Erik Harley, brillante divulgador de lo absurdo en la intersección entre arquitectura y urbanismo, se inspiró en Huevos de oro, la película de Bigas Luna, para crear el pormishuevismo: ese ismo tan reconocible en edificios singulares, «ciudades de la X» donde X es un sustantivo abstracto que no guarda relación con el concepto de ciudad de cualquier persona cuerda y, naturalmente, rotondas españolas (donde adquiere brillo y prestancia bajo la forma particular de rotondismo). Dejó con ello un molde fecundo. Si seguimos inspirándonos e inspirando no tardaremos en reconocer el aroma a gónada de estos tiempos de reacción. No pretendo afirmar que antes oliera a flores, cuidados e igualdad. Como mucho, el poder —que lleva el género masculino desde prácticamente siempre, y como tal se conduce— ha instalado ambientadores para esconder, más o menos, su tendencia nativa a llevar sus asuntos por donde apuntara su brújula. La moral no, la fálica.
En esa dirección siempre ha estado clara la diferencia entre asuntos mayores y menores. Temas de los que preocuparse, de un lado, y cuestiones accesorias del otro. Hormigón para un ingeniero civil, la concejalía de urbanismo para un alcaldable, la cirugía en el escalafón invisible de la medicina son ejemplos de lo mollar. ¿Hacen falta ejemplos de lo otro? Que cada quién evoque los suyos y acertaréis. Si la intuición se os seca, un truco para reconocerlos es fijarse en la insistencia con la que se afirma que tal cosa o tal otra es «muy importante» mientras las tercas acciones desmienten las palabras. En mi negociado, cosa menor ha solido ser la innovación. A veces interesa de verdad, pero al final del cuento lo que queda casi siempre es un mandato contradictorio: innova, innova, pero no me toques la cuenta de resultados.
Los resultados, ese eufemismo del único resultado que importa, el dinero. No me apetece caer en ese provincianismo de época que sale de jurar que los tiempos que vive uno son los peores para aquello que se quiera vituperar, pero si hubiera un ranking de siglos, el XXI iría en el grupo de cabeza en cuanto a la adoración del parné. Acumular tela, guita, pasta. Numbers go up. Eso importa. Si tu profesión es lo económico, todas tus métricas llevan de suyo el símbolo monetario. Mientras, puede que nunca haya importado menos qué, específicamente, hacemos los que no nos dedicamos a comprar y vender instrumentos financieros. Siempre que alguien, en algún lugar por encima en la cadena de mando, pueda decir que las cifras crecen, podríamos hasta no hacer nada. Incluso deshacer, como reveló David Graeber en su ensayo Bullshit Jobs. Si la cuenta de resultados sube, todo estará bien.
Los últimos años nos han traído una herramienta crucial para hacer todo eso que en realidad no nos importa. Hablo, claro está, de las Inteligencias Artificiales Generativas. Dicho así, con mayúsculas y prosopopeya. Me gusta más «loros estocásticos», el término que acuñó la investigadora Emily Bender, pero esta preferencia deja ver más que nada mi rencor de clase por esos hombres —otra vez, casi siempre hombres— que han alcanzado el grial de los tiempos. Una valoración para sus activos expresada en una cifra que, dígito a dígito, no quepa en la memoria a corto plazo1. Su valor, se dice.
Ahora podemos usar los loros estocásticos para conjurar, aparentemente del éter, todo aquello que no consideremos digno de ocupar nuestro tiempo o de gastar nuestro dinero. Aunque sepamos que un loro habla, pero no entiende. Cualquier correlato de la realidad con su discurso es fruto de la casualidad. Y así son sus creaciones: objetos que aparentan ser lo que dicen ser, pero que en realidad tan solo se conforman a la media estadística de su definición. Un texto breve puede darnos el pego con facilidad, aunque ciertos giros y fórmulas estereotipadas puedan emanar cierto aroma de duda robótica. Conforme la complejidad aumenta, la ilusión del significado sufre. La lucha de los creadores de estas herramientas ha estribado en aumentar la ventana de plausibilidad para sus resultados. La impresión que nos estamos llevando quienes contemplamos el circo desde la grada es que cada mejora cuesta mayores esfuerzos.
Un vehículo diferente para la información, la imagen, nos permite ver más clara esta evolución. Los primeros generadores de imágenes a partir de textos creaban imágenes que podían interpretarse como ensoñaciones más o menos abstractas. Pronto, los elementos figurativos aparecieron más y más creíbles. Se redujeron las abominaciones, esa tendencia tan «de IA» a crear personas con extremidades supernumerarias en las posiciones más perturbadoras posibles. Y, sin embargo, la cualidad onírica de lo representado no ha dejado de estar ahí, más o menos cerca del límite de lo plausible. Quedarse mirando una imagen sospechosa para encontrar detalles reveladores de su origen automático se ha convertido en un deporte para descreídos y luditas.
No para la mayoría, parece. Ahora podemos tener ilustraciones de apariencia profesional para cualquier mierda. ¿Es lo bastante bueno? Adelante con ello. ¿Por qué pagar a un artista para crear una obra que aúne la expresión de nuestra intención comunicativa con su «arte»? ¿Qué se han creído que son, necesarios? Primero empezaron a aparecer carteles demasiado bien ejecutados en lugares donde nadie los esperaba, como asociaciones de vecinos o clases de primaria. A fin de cuentas nadie iba a gastar dinero ahí para acudir a un profesional de la ilustración, así que, como con la supuesta piratería de series, películas, música y demás efectos culturales, no se estaba restando valor de ninguna parte2. Pronto, igual que los generadores de textos comenzaron redactando banales cartas que, de todas formas, escribíamos conforme a modelos copiados de internet y acabaron componiendo sentidas (ja) cartas de amor, los generadores de imágenes empezaron a escupir libros infantiles ilustrados. Diagramas profesionales donde el detalle debía serlo todo. Incluso los rótulos principales de un comercio, la piedra de toque del marketing primigenio.

¿Cuál es el bocadillo más famoso de Madrid? ¿El bocadillo de calamres? ¿De calamaes? ¿Importa acaso? «Son diez euros», dice el dependiente del food truck. «Me suda la polla», piensa —¡quizá hasta dice!— el inversor detrás del negocio, mientras sus numbers go up. Ahí lo tenéis, cada vez más prominente, más cerca del corazón mismo de las cosas, el signo de los tiempos. El sudapollismo.
- Habitualmente, los humanos tenemos una memoria a corto plazo que puede almacenar como mucho siete elementos. Si el valor combinado de tus posesiones arroja un número de más de siete dígitos en dólares, euros o libras esterlinas, ¡éxito! ↩︎
- Aquí no tenemos en cuenta el gasto energético y de otros recursos en los que incurre la ejecución de estos algoritmos. Pero no es algo que tampoco debamos dejar de lado. ↩︎


Comentarios
4 respuestas a «Bienvenidos a la era del sudapollismo»
Seguro que en ese puesto ponen esmero en cada calamar, pero me va a costar mucho atreverme a comprobarlo ;). No puedo decir lo mismo de tu texto.
Sin entrar a valorar si ese cartel está hecho con IA o no, creo que esa ligatura AR es algo que existe:
https://ask.libreoffice.org/t/how-to-enter-a-special-character-ligature-ar/69747
Por supuesto, cada tipografía la hace a su manera.
La ligatura existe, pero eso no es una ligatura ni quien ha hecho ese cartel sabe lo que es una ligatura. Las letras accesorias que se ven, alrededor de las principales, no tienen ningún sentido y solo parecen letras si no te fijas en ellas. Por ejemplo, en el cartel de la derecha, arriba a la izquierda: ¿es un 3, una B? En el cartel de la izquierda, abajo: ¿BS BAIILLA? Ya no hablamos de si miras el supuesto escudo de España que hay en la parte superior. Los dibujos internos no tienen sentido salvo quizá las barras aragonesas. La filigrana que hay debajo es apenas un conjunto de trazos absurdos. Y así sucesivamente. Ambos carteles están hechos con IA y a nadie le ha importado.
Un cartel que a nadie le importa, para un bocadillo que a nadie le importa, en una ciudad en la que ya nada importa. Son 10 euros