Cenicienta

Mi luna favorita ocurre justo después de la nueva, cuando apenas tiene uno o dos días. La literatura ha hecho llover cascadas de lírica y prosa sobre la luna llena en forma de nocturnos paisajes románticos o monstruos entrevistos a su luz acerada, pero para mí esa luna es poco más que un foco que borra mis queridas estrellas. Prefiero el espectáculo de la luna creciente apenas esbozada al oeste de la anochecida, como un tajo semicircular de luz o una sonrisa franca pero entreabierta, dejando entrever toda su corporeidad con solo mirarla.

Unos prismáticos pequeños bastan para revelar la escasa superficie del creciente como un paisaje en relieve, alfombrado de sombras de montañas y cráteres. Dicen que Galileo, tras construir su telescopio, lo apuntó a la Luna y cambió para siempre la astronomía al percibirla por primera vez como un lugar tan real como el suelo que pisaba. A mí no me cabe duda de que debió hacerlo en las primeras horas de una noche de luna creciente: quizá cartografiarla con el sol cayéndole a plomo, iluminando por completo su superficie, sea más científico. Verla, sin embargo, con luz oblicua y recortada por un terminador —cuánta magia en una palabra, «terminador»— es mucho más humano.

Aún sin ayudas a la mirada hay algo mucho más sutil que observar en un creciente de anochecida. Miro su rendija e imagino el resto de su circunferencia, a oscuras bajo la sombra de la Tierra. Entonces ocurre la maravilla: la Luna entera surge y se hace visible, diferenciándose de la oscuridad del firmamento. ¿De dónde sale la luz tenue que la alumbra? Imagino la Luna en el espacio: una cara iluminada por el Sol, la opuesta en sombras. Imagino la Tierra, igualmente iluminada, pero con la fase invertida respecto de la Luna: desde algún lugar de la superficie lunar a oscuras la Tierra se verá casi llena, cuatro veces más grande. La luz solar que refleja la Tierra acaba iluminando la noche de la cara visible lunar con mucha más eficacia que la luna llena en la Tierra. Es esa luz terrestre la que acaba reflejándose y dispersándose. Parte llega de vuelta en mis ojos formando un detalle leve y poético del cielo. Algo que no estaría ahí si la Luna no fuera un lugar que poder visitar. Ese pequeño gozo llamado luz cenicienta.


Este relato ha sido escrito para @divagacionistas en su convocatoria #relatosLuna de septiembre de 2017. La imagen que lo ilustra es CC BY-NC por John Cudworth (Fuente: Flickr).

La misma

Es la misma tira de asfalto. Se desliza bajo las ruedas sin que yo la sienta más que como una vibración suave, kilómetro tras kilómetro, minuto tras minuto. A veces a la tira de asfalto la acompaña música que imaginaron personas que nacieron y murieron en lo que parece otro planeta sin esas tiras. A veces son palabras que discuten eventos que ocurrieron a distancias imposibles de imaginar. A veces es solo el ruido de millones de gotas de lluvia. O el rumor del viento entrelazándose con el ronquido del motor. O solo el silencio de mis pensamientos.

Minuto tras minuto. Kilómetro tras kilómetro.

La tira de asfalto, insensible, conecta y separa a la vez las piezas de mi vida. No puedo vivir sin ella. No puedo vivir en ella. No soporta que deje de mirarla: presiento que si alguna vez lo hago me castigará sin piedad. La tira de asfalto me agota, me ilusiona, me preocupa. Alguna vez he sentido que no soportaría verla extenderse por una loma más detrás de esta loma, por una curva más detrás de esta curva. Siempre recuerdo lo que hay más adelante: otra loma, otra curva. Llegan. Se van. Grito. La tira de asfalto sigue ahí.

La misma tira de asfalto.

Me pregunto por qué siendo igual parece tan distinta recorrida en un sentido o en el otro. Por qué en un sentido siempre es marcharse y en el otro, regresar.


Este relato ha sido escrito para @divagacionistas en su convocatoria #relatosRegreso de septiembre de 2017. La imagen que lo ilustra es CC BY por eastwood.rach (Fuente: Flickr).

Staccato

Paso. Paso. Paso. Paso. Tiro de mi maleta. Paso. Paso. Paso. Paso. Llego a la parada. Ni treinta segundos. Para el autobús (chirrido). Pido al conductor que abra el maletero. Arrojo mi maleta dentro. Sin pensarlo mucho (la pierdo de vista). Dos saltos. Billete. Mirada de soslayo al pasillo. Me deslizo. Hueco. El autobús arranca. Apoyo fuerte el pie izquierdo. Agarro una manilla. Resoplo. Huelo el sudor (repetir en cada parada).

Parada final. Pasito. Pasito. Ligero empujón. Disculpe. Pasito (¿habrán robado mi maleta?). Salto abajo. Suspiro. Maleta. Paso. Paso. Paso. Paso. Miro el teléfono. Las mil. Voy justo. Pasopasopasopaso. Otro billete. Escaleras mecánicas. Rápido. Estruendo. Tren entrando en estación. Puertas abiertas. Gente como fluido saliendo. Gente como fluido entrando. Dentro. Me agarro a una barra. El tren arranca (perfora la oscuridad del túnel).

Luz. Estación. Gente que sale (el tiempo pasa). Gente que entra. Oscuridad (repetir).

Cansancio (lo que llamaríais «viaje» aún no ha comenzado).

Una hora. Diez minutos. Tiempo justo. Aeropuerto. Colas. Gente (dándoselas de) importante. Pasopasopasopaso. Check-in. Pasopasopasopaso. Control de seguridad. Abro la maleta. Neceser fuera. Chaqueta fuera. Cinturón. Teléfono. Monedas. Llaves. Ordenador. Todo fuera. Bandeja. Dos bandejas. Espero. Su turno. Arco detector. Cara de culpable. Pitido. Ponga aquí los pies. Más cara de culpable. Pase. Bandeja. Bandeja encima. La última vez casi se me cayó el pantalón. Hoy no (gordo). Cinturón. Monedas. Teléfono. Ordenador. Chaqueta. ¿Pasaporte?

¿Pasaporte?

¿Pasaporte? (Respiración contenida. Pánico.)

Menos mal, no llegué a sacarlo del bolsillo.


Este relato ha sido escrito para @divagacionistas en su convocatoria #relatosBolsillos de junio de 2017. La imagen que lo ilustra es CC BY por Liz West (Fuente: Flickr).