Todo lo que está o ha estado vivo

No puede estar muerto lo que no ha vivido antes.

2ª Regla del XXVII Libro de Isterpah, maestro embalsamador egipcio (s II a.C), vía @asueldodemoscu

Dandelion seeds, foto de Stefano Bertolo (Flickr)

Respiramos, comemos, crecemos, nos reproducimos, excretamos, morimos. Nosotros junto al resto de los seres vivos de la biosfera terrestre. Es una obviedad, pero también motivo de maravilla ser consciente de que entre los átomos del vaso de agua que bebemos, con certidumbre estadística, hubo alguno que transitó por el cuerpo de Albert Einstein, Julio César, alguno de los caníbales de Atapuerca o un tiranosaurio. Dejando volar la imaginación podemos llegar a plantearnos cuestiones dignas de algún episodio de Cosmos: ¿cuánto pesa la materia viva? ¿Qué fracción de nuestro planeta está viva? ¿Cuánta materia ha formado parte, alguna vez, de un ser vivo? Las respuestas a tales preguntas serán necesariamente especulativas, pero sorprende comprobar hasta dónde puede llevarnos una dosis razonable de ciencia y sentido común. Empecemos. Sigue leyendo Todo lo que está o ha estado vivo

Hey, ¿eso no es un cráter?

Pues estaba yo haciendo no-sé-muy-bien-exactamente-qué por esos internets cuando decidí darme un garbeo por Google Maps y curiosear con abandono por la interesante zona del Desierto del Gobi, al sur de Mongolia. No sé, quizá me apetecía estar virtualmente solo. Unos segundos después me encuentro con esto:

Ver este cráter más grande.

¡Vaya, un cráter! A ojo, se ve que la escorrentía de la pendiente, de norte a sur, se ha llevado por delante un buen fragmento del borde septentrional. Parece apreciarse un manto de materiales expulsados, rodeando una formación en anillo de 3,7 kilómetros de diámetro. Incluso en el norte erosionado por el agua aparecen unas pequeñas formaciones consistentes con el resto del (presunto) cráter.

No hay muchos cráteres de impacto en la Tierra —la erosión los borra con relativa facilidad. Uno de casi cuatro kilómetros debería estar en la Earth Impact Database (la base de datos oficial que registra los cráteres conocidos). Busquemos por Asia… ¡No aparece! Corazón acelerando. El siguiente paso es preguntarle a Google, que todo lo sabe. “Crater Mongolia”: viendo que en la base de datos de antes (y en la Wikipedia) sólo figura un cráter registrado allí, el , parece una búsqueda prometedora. No hay ninguna indicación de otro cráter diferente (de impacto o ningún otro tipo en los primeros resultados). 120 pulsaciones y subiendo.

Tranquilos, no hay un cráter Rivera en la Tierra, por lo menos de momento. Fue descubierto allá por 1998, como figura en la comunicación A Possible Impact Crater Structure in Southern Mongolia de la XXIX Conferencia de Ciencias Lunares y Planetarias. La ciencia sigue su particular ritmo, y más si el objeto de estudio está a 340 kilómetros de la ciudad más cercana, , y a 125 de Shinejinst, una aldea de algo más de 300 habitantes sita donde da la vuelta el aire: once años después todavía no está confirmado el origen meteorítico del agujero. No es raro: el otro cráter mongol fue definitivamente incluido en las listas este año después de concienzudos estudios sobre muestras recogidas sobre el terreno. Fue avistado por primera vez en 1976. Para unas prisas. Ahora bien, cualquiera puede jugar con el Earth Impact Effects Program para imaginarse cómo pudo ser el meteorito que (presuntamente) cayó en medio de la nada un día hace millones de años en el . Casi 400 megatones para un bólido rocoso de 200 metros de diámetro. Debió ser un mal día para vivir en un radio de 50 kilómetros de esa remota zona cero —de dejar el pegamento ya ni hablamos.