El misterio de los tres hermanos comunistas
En la chatarrería de mi abuelo materno jugaba a que conducía coches a medio desguazar. De alguna manera logré esquivar una muerte segura entre piezas de metal cortante; a cambio, llegué a la edad adulta con una afición menor por los vehículos antiguos que, entre chato y chato, comparto con Valentín.
De acuerdo, “comparto” no es la palabra más apropiada. Digamos que mi suegro, con su muy bien llevada y avanzada edad, es toda una enciclopedia de la automoción española desde los años cuarenta. A lo largo de toda su vida profesional ha conducido turismos, camiones, autobuses y tractores de toda clase y condición: guarda memorias y anécdotas de sus tiempos de chófer con la familia de Ortega y Gasset, de camionero, de conductor de rutas turísticas —lo imagino llevando suecas en masa de El Escorial al Valle de los Caídos— y, finalmente, de conductor de autobús interurbano, donde lo conocí.
Omaha Beach
Ayer por la noche —hace unas horas, en realidad— rompí mi prolongado ayuno de televisión convencional y me quedé a ver un montón de anuncios interrumpidos por Salvar al soldado Ryan. No, no la había visto, uno va por la vida con esos agujeros y ni se inmuta. Sin embargo, se da la curiosa circunstancia de que a finales de junio del año pasado estuve allí. En Omaha Beach. Incluso sin tener en la mente la verista representación de Spielberg de lo que debió ser aquel “día más largo” del mismo mes de 1944, me atrevo a decir que algo especial se respiraba en el aire. Quizá fueran los restos de las fortificaciones alemanas, claramente visibles. O los grises monumentos. O tal vez que una playa claramente magnífica estuviera completamente vacía a media tarde de un día perfecto, o al menos todo lo perfecto que los hacen en Normandía a principios de verano.
Monté un panorama con las fotos que saqué desde un punto elevado en el límite entre Charlie y Dog Green; no está bien que yo mismo me alabe, pero creo que da una idea muy clara de la escala y la soledad del lugar.
La excursión a Omaha Beach fue un apéndice, pensado a última hora, de una salida para ver el Monte St. Michel desde nuestra base, cerca de Brest. Si no recuerdo mal acabamos haciendo casi 750 kilómetros aquel día. Ayer, después de ver la película, miré a mi compañera y nos reafirmamos en nuestra decisión de volver algún día. Quizá cuando los niños sean un poco mayores y puedan comprender mejor.
Stephen Hawking en el espacio
Érase una vez un científico al que el genio, la adversidad y el tesón por seguir vivo transformó en un icono de la Ciencia: Stephen Hawking. Con motivo de su increíble y celebrado 70 cumpleaños, todos los medios de comunicación se han lanzado a glosar su vida y, en particular, su “sed de espacio”: en efecto, Hawking es un espaciotrastornado como cualquier otro. Él y los que compartimos su pasión estaremos varados todas nuestras vidas en la superficie terrestre debido al escaso desarrollo de los programas espaciales tripulados, aunque su especial condición física hace más improbable aún ese viaje soñado.
Su estatus de icono, sin embargo, le ganó dos escapadas espaciales. La última de ellas no le llevó muy lejos: apenas a diez kilómetros de altura, aunque le permitió salir por primera vez en cuarenta años de su silla de ruedas. Fue en abril de 2007, cuando Hawking voló en ingravidez en la Cometa del Vómito como invitado de Zero Gravity Corporation. Sin embargo, su primera aventura espacial le llevó hasta los confines de la galaxia en 1993. Al menos, con la imaginación.
Aquí tenéis a Stephen Hawking interpretándose a sí mismo como un personaje simulado en el holodeck de la nave estelar USS Enterprise, en la fecha estelar 46982.1 (el año 2369, poco más o menos), jugando al poker junto a Albert Einstein, Isaac Newton y el comandante Data. Observadlo bien: es muy difícil que una persona tan limitada en sus movimientos como Hawking pueda expresar mejor que se lo estaba pasando en grande.
El episodio, para los aspirantes a trekkies que queráis repasarlo, es Descent (primera parte), S06E26 de Star Trek: La Nueva Generación. También ha prestado su voz para tres episodios de Futurama, aunque sin duda la experiencia no llegó a la altura de estar en el Enterprise “de verdad” junto a Brent Spiner pintado de dorado y con su uniforme de la Flota…
Los hombres que miraban fijamente a los microondas
Un horno microondas calienta la comida mediante calentamiento dieléctrico: el agua contenida en los alimentos es una molécula polar —es decir, que su distribución de cargas eléctricas no es del todo simétrica. Por ello, reacciona vibrando y calentándose frente a un campo electromagnético variable. La frecuencia del campo no es muy importante: el microondas inicial, además de pesar 340 kg, medir 1,80 m de altura, costar 5000 pavos y necesitar una toma de agua y un sumidero para refrigerar su magnetrón, utilizaba radiofrecuencia de 10 a 20 MHz. El uso de la banda de 2,45 GHz en los microondas actuales es debido a que se trata de una banda libre de regulación en todo el mundo, en la que cualquiera puede emitir (una banda ISM) y en la que, por tanto, se pueden producir interferencias legalmente. Longitudes de onda mayores calentarían la comida a más profundidad, pero el equipo necesario para producirlas con la intensidad necesaria se encarece.
Así, tenemos un aparato fabricado por el contratista más barato (en la inmortal frase del astronauta Alan Shepard) que emite alrededor de 700 W de radiación en la misma banda que el wifi, el bluetooth, los teléfonos DECT inalámbricos, los reemisores de televisión caseros… Ninguno de estos aparatos está diseñado para cocer nada (hoaxes de internet aparte), pero el horno microondas sí. La pregunta es inevitable: ¿por qué no nos cuece los globos oculares mientras miramos cómo da vueltas dentro nuestro plato de sopa?
Carnaval de la Tecnología: resumen de la 5ª edición
2011 está a unas horas de terminar. Nuestros castigados cuerpos se preparan para el segundo asalto de las fiestas navideñas mientras las perspectivas de un futuro mejor gracias a la ciencia merman a cada paso, cortesía de la crisis, en todo el mundo y muy particularmente en este rinconcito de la vieja Europa. Y, naturalmente, ha llegado el momento de recopilar las rutilantes entradas que han participado en esta 5ª edición del Carnaval de la Tecnología. ¡Allá vamos!





