos ellos
despresurizando remotamente los espacios vitales de la nave. Tripulación que incluyen la primera cosmonauta de nacionalidad india, país que algo tendría que decir al respecto.
Pues sí. He visto Star City. Es una serie con unos valores de producción excelentes, rodada en los lugares más parecidos que quedan hoy a los exteriores de la Unión Soviética de principios de la década de los setenta y con actores que podrían ser soviéticos de entonces, salvo por el inglés británico que se gastan. Un thriller de espías bastante aceptable, siempre que uno asuma que en su universo alternativo no solo continuó la carrera espacial, sino también el terror estalinista. En lo astronáutico, hay mujeres en la Luna. Los N-1 vuelan sin explotar. Los módulos Almaz hacen sobrevuelos tripulados de Venus. Los cosmonautas escapan a pie de los malvados soldados soviéticos en todoterreno tras nueve meses de ingravidez. Se hacen aterrizajes de precisión a ojo. Un batiscafo acaba en la superficie de Venus. Todo es muy divertido. Y muy gris. Y estoy enfadado.
¿Cuándo sale la segunda temporada?
- «Reestructuración» y «transparencia», en ruso. ↩︎


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