Staccato

Paso. Paso. Paso. Paso. Tiro de mi maleta. Paso. Paso. Paso. Paso. Llego a la parada. Ni treinta segundos. Para el autobús (chirrido). Pido al conductor que abra el maletero. Arrojo mi maleta dentro. Sin pensarlo mucho (la pierdo de vista). Dos saltos. Billete. Mirada de soslayo al pasillo. Me deslizo. Hueco. El autobús arranca. Apoyo fuerte el pie izquierdo. Agarro una manilla. Resoplo. Huelo el sudor (repetir en cada parada).

Parada final. Pasito. Pasito. Ligero empujón. Disculpe. Pasito (¿habrán robado mi maleta?). Salto abajo. Suspiro. Maleta. Paso. Paso. Paso. Paso. Miro el teléfono. Las mil. Voy justo. Pasopasopasopaso. Otro billete. Escaleras mecánicas. Rápido. Estruendo. Tren entrando en estación. Puertas abiertas. Gente como fluido saliendo. Gente como fluido entrando. Dentro. Me agarro a una barra. El tren arranca (perfora la oscuridad del túnel).

Luz. Estación. Gente que sale (el tiempo pasa). Gente que entra. Oscuridad (repetir).

Cansancio (lo que llamaríais «viaje» aún no ha comenzado).

Una hora. Diez minutos. Tiempo justo. Aeropuerto. Colas. Gente (dándoselas de) importante. Pasopasopasopaso. Check-in. Pasopasopasopaso. Control de seguridad. Abro la maleta. Neceser fuera. Chaqueta fuera. Cinturón. Teléfono. Monedas. Llaves. Ordenador. Todo fuera. Bandeja. Dos bandejas. Espero. Su turno. Arco detector. Cara de culpable. Pitido. Ponga aquí los pies. Más cara de culpable. Pase. Bandeja. Bandeja encima. La última vez casi se me cayó el pantalón. Hoy no (gordo). Cinturón. Monedas. Teléfono. Ordenador. Chaqueta. ¿Pasaporte?

¿Pasaporte?

¿Pasaporte? (Respiración contenida. Pánico.)

Menos mal, no llegué a sacarlo del bolsillo.


Este relato ha sido escrito para @divagacionistas en su convocatoria #relatosBolsillos de junio de 2017. La imagen que lo ilustra es CC BY por Liz West (Fuente: Flickr).

Lejos de aquí

Tenía ocho años y ya se había dado cuenta de que el sueño de su vida, viajar entre las estrellas a bordo de una nave espacial, sería imposible. Odió a la persona que se lo hizo entender desde la ventana rectangular del televisor en color nuevo de su casa, una noche de finales de verano. Lo odió con la misma fuerza con la que le transportaba a los confines del tiempo, del espacio y del conocimiento de su especie. Lo odió con toda la pasión que aquel científico le contagiaba a través de las ondas. Lo odió a la vez que lo maravillaba.

Muchos años más tarde se encontró a sí mismo, otra noche de verano, mirando al cielo. Siempre tenía esa sensación: podía invertir el sentido de la gravedad a voluntad. Solo tenía que tumbarse en el suelo y abrir bien los ojos. Las estrellas de diferentes brillos y sutiles colores, el leve rastro humeante de la Galaxia, la absoluta negrura del principio de los tiempos acababan retorciendo su perspectiva, haciéndole sentirse como un insecto agarrado a una piedra suspendida en el infinito. Recordó aquel sueño de su niñez, aquellas brillantes naves espaciales de las películas explorando lugares donde nadie había llegado antes. Recordó a aquel científico al que ya no odiaba más que al tacto de una vieja cicatriz.

Sonrió al cielo con una amargura leve, sabiendo como solo un adulto sabe que hay otras distancias infranqueables aparte de los caminos de las estrellas: las que siempre habría entre sus sueños y la realidad.


Este relato ha sido escrito para @divagacionistas en su convocatoria #relatosDistancia de mayo de 2017.

Soy el gris

Soy el gris. Si no me conoces solo soy un color. Un matiz neutro de luz. Una estación en el camino del blanco al negro. Pero si me conoces soy mucho más. Soy el gris. Te diré qué soy.

Soy el humo denso que ahoga la felicidad. Soy la niebla fría que envuelve la mente. Soy el torpor de una mañana igual a todas las mañanas. Soy el soplo cortante que hace jirones el sueño. Soy la lente que agranda las realidades terribles. Soy la lucidez afilada sobre el sinsentido de la vida. Soy el foco sobre lo inútil de la existencia. Soy lo que te hace fijarte en todos los que lloran, en todos los que sufren, en todas las desgracias.

Habrá un último día alegre, una última chispa, un último destello de feliz inconsciencia. Habrá una última sonrisa, pero no lo sabrás hasta que sea demasiado tarde. Hasta que ya no la recuerdes más que por palabras de otros. Otros que te mirarán extrañados, «¿por qué estás tan alicaída?», «venga, anímate», «por sonreír no te cobran». Otros que notarán algo raro en ti, una inercia, un vacío, un silencio. «Estás como perdido», «come más», «come menos», «piensa en todo lo que tienes». Otros que reaccionarán con incomprensión o con ira. «Alégrate», «no me mires así», «¿qué te hemos hecho?», «para eso tírate al tren».

Soy el veneno que te hará pensar en ello. El andén casi desierto. El tren chirriando en las vías, acercándose por el túnel. Los años perdidos, las oportunidades desperdiciadas, la culpa sentida, la incapacidad para continuar. Soy las preguntas sin respuesta. Soy las respuestas que aseguran que sobras, que estarías mejor muerto, que nadie te echará en falta. Soy tu voz cuando te susurra «¿y si saltara?».


Si reconoces el gris en ti o en alguien cercano, busca ayuda profesional. El médico de familia es un gran primer paso; un psicólogo aún mejor. Escucha. Aprende. Puedes empezar por aquí. Desde luego tienes que ver a Dolores Bueno, @ununcuadio en Twitter:

Y no dejes de hablar. La depresión preferiría que callaras.


Este artículo participa en la campaña Hablemos de la depresión con motivo del Día Mundial de la Salud, conmemorado por la OMS. No dejes de visitar el blog de Next Door Publishers donde se recopilarán multitud de puntos de vista sobre la depresión, ni de seguir la etiqueta #NoTengasDepresión en Twitter.

La imagen que ilustra este artículo es CC BY por j thorn (Fuente: Flickr).