Los hombres que miraban fijamente a los microondas

Crashed microwave, de kreg.steppe (Flickr)

Un horno microondas calienta la comida mediante calentamiento dieléctrico: el agua contenida en los alimentos es una molécula polar —es decir, que su distribución de cargas eléctricas no es del todo simétrica. Por ello, reacciona vibrando y calentándose frente a un campo electromagnético variable. La frecuencia del campo no es muy importante: el microondas inicial, además de pesar 340 kg, medir 1,80 m de altura, costar 5000 pavos y necesitar una toma de agua y un sumidero para refrigerar su magnetrón, utilizaba radiofrecuencia de 10 a 20 MHz. El uso de la banda de 2,45 GHz en los microondas actuales es debido a que se trata de una banda libre de regulación en todo el mundo, en la que cualquiera puede emitir (una banda ISM) y en la que, por tanto, se pueden producir interferencias legalmente. Longitudes de onda mayores calentarían la comida a más profundidad, pero el equipo necesario para producirlas con la intensidad necesaria se encarece.

Así, tenemos un aparato fabricado por el contratista más barato (en la inmortal frase del astronauta Alan Shepard)  que emite alrededor de 700 W de radiación en la misma banda que el wifi, el bluetooth, los teléfonos DECT inalámbricos, los reemisores de televisión caseros… Ninguno de estos aparatos está diseñado para cocer nada (hoaxes de internet aparte), pero el horno microondas sí. La pregunta es inevitable: ¿por qué no nos cuece los globos oculares mientras miramos cómo da vueltas dentro nuestro plato de sopa? Continúa leyendo Los hombres que miraban fijamente a los microondas