Dos décadas de datos de educación pública en Madrid

Todo empezó con una conversación. Un profesor de instituto me comentaba que la enseñanza secundaria obligatoria en la comunidad de Madrid se encontraba peligrosamente cerca de superar un límite clave —el de la mitad de los alumnos cursando sus enseñanzas en instalaciones públicas. A partir de ahí, especulamos, los esfuerzos de la consejería de Educación del gobierno de Esperanza Aguirre en favor de la educación privada y concertada cobrarían todo su sentido.

Durante los últimos dos cursos escolares se ha venido notando una intensificación en la batalla de lo privado frente a lo público desde instancias gubernamentales. Para ayudar a entender los motivos subyacentes, nada como una fuente de datos con una serie histórica lo suficientemente antigua. Podemos encontrarla en el ministerio de Educación, con datos de alumnos matriculados por comunidad y titularidad del centro de estudios que se remontan hacia atrás en el tiempo hasta el remoto 1990. Examinándolos para la comunidad de Madrid se observa una tendencia a favor del crecimiento de la educación privada —la “concertada” es privada también, solo que con subvención pública— que se concentra casi por completo en el segmento de secundaria:

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Bilingües 4: A New Hope

Está claro. La Consejería de Educación del gobierno que preside la señora doña , no pretende que los hijos de los madrileños aprendan inglés en sus colegios públicos bilingües, sino alguna otra cosa. Yes, we want? Hoy la horda de medios no afectos (éste y éste, básicamente) se desayunan con los comentarios de varios filólogos e incluso del famoso señor Vaughan acerca de la transitividad del verbo “to want” en inglés, y de cómo por tanto requiere un complemento directo, susceptible de abreviatura hasta la forma “to”. Yes, we want to es el equivalente a “sí, queremos”. Pero ¿desde cuando la gramática o la ortografía han arredrado a los buenos publicistas, casta de gentes que cuenta en sus filas a los que nos trajeron la nueva y destildada “Telefonica”? Lo que dan de sí 200000 eurazos, oiga. Pero no me creáis a mí, nazi gramatical irredento, leedlo en este panfleto republicano: Aguirre gasta dos millones en vender su bilingüismo – Público.es.

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Ya he repetido varias veces desde mi cajita de arengar que el bilingüismo es una cosa muy seria, amén de técnicamente imposible de conseguir para nuestros queridos retoños mediante retoques en la forma de dar las clases. Hay una forma más barata de alcanzar la gloria bilingüe, y hasta de hacerlo en más idiomas: crear un programa de fomento de la expatriación (y otra más: vender Madrid como resort vacacional a las huestes de Merkel para pagar la deuda; podríamos llamar a la operación Blitzspaß, y acabaríamos bilingüizados en alemán, que total también tiene su prestigio). Me dicen que hay otros colegios donde la enseñanza es en inglés —salvo la lengua castellana—, e impartida por profesores anglosajones; pero también me dicen que no sólo no puedo pagarlos, sino que ni tan siquiera puedo soñar con pagarlos. Con mi parte proporcional de impuestos, visto está, alcanzo a costear un sucedáneo de inglés igualito a las huevas de lumpo, que se parecen al caviar si la rinitis alérgica y el astigmatismo se ensañan lo suficiente. El inglés esperanzado es indistinguible del original… si no sabes inglés. Yo sólo soy un sufrido padre, hijo de la generación que corrió en bloque frente a los grises y expulsó del país a Paco y sus pacofranquistas (en el Universo Alternativo #1404), así que entre tanta justa lucha mis progenitores no pudieron legarme el don del bilingüismo. En la misma penosa situación se encuentra el 99,4% de los padres —porque siempre hay alguno que viene a fastidiarte la unanimidad anecdótico-estadística.

Por eso se agradece que los dineros públicos también den para que podamos aprender algo los padres. Yes, we want, aunque sea el sucedáneo. Los carteles de las puertas del cole están en inglés. Los menús del comedor, también. Por cierto, ¿sabéis como se dice en inglés esperanzado “mero”, el pez? Mere. El próximo martes 27 mi hijo se comerá “un mero filete” de segundo plato. Cuánta modestia.

El mejor gasto para la educación

El mejor gasto para la educación en este país que podría hacer nuestro bienamado Ejecutivo no sería en tarimas para elevar al profesor ante la vista de sus díscolos estudiantes y realzar —¡qué propio!— el respeto a sus figuras, o en comprarles a todos los enseñantes zapatos de tacón, que saldría más barato; total, para ponerlos más arriba. No consistiría tampoco en llevar a los sufridos maestros a clase escoltados a derecha e izquierda por dos números de la Benemérita, haciendo esta vez un claro outsourcing de autoridad, de plataformas a tricornios. Ni siquiera —y fijáos quién dice esto— habría que comprar ordenadores portátiles con su correspondiente licencia de Windows para todos.

No. El mejor gasto son licencias de para todos. Jugar y comentar partidas al Simcity debería ser obligatorio en Educación Para la Ciudadanía, y tal vez antes. No puedo terminar de valorar las enseñanzas que un chaval de diecipocos podría sacar de una medida así, pero puedo intentar contar todo lo que yo aprendí.

Aprendí que sin impuestos una administración pública no funciona y punto, pero que un exceso de presión fiscal puede acabar con tu progreso. Aprendí que un parque mejora la calidad del aire y de la vida, pero hay que pagarlo. Aprendí que las mismas infraestructuras de transporte pueden ser excesivas o escasas, dependiendo de la distribución de industria y comercio más que de la propia población. Aprendí que legalizar el juego da dinero fresquito para las arcas públicas, pero que hay que estar preparado para gastarlo en policía si la paz es un objetivo. Vi claro que sin colegios, bibliotecas, universidades y museos, una ciudad no es nada; también vi que si tu pueblo es pequeño, hay que ir poco a poco para podérselo permitir.

Comprendí lo que es la deuda pública, los bonos del Estado y la tentación de imprimir billetes, así como sus consecuencias; las ventajas de fomentar el comercio y lo que supone crear y defender un modelo de desarrollo; lo que cuesta mantener un suministro energético fiable a largo plazo y por qué a veces lo más barato —lo más contaminante— es la única opción; lo que supone garantizar agua limpia a una gran urbe; los planes de respuesta ante catástrofes; la necesidad de hacer y decidir en consonancia con los deseos de la gente, pero no necesariamente en sincronía. Que todo es más difícil, cuesta más tiempo y más dinero, y que el puro azar juega un papel.

Simcity no es un modelo perfecto del gobierno municipal, pero sin duda le gana de largo a la visión actual que nuestros chicos tienen de la cuestión ciudadana, que es… ninguna en absoluto. Señor ministro, negocie con , no con Microsoft. Ayude a dignificar su papel y el de toda la clase política mostrando que no se trata sólo —¡ni fundamentalmente!— de tener amigos de profundos bolsillos y cara de hormigón armado.