Una barrera ante la maldad

, el recientemente fallecido secretario de Defensa estadounidense durante las administraciones Kennedy y Johnson, fue un hombre de su tiempo. La amenaza de la guerra atómica le mantuvo ocupado creando una fuerza equivalente —mejor si “equivalía por encima”— a la de su enemigo al otro lado del . En este caso, un millar de misiles intercontinentales armados con cabezas termonucleares de tipo , de 1,2 megatones cada una.

Disparar estos misiles planteaba un curioso problema, que estuvo a punto de darse al menos tres veces a lo largo de su época dorada. Los sistemas de alerta temprana controlados por el eran sólo el comienzo de una cadena altamente automatizada, en la que el ser humano aparecía poco. Ese ser humano en particular era el presidente de turno de los Estados Unidos, investido así con el dudoso poder de incinerar el mundo al toque de un botón. No se consideraba una característica deseable del sistema poder lanzar por descuido una lluvia de fuego atómico equivalente a concentrar en un instante la energía del Sol recibida por toda la Tierra durante 28 segundos*, así que McNamara insistió en que se implementara una última salvaguarda. Una barrera ante la maldad, la incompetencia o el simple fallo eléctrico de un circuito. Un pin.

Así es. En las profundidades de los silos de los Minuteman, un sistema bajo el abstruso nombre de PAL (Permissive Action Links, algo así como “Enlaces de acción permisiva”, si es que eso significa algo) protegía del lanzamiento extemporáneo a los ominosos misiles. Nada que ver con nuestras actuales tarjetas de débito o teléfonos móviles, se trataba de un sistema considerablemente más seguro: el pin tenía la nada despreciable cantidad de ocho dígitos. Cuando, en una entrevista celebrada a principios de 2004, Robert McNamara se encontró de bruces con las oscuras realidades de la seguridad informática, dicen que se enfureció. Su cara cambió de color varias veces, como la de una sepia con sobredosis de ácido intentando camuflarse en una discoteca. Podían verse las venas hinchadas de su frente y cuello, palpitando como las bielas de una locomotora de vapor. Un spray de partículas cargadas de mala baba (nunca mejor dicho) acompañó sus palabras:

Estoy conmocionado, absolutamente conmocionado e indignado. ¿Quién demonios autorizó eso?

El pobre anciano acababa de enterarse. El (Strategic Air Command) había decidido que el pin del sistema sería éste: 00000000. Lo siento, pero ahora que conocéis el secreto tendré que mataros a todos. Incluso habían instaurado un procedimiento, para ejecutar durante las comprobaciones rutinarias, que verificaría que nadie hubiera cambiado la contraseña por accidente. Los chicos del SAC mantuvieron esta configuración hasta 1977, momento en el que algún alma cándida les convenció de que si el bedel de un silo se apoyaba con un codo un rato en el teclado mientras empinaba el otro, el mundo podría quedar a tan solo una pulsación de botón de la catástrofe. Eso, sin pensar en terroristas a lo Jungla de Cristal, lamentablemente aún sin rodar.

Lo bueno son las risas que se habrían oído de Omaha a Vladivostok. O igual no.


*: Si esta comparación periodística parece te pequeña es que no te haces una idea de lo gordo que es el Sol y de la nanoscópica parte de su energía que cae sobre nuestras coronillas. Tal vez podría haberlo expresado en número de hámsters haciendo girar ruedas por segundo o en botes de Nocilla por campo de fútbol partido por jornada laboral de funcionario al cubo.

Artículo inspirado en Accelerating Future, vía Less Wrong, vía Defusing the Nuclear Threat, a su vez vía Bruce Blair’s Nuclear Column.

Cegadoramente obvio

¿Qué opinión te merece la energía nuclear? ¿Y si se usara energía nuclear para extraer petróleo?

Me siento un tanto ambiguo con la cuestión nuclear, aunque tengo claro que hay una serie de tecnologías que han probado su inseguridad y su carestía, y que debería avanzarse en la industrialización de nuevos procesos que tengan en cuenta la gestión completa de los residuos. Pero eso no es más que mi opinión: supongamos que la tuya, lector, puede sintetizarse con el mantra eusquérico “Nuklearrik? Ez eskerrik asko”.

Seguramente compartamos opinión respecto de los combustibles fósiles. Fuente agotable, cambio climático… Sin embargo, no todos los combustibles que se extraen del subsuelo son iguales. Algunos son más limpios que otros: el gas natural brilla (es un decir) como la alternativa menos contaminante dentro del abanico disponible, mientras que el carbón destaca (es otro decir) como una forma eficaz de teñir de negro todo lo que los humos de su combustión tocan, desde mariposas hasta pulmones, pasando por árboles y edificios. El petróleo queda como una especie de término medio. ¿Todo? No. Igual que el vino, y como cualquier otro producto natural, el petróleo viene casi en tantas variedades como zonas petrolíferas existen, más mezclas y remezclas. West Texas Intermediate, Brent, Dubai-Omán, Saharan Blend, Tía Juana Ligero Venezolano… Parecen variedades de café o ron, pero no es exactamente el caso, aunque determinados cafés expresos en Italia, Portugal y (sobre todo) Turquía sean casi indistinguibles del crudo.

Más racionalmente, las diferentes variedades pueden clasificarse en un eje dulceácido, donde la acidez denota la cantidad de azufre que acompaña al combustible. Un petróleo más ácido contiene más azufre y es por tanto más susceptible de producir efectos tan adorables como la . También hay petróleos ligeros y pesados, dependiendo de su densidad. Los mejores crudos, tanto desde el punto de vista del coste de refinado, rendimiento y efectos sobre el medio ambiente son los dulces y ligeros, aunque en términos alimenticios esto parezca un contrasentido, sobre todo para los que luchamos día a día contra los kilos de más.

En Alberta, Canadá, se extrae un petróleo francamente pésimo (aunque rentable) de las arenas bituminosas de Athabasca en Fort McMurray. Como la arena no es combustible, es necesario emplear algún método industrial para extraerlo. Este procedimiento requiere de la combustión de grandes cantidades de gas natural para calentar una mezcla de agua y arena. Quemar gas para obtener petróleo: si no fuera porque el rendimiento energético final es positivo, parecería algo absurdo. Tan absurdo parece que la Royal Dutch Shell ha desarrollado un sistema de extracción alternativo basado en cilindros calefactores como las barras que llevan los calentadores eléctricos del baño, pero a lo grande. Éstos cilindros se introducirían en el yacimiento e irían separando poco a poco el petróleo de su medio sólido; entonces podría ser bombeado de modo convencional. Los elementos calefactores, como sus homólogos del baño, serían eléctricos. También consumirían una barbaridad de megavatios-hora.

La propuesta parece cegadoramente obvia. ¿Y si construimos una central nuclear para alimentar los pozos de petróleo? Visto con perspectiva, parece haber algo profundamente erróneo en el plan. Tanto, que podría llevarse a cabo.

El matemático y el economista

era un genio. Muchos pasos más allá de los meros mortales, era capaz de vencer a una computadora llena a rebosar de válvulas y conexiones en el cálculo más complejo. Computadora que había definido teóricamente, diseñado y construido, dando así la salida para la revolución tecnológica más importante de finales del siglo XX y comienzos del XXI. Desarrolló desde cero la como una forma de contestar a la pregunta de si habría algún modo óptimo de jugar —y ganar— al póker. Mientras hacía esto, su contribución al permitía crear el arma definitiva, una que, de haber sido usada, habría terminado con la revolución de las computadoras, y probablemente con la civilización.

era un adicto a los cigarrillos. Economista y profesor en Harvard, no era un prodigio. Sin embargo, su capacidad de observación de la naturaleza humana combinada con el instrumento de Von Neumann, la teoría de juegos, le capacitó para realizar la mayor de las hazañas científicas de nuestro tiempo: evitar la guerra termonuclear global.

Ambos científicos tenían acceso de primera mano a la cúpula del gobierno de los . Von Neumann, húngaro de nacimiento, odiaba profundamente a la por la ocupación de su país natal al final de la última Gran Guerra. No era más que una coincidencia que su teoría de juegos le permitiera, de un modo totalmente desapasionado y racional, hacer declaraciones como esta a finales de los años cuarenta:

If you say why not bomb them tomorrow, I say why not today?

(Revista Life)

Los rusos aún no tenían la bomba, pero los eficaces espías de Stalin estaban ya por entonces llevando los planos al Kremlin. Von Neumann, asumiendo la inevitabilidad del conflicto que se derivaba de considerar la vida y la guerra como una inmensa partida de póker perfectamente racional, apostaba por el órdago mientras fuera posible. Quizás por fortuna (es extraño decir esto de un genio), Von Neumann murió en 1958 de un cáncer óseo que le hizo vivir sus últimos años amarrado a una silla de ruedas, como un perfecto Doctor Strangelove —en él se basó otro genio, Kubrick, para perfilar el personaje de .

Schelling estuvo allí para vivir la crisis de Berlín, y después la de los misiles cubanos. La guerra pudo haber estallado en cualquier momento, pero no lo hizo. Utilizando la teoría de juegos, recomendó el establecimiento de una línea de comunicaciones fiable e instantánea entre Washington y Moscú como primer antídoto frente a la ignorancia del adversario: el famoso teléfono rojo. Era más bien un teletipo con múltiples líneas redundantes que los operadores a un lado y otro del telón de acero probaban cada día, enviándose amistosos saludos. Instauró también los juegos de guerra, en los que participaron Kissinger y Bobby Kennedy, entre otros muchos actores de primera fila. ¿Qué diferencia clave hubo entre Schelling, fumador compulsivo y el recto Von Neumann, para que sus enfoques sobre la estrategia de la Guerra Fría fueran tan divergentes?

Von Neumann resolvió un problema matemático (una versión simplificada hasta el extremo del póker) e hizo la hipótesis de que la guerra funcionaría del mismo modo. En el póker, cuando uno de los oponentes gana, los demás pierden precisamente en la misma cantidad. Es lo que se llama un juego de suma cero. La reflexión de Schelling, que lo revela como un genio de capacidad infinitamente mayor a la de Von Neumann, consistió en darse cuenta de que la guerra, y la vida en general, no funciona así. De hecho, ambos contendientes pueden ganar de un modo extremadamente sencillo: no jugando (la película de 1983, , está inspirada de forma clara en estos argumentos). El “teléfono rojo” estaba dirigido a evitar que un accidente llevara al mundo a la catástrofe. La estrategia de disuasión, la carrera de armamentos, las guerras satélite libradas por delegación y el tabú nuclear —basado en la doctrina de Schelling de que no se puede usar “un poco” la bomba, al igual que un alcohólico en rehabilitación no puede beber “sólo una copa”— permitieron que hoy esté escribiendo esta historia en un avión camino, precisamente, de la patria de Von Neumann tras el antiguo telón de acero. Permitieron que vosotros estéis leyendo esto en un ordenador concebido, en sus principios básicos, por Von Neumann.

También le permitieron a Schelling recibir en 2005 el Premio Nobel de Economía —no, curiosamente, el de la Paz. En su discurso de aceptación, pronunció estas hermosas palabras:

The most spectacular event of the past half century is one that did not occur. We have enjoyed sixty years without nuclear weapons exploded in anger.

Texto completo del discurso de aceptación del Premio Nobel de Economía de Thomas Schelling