Ensordecedoramente obvio

Flute
Flute
Cargado originalmente por
Khairil Zhafri

No voy a descubrir nada nuevo: lo 3D está de moda. Añado: a pesar de los usuarios y consumidores. Mientras que nadie parece mostrar un gran interés en adquirir televisores, reproductores de Blu-ray y ¡hasta teléfonos! con capacidad para mostrar contenido tridimensional, algunos de nosotros evitamos activamente (léase “huimos como de la peste”) de las películas 3D como un camino seguro a la frustración. El menú lo componen sobrecostes poco justificables, dolores de cabeza, dificultades en el enfoque, incompatibilidad con esas muletas para los ojos que algunos llevamos en la cara o, directamente, exclusión del segmento más joven del público por motivos mecánicos —¿habéis probado a ponerle esas gafas a un niño de tres años? ¿Vio algo, el pobrecito?

Em el olimpo de la tridimensionalidad hay, sin embargo, una tecnología que llega de tapadillo. Hasta hace muy poco dominio de escasos aficionados, con costes astronómicos y resultados dudosos, la impresión 3D está empezando a mostrar signos de entrar en la fase exponencial de su expansión. Y mientras que en el caso del resto de tecnologías 3D podría argüirse que su puesta en circulación —bastante forzada— se debe a un esfuerzo desesperado por adelantar a los piratas con medios más complejos de transmitir y duplicar, la impresión 3D podría tener el efecto contrario. Un efecto devastador sobre nuestra economía basada en la escasez que podría, a corto plazo, llevar a intentos por retener el avance técnico en el campo. Imaginemos un futuro en el que cualquiera tiene acceso a una de esas impresoras, sólo que en una versión menos pedestre que las actuales: llamémosla “fabricador molecular” para marcar la diferencia con lo que existe hoy en el mercado —no dejan de ser impresoras de chorro de tinta glorificadas. Si el coste de adquisición y mantenimiento fuera suficientemente bajo, todos tendríamos potencialmente la capacidad de fabricar en casa cualquier diseño. Los planos para los fabricadores moleculares serían archivos CAD convencionales, así que la piratería de bienes físicos se habría reducido, por fíat tecnológico, a una cuestión de piratería convencional de intangibles. Igual que los programas, las películas o la música, los diseños de cualquier objeto cotidiano podrían descargarse de cualquier red P2P y fabricarse en casa. Ninguna de las limitaciones de hoy parece insuperable.

Con este contexto, el pasado mes de enero un artículo, A Flute Made on a 3D Printer, and the Possibilities to Come hizo la ronda por la Red como una muestra del grado de madurez que esta tecnología ha alcanzado. Sitios singularitarios como KurzweilAI se hicieron eco rápidamente del avance; los noticieros de la tecnología como New Scientist y Engadget tomaron rápidamente el relevo, laudando a coro las bondades del diseño:

When tested by a flautist, the plastic flute was given the thumbs up for sound. “It sounds perfect in terms of the acoustics,” says Seth Hunter.

La flauta de plástico recibió la aprobación de un flautista que probó su sonido. “Suena perfecta desde el punto de vista de la acústica”, dijo Seth Hunter.

La noticia saltó fulgurante a la blogocosa latina, a través de FayerWayer y luego, claro, Menéame, y en todas partes hizo acopio de comentarios maravillados. ¡Pronto tendremos una máquina que haga tomates! ¡Quiero una! ¡Qué será de los fabricantes de flautas! ¡Canon ya para las impresoras 3D! Ahí está la flauta en cuestión, por si alguien no la había visto (u oido):

Bien, dejad que me recomponga. Esa flauta es una basura, y suena como una basura. Observad al pobre flautista que intenta hacerla sonar: necesita las dos manos sólo para sujetar las llaves de la mitad más cercana a la embocadura. Las flautas tiene más agujeros que dedos tenemos los intérpretes; ese es el motivo de que se necesiten llaves para cerrarlos y mecanismos de acción conjunta que permitan cerrar más de un agujero a la vez con un solo dedo. Esta cosa de plástico no es capaz de mantener los dos primeros agujeros —los de las llaves de trino— cerrados por sí solos. Aún con la posición más ortopédica imaginable no se pueden sacar notas más graves que un Sol4, y sospecho que tampoco nada más agudo que un Do♯5. El rango normal de la flauta travesera va de Do4 a Do7: tres octavas completas frente a una cuarta aumentada de la perfecta flauta de plástico. ¿Y el sonido? No sabía que las discotecas hubieran hecho tanto daño ni que hubiera tantos sordos funcionales en el mundo. Por decirlo suave, la flauta tridimensional suena como el culo. Así de claro: es imposible qu ningún flautista, por novato que fuera, pudiera declarar que “suena perfecta”. El mejor sonido que podría hacer esa flauta es un crac bien temperado al aplastarla de un pisotón. Por favor, cuánta tontería.

No quiero que penséis que estoy en contra del progreso tecnológico. Nada más lejos. Pero sí me gusta poner cada cosa en su sitio: a la tecnología de la impresión tridimensional le falta todavía unos años-luz de recorrido para que nos brinde objetos baratos y fabricados con una precisión suficiente para nuestras necesidades cotidianas. Todavía pasarán muchos años en los que una flauta de verdad seguirá costando un mínimo de 500 € y un máximo de… No hay máximo, pero en las gamas profesionales los 40000 20000 € no son un precio tremendamente raro. Conocí a una flautista que tenía un instrumento de oro rosa; no me dijo cuánto le costó, pero sí esto: “hay quien se compra coches, otros tenemos flauta”. Para vuestra referencia, así se hace una flauta de las buenas:

¿Algo que ver?

Publicado por

Iván Rivera

Another instance of Homo sapiens.

5 comentarios en “Ensordecedoramente obvio”

  1. Para cuando dices que imprimirán tomates 3D?…(por si tenemos que tirárselos al tio de la flauta impostora)…jajajaj

  2. Sí, sé que una de gama alta en plata es más barata, pero mira la lista de precios de los mismos que salen en el documental: http://www.brannenflutes.com/price.html

    Conste que con mi nivel no distingo mejora de calidad más allá de la plata, y (creo) más por el proceso de fabricación que por el material. Sospecho que llegado un punto el tema se parece mucho a los "golden ears", que te distinguen el grosor del recubrimiento de oro de un conector estéreo…

  3. Quizá un poco de contexto venga bien… Yo soy un firme creyente en el potencial de la tecnología de impresión 3D para transformarlo todo en el mundo físico (igual que la digitalización de la información, pero a lo bestia). No tengo ni la más remota idea de a dónde puede llevarnos esto, pero creo que debe hacerse. Naturalmente, hacer experimentos y buscar los límites de la tecnología es algo positivo; yo mismo lo hubiera hecho de haber estado en el lugar de esta gente.

    Ahora bien: entre eso y decir que el resultado es una "flauta perfecta" va mucho. El experimento no es un fracaso por el hecho de que la flauta no suene bien, pero algunos voceros parecen muy interesados en obviar ese hecho. Afortunadamente sabemos pensar por nosotros mismos.

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