El mejor consejo de salud posible

Este artículo se publicó primero en NaukasEl mejor consejo de salud posible») el 17/05/2017.


Seré breve. Es posible resumir todos los consejos de salud de médicos y nutricionistas en solo dos palabras mágicas:

Sé rico.

Ahí tenéis vuestro santo grial. Si tenéis prisa podéis dejar de leer ya. Sin embargo, si os apetece quedaros conmigo un rato más, ¡excelente! Para empezar, al igual que los diez mandamientos de la ley «divina», los consejos de salud de médicos y dietistas pueden resumirse en dos, también de dos palabras cada uno:

  1. Come sano.
  2. Haz ejercicio.

Sí, estoy de un lacónico que corto. Pero síntesis aparte, ¿qué significan estas fórmulas mágicas para la salud y la juventud más allá de los treinta?

Come sano

La primera de ellas nos refiere la conveniencia de ingerir alimentos que no promuevan estados del cuerpo que consideramos insanos. Esos alimentos han ido cambiando con los años y las evidencias científicas, porque en pocos campos del saber es más cierto aquello de que la ciencia no es un dogma escrito en piedra. La veleta de la mala alimentación viene apuntando últimamente a los azúcares y, de forma muy particular, a los «alimentos hiperprocesados». ¿Qué es un alimento hiperprocesado?

Esto no es un alimento hiperprocesado, pese a lo cual hay gente que lo teme más que a un hongo atómico. (Foto de Steven Trooster, Flickr.)

Mis fuentes no se han puesto de acuerdo en este particular, de modo que me permitiréis que tire de lógica lingüística. Procesar un alimento debería significar cambiar sus propiedades de algún modo. Ejemplo: cocer un huevo. Un huevo es un alimento sin procesar. Un huevo cocido sería un alimento procesado. Si procesamos el huevo cocido para dar lugar a un nuevo alimento quizá podríamos llamarlo «hiperprocesado». Doctores tiene la iglesia del sano comer que puntualizarán lo que deban, pero manteneos conmigo un momento. ¿Por qué la malvada industria alimentaria se dedicaría a fabricar alimentos manifiestamente insanos? Si trasladamos esta pregunta a nuestros antepasados de hace unas decenas de miles de años quizá podamos arrojar algo de luz. La cambiaré un tanto, para que nos entiendan mejor.

¿Por qué fue tan importante el descubrimiento del fuego? Crear fuego a voluntad no solo permitió iluminar las noches oscuras y mejorar las perspectivas de defensa de una tribu humana: también hizo posible extraer calorías adicionales de los alimentos. Nuestro aparato digestivo es el propio de una especie omnívora; no está especializado en ningún tipo concreto de nutriente, lo que supone una ventaja evolutiva a la hora de buscar nuevos hábitats —podremos comernos prácticamente cualquier cosa, desde insectos hasta elefantes pasando por gran cantidad de tipos de vegetación, hongos y vida marina. A cambio, nuestras tripas no son particularmente eficientes extrayendo calorías de nada en concreto (como lo son, por ejemplo, los rumiantes con sus cuatro cámaras estomacales y sus kilométricos intestinos capaces de procesar incluso celulosa).

Fuego incrementando la biodisponibilidad calórica de piezas de carne (o, en otras palabras, barbacoa). (Foto de Gabriel Saldana, Flickr.)

El fuego cambió esto: los diferentes procesos que, gracias a él, pueden aplicarse a los alimentos ponen a nuestra disposición unas calorías extra por gramo de alimento que fueron desde entonces la diferencia entre seguir vivo o criar malvas. Los procesos que se pueden aplicar a los alimentos tienen en muchos casos el efecto secundario de que mejoran su capacidad de conservación, haciendo estas calorías disponibles, además, a lo largo del tiempo. ¿Qué significa esto en términos económicos?

Si consideramos las calorías ingeridas a la vez que la energía que se requiere para producirlas, transportarlas hasta nuestras bocas y mantenerlas mientras tanto en un estado comestible será fácil darnos cuenta de que cualquier proceso que aumente la cantidad de calorías o haga más sencilla su conservación las está, al mismo tiempo, abaratando. Naturalmente, el proceso en sí tiene un coste energético, pero aquí es fácil entender que pueden aplicarse conceptos de economía de escala. Huevo a huevo, sale más barato cocer doscientos a la vez que hacerlo con uno solo. La industria contemporánea no procesa (¿hiperprocesa?) los alimentos para hacernos daño, sino para abaratar sus costes. Hay más calorías disponibles que nunca a precios que no podríamos ni soñar hace tan solo un par de siglos. Desgraciadamente, el coste por caloría es mucho más bajo de este modo que con alimentos frescos y cocinados en casa. Así que «come sano», entendido como «ingiere alimentos frescos o cocínalos tú mismo», significa «paga más por menos calorías». Es decir, sé rico.

Hay un segundo ángulo desde el que atacar la cuestión. Cocinar uno mismo requiere disponer de tiempo para hacerlo: planificar menús, hacer la compra en mercados —mercados «de proximidad», nada de esas monstruosidades de hipermercados con su hiperdisponibilidad de hiperprocesados— y cocinar para las tres comidas al día que lo requieren (dejaremos las otras dos comidas recomendadas al albur de unas piezas de fruta fresca, que iremos a comprar también cada semana como mucho). Ah, lo olvidaba: tenemos que comer despacio. ¿Veis por donde va el argumento? Todos esos sanos consejos requieren tiempo, y todo ese tiempo no va a estar empleado ganando dinero, sino gastándolo. Una alimentación sana para la ciudadana moderna, habitante de una unidad familiar compuesta por ella misma, un gato y un cactus, requiere tener unos ingresos nada despreciables: una vez más, sé rico.

Haz ejercicio

Ya hemos visto lo que se revela cuando analizamos los consejos modernos de alimentación sana desde un punto de vista económico. ¿Qué sucede con el otro caballo de batalla de la vida saludable? ¡Hagamos deporte!

Algunos tememos esto más que a una vara verde. (Foto de Pauleon Tan, Flickr.)

Es sencillo llegar a la misma conclusión para el deporte que para el uso de los artilugios de cocina. Hacer ejercicio requiere algo más importante que la voluntad de realizarlo: necesita de tiempo para hacerlo. El caduco lema de «ocho horas de trabajo, ocho horas de sueño, ocho horas de ocio» adopta hoy en día la forma de seis horas de sueño mal contadas, diez horas de trabajo temporal, mal pagado y sin perspectivas, tres horas en diferentes medios de transporte para llegar a ese trabajo que nos realiza como personas, dos horas para comer y tres más —si he hecho bien las cuentas— para tener una familia, ver todas las series que hay que ver para estar al día, tener la solución habitacional hecha una pocilga medianamente limpia y, exacto, hacer un mínimo de una hora de ejercicio cardiosaludable.

Podemos olvidarnos de entrenadores personales —imprescindibles si uno quiere hacer ejercicio bien para perder esos kilos de más que nos están matando, pero solo al alcance de unos pocos. O incluso de su versión colectivizada, los gimnasios —con sus matrículas y el coste adicional de los desplazamientos. De todas formas, esa hora diaria de ejercicio compite con desventaja frente a las alternativas. Aunque ¿por qué trabajar diez horas en un trabajo temporal y mal pagado? Mucho mejor echar ocho en un trabajo con un salario mejor, ¿verdad? Infinitamente mejor, claro está, disponer de rentas y poder dedicar esas horas a cultivar relaciones, cuidar a la familia y, ahora sí, hacer el ejercicio que sea necesario para prolongar y hacer más disfrutables nuestras holgadas vidas. Qué gran consejo, una vez más: sé rico.

Un enfoque diferente

No estoy diciendo con todo esto que médicos y nutricionistas estén ciegos ante la realidad social o que, conociéndola, decidan aplicarle un molde liberal para extraer la dudosa conclusión de que quien no es rico es porque no quiere. O sí lo estoy diciendo… Un poco. Es cierto que los niveles de bienestar básico de la población en general han mejorado en los últimos cien años, pero también lo es que esta mejora se debe en una parte importante a la revolución agrícola y a la disponibilidad de alimentos procesados, seguros y baratos. Al mismo tiempo, la desigualdad de ingresos no mejora, y empeora en algunas partes del mundo. No debemos olvidar, además que los parámetros estadísticos del bienestar, medido como incidencia de enfermedades o esperanza de vida están claramente correlados con el nivel de ingresos.

Un estilo de vida sano según las recomendaciones científicas más actuales es perfectamente posible sin pertenecer a ese inalcanzable uno por ciento, pero una desigualdad creciente y un trabajo cada vez más escaso, inseguro y de peor calidad no auguran un futuro amable para la salud del grueso de la población. Quizá sea el momento para que médicos y nutricionistas adopten un enfoque más social para entender y aspirar a mejorar la salud de cada uno de nosotros.

Y si no estáis de acuerdo con la tesis de este artículo os proporcionaré—¡todo sea por el espíritu deportivo!— un argumento de peso en contra: estoy gordo.

El lamento de un matemático (reloaded)

[…] si tuviera que diseñar un mecanismo con el propósito expreso de destruir la curiosidad natural de los niños y su gusto por la creación de patrones, quizá no haría tan buen trabajo como el que se está haciendo —me faltaría la imaginación necesaria para dar con el tipo de ideas alienantes y sin sentido que constituyen el currículo contemporáneo en matemáticas.

Nada más empezar el verano pasado1 cayó en mis manos un ensayo escrito hace unos años por Paul Lockhart, profesor de matemáticas en un instituto de secundaria de Brooklyn, Nueva York, llamado A Mathematician’s Lament. Ni un artículo ni un libro, este opúsculo tiene la casual propiedad de ser demasiado largo para ser leído de forma casual, y demasiado corto para ser publicado. Sin embargo, un vistazo rápido me desveló su naturaleza: una bomba. Y una bomba, además, demasiado familiar. A pesar de referirse en exclusiva a la enseñanza de las matemáticas en los Estados Unidos, todos y cada uno de los párrafos son adaptables o directamente trasladables al estado de la cuestión en nuestro país.

Lo más doloroso del modo en que las matemáticas se enseñan en las escuelas no es lo que falta —el hecho de que no se hacen matemáticas de verdad en clase— sino lo que ocupa su lugar: el confuso montón de desinformación destructiva conocido como «el currículo matemático».

Al pan, pan. La enseñanza de las matemáticas es un fracaso. Es una suerte que la vida cotidiana no requiera de una gran base en álgebra o estadística; si fuera realmente necesaria, un porcentaje obsceno de la población (¿90%, 99%, 99.9%?) estaría a merced de cualquiera que pretendiera manipular la opinión o el comportamiento —políticos, empresarios, periodistas… Un momento: ¿he escrito «estaría»? Permitid que me desternille un rato.

Concentrándonos en el qué y eliminando el porqué, las matemáticas quedan reducidas a una concha vacía. El arte no está en la «verdad», sino en el desarrollo de la explicación. Es precisamente este desarrollo el que confiere su contexto a la verdad, el que determina qué es lo que se quiere decir con lo que se afirma. Las matemáticas son el arte de la explicación.

Ya estoy de vuelta. Naturalmente, cualquier reflexión de este cariz acabará por buscar culpables. Naturalmente también, la conclusión es lógica: se trata de un fallo sistémico, y por tanto hay para todos: educadores, editores, autores, pedagogos y políticos en última instancia. Que se trate de un error del sistema explica la generalidad del desastre en países con sistemas educativos, en primera aproximación, muy diferentes. Lockhart sólo deja indemnes a los consumidores finales, los alumnos, de su realmente creativa orgía de reproches. Quizá los más débiles y ¿por eso? quizá los más atacados en España, con las apocalípticas admoniciones del Informe Pisa y los devastadores resultados de las pruebas de nivel de lugares como Madrid como ariete. Está claro. Los estudiantes españoles son tontos. Nuestra idiosincrasia no se adapta a la comprensión de las matemáticas: lo impiden el buen tiempo, la buena comida, los toros y la historia toda del Imperio Español. ¿Dónde si no tantos jóvenes escogerían alternativas para continuar sus estudios en función de la presencia más o menos abundante de las matemáticas en los planes curriculares?

[Refiriéndose a una demostración típica de Geometría de secundaria] Ningún matemático trabaja así. Ningún matemático ha trabajado nunca así. Es un malentendido completo y total del objetivo de las matemáticas. Las matemáticas no consisten en erigir barreras entre nosotros y nuestra intuición, transformando ideas sencillas en complicadas. Las matemáticas deberían eliminar obstáculos para la intuición. Deberían mantener simples las cosas simples.

El ensayo de Lockhart es un emético muy potente. Su autor es un platónico, quizá como buen matemático. Propone soluciones, pero es fácil no estar de acuerdo con ellas. En cualquier caso, la tesis general, que las matemáticas son en realidad un arte y como tal deberían enseñarse, es sólida y muy defendible. Ya había sido comentado en varias fuentes —la reseña más completa puede encontrarse en Francis (th)E mule Science’s News, como el artículo «Dificultades para ser un buen profesor». Merecía la pena traducirlo por completo: los agentes educativos de este país podrían agradecer la eliminación de esta pequeña barrera. Recupero aquí mi vieja traducción del texto original, El lamento de un matemático, revisada, completamente pirata y de cuyos errores me responsabilizo2; hay otra, anterior, en la Gaceta de la Real Sociedad Matemática Española, volumen 11 (2008), número 4, páginas 737 a 766. Bien aconsejado, el autor original expandió su ensayo en un libro de título A Mathematician’s Lament: How School Cheats Us Out of Our Most Fascinating and Imaginative Art Form. Que yo sepa, este libro continúa sin disponer de traducción al castellano.

Hay una profundidad arrebatadora y una belleza infinita en este arte antiguo. Es irónico que la gente rechace las matemáticas como la antítesis de la creatividad. Se están perdiendo una forma de arte anterior a cualquier libro, más intensa que cualquier poema, y más abstracta que cualquier abstracción. ¡Y la escuela es responsable! Qué triste rueda sin fin de profesores inocentes, torturando a igualmente inocentes estudiantes. Podríamos estar pasándolo tan bien…

Por favor, lector: si estás relacionado en lo más mínimo con el mundo de la educación, ya sea como padre, profesor o cualquier otro papel, tómate tu tiempo para leer esta obrita. Te hará pensar. Si todos terminamos por darnos cuenta de dónde está el problema, quizá podamos resolverlo algún día.


1. «El verano pasado» es el de 2008; vuelvo a publicar este artículo porque me di cuenta de que su enlace al texto traducido del Lamento se había perdido en alguna migración del blog. He aprovechado para pasar un poco el plumero.
2. Este documento será retirado en cuanto algún propietario legítimo de sus derechos me lo solicite amablemente (no es que lo espere, pero nunca se sabe).

Los hombres que miraban fijamente a los microondas

Crashed microwave, de kreg.steppe (Flickr)

Un horno microondas calienta la comida mediante calentamiento dieléctrico: el agua contenida en los alimentos es una molécula polar —es decir, que su distribución de cargas eléctricas no es del todo simétrica. Por ello, reacciona vibrando y calentándose frente a un campo electromagnético variable. La frecuencia del campo no es muy importante: el microondas inicial, además de pesar 340 kg, medir 1,80 m de altura, costar 5000 pavos y necesitar una toma de agua y un sumidero para refrigerar su magnetrón, utilizaba radiofrecuencia de 10 a 20 MHz. El uso de la banda de 2,45 GHz en los microondas actuales es debido a que se trata de una banda libre de regulación en todo el mundo, en la que cualquiera puede emitir (una banda ISM) y en la que, por tanto, se pueden producir interferencias legalmente. Longitudes de onda mayores calentarían la comida a más profundidad, pero el equipo necesario para producirlas con la intensidad necesaria se encarece.

Así, tenemos un aparato fabricado por el contratista más barato (en la inmortal frase del astronauta Alan Shepard)  que emite alrededor de 700 W de radiación en la misma banda que el wifi, el bluetooth, los teléfonos DECT inalámbricos, los reemisores de televisión caseros… Ninguno de estos aparatos está diseñado para cocer nada (hoaxes de internet aparte), pero el horno microondas sí. La pregunta es inevitable: ¿por qué no nos cuece los globos oculares mientras miramos cómo da vueltas dentro nuestro plato de sopa? Continúa leyendo Los hombres que miraban fijamente a los microondas