¿Tenemos la tecnología?

Cuando el pasado 27 de febrero murió Leonard Nimoy casi pudo notarse el destello colectivo de reconocimiento en las miradas de los no-trekkies del mundo entero: «¡ah, el señor Spock!» (O también «el doctor Spock», como he tenido que oír en tantas ocasiones, con un apenas suprimido pero discreto encogimiento de órganos internos.) Sin embargo, cuando apenas dos días atrás murió Harve Bennett, un grande de Star Trek más desconocido para el gran público, apenas pudo sentirse conmoción alguna en la Fuerza. De hecho, me he enterado hace un rato.

Bennett resultará familiar a cualquiera que haya visto Star Trek II: La ira de Khan o cualquiera de sus tres secuelas subsiguientes más de diez veces. Fue productor y coguionista: suya fue la idea de rescatar al genéticamente perfecto Khan de un episodio de la segunda temporada de la serie original para darle uno de sus momentos de gloria cinematográfica a toda la saga. Incluso se prestó a hacer un pequeño cameo en la discutiblemente canónica y universalmente lamentada Star Trek V: La última frontera.

Harve Bennett en el papel del almirante Robert Bennett (Star Trek V: The Final Frontier, © 1989 Paramount Pictures).
Harve Bennett en el papel del almirante Robert Bennett (Star Trek V: The Final Frontier, © 1989 Paramount Pictures).

Bennett, en su papel de productor, alumbró otra de las series clásicas en la televisión norteamericana: El hombre de los seis millones de dólares. En ella se relatan las justicieras aventuras de Steve Austin, una especie de capitán Kirk —era astronauta— devenido en ciborg tras un accidente en un vuelo de prueba probablemente secreto. Cuando vi esa serie en los años ochenta, doblada al francés en la televisión marroquí (es una larga historia) me sorprendió desde el primer momento la calidad de su intro. Además del precio —seis millones de 1973 estaba tirao, incluso ajustando el efecto de la inflación1:

¿Cómo era posible que se hubiera filmado para una simple serie de televisión un metraje2 tan aparentemente oficial como el que se ve aquí del accidente de la prueba con un cuerpo sustentador de la NASA? Muy sencillo: porque tal accidente ocurrió realmente:

Y a los mandos del Northrop M2-F2 que se estrellaba en mayo de 1967 estaba un piloto de pruebas real: Bruce Peterson, que tras verse afectado por una oscilación inducida debida a la escasa capacidad de sustentación de las «alas» de su aparato, hubo de intentar esquivar un helicóptero de rescate y acabó tocando el suelo un par de segundos antes de terminar de desplegar el tren de aterrizaje y, por tanto, salvar su vuelo. Increíblemente Peterson sobrevivió y terminó saliendo del hospital habiendo perdido tan solo la visión del ojo derecho —y eso, debido a una infección contraída durante su convalecencia.

La tecnología para reemplazar el ojo perdido de Peterson por una cámara con zoom de veinte aumentos y visión infrarroja como las del ficticio Steve Austin no estaba disponible entonces —como no lo está ahora. Por eso, es comprensible que cada vez que empezaba El hombre de los seis millones de dólares en televisión el ya expiloto de pruebas se sintiera visiblemente molesto.


Nota 1: Seis millones de dólares de 1973 serían hoy unos 31 millones y medio (comprobadlo con esta calculadora de paridad de poder adquisitivo)—y en euros, aproximadamente 29 millones. Steve Austin era, efectivamente, un producto de fantasía: ¿qué proyecto de esa envergadura podría costar tan barato?

Nota 2: En realidad, las imágenes de archivos de la NASA usadas en la introducción de El hombre de los seis millones de dólares incluyen también tomas del vuelo cautivo y liberación de un HL-10, otro de los experimentos en sistemas de reentrada basados en cuerpo sustentador que la NASA terminó desechando en favor del diseño, supuestamente más versátil, de la lanzadera espacial.

El nuevo artículo 135 de la Constitución

Primera página del original de la Constitución Española de 1978. Nótese el pollo en cabecera. (Imagen del Flickr de Jaume D'Urgell.)

La Constitución Española. Sí, amigos, esa norma indeformable que nos protege de nuestras ansias asesinas para con el vecino del quinto, rojo/facha de mierda (táchese lo que proceda). Esa Ley Fundamental que, hasta hace como quien dice 72 horas, era del todo intocable, inasible e inconsútil (esa la miráis, so vagos). Ahora resulta que, con la motivación adecuada —llámese ésta Angela Merkel, Nicolas Sarkozy o la conocida canción de título “O pasas por el aro o tu deuda va a valer menos que el papel de váter usado”— la Constitución es flexible, maleable y vale hasta para hacer tornillos.

Llamadme quejica, pero he de reconocer que me he cabreado lo mío. Dice uno, en comandita con unos cuantos centenares de miles de ciudadanos que se han molestado en salir a la calle para pedirlo, que hay que cambiar la Constitución por un quítame allá esas injusticias sociales. O por la tontería del Borbón, o por cualquier otro fósil de los tiempos de Paquito —no el Chocolatero. Contestación: hombre, no me seáis ilusos, los consensos de la Santa Transición son ya imposibles, y así. En esas que llega Míster Mercado y señor, sí señor. Ya está cambiada, señor. ¿Referéndum? Ya le votaron a vuestra merced cuando… Cuando quiera que le votaran. Señor. Continúa leyendo El nuevo artículo 135 de la Constitución