Lejos de aquí

Tenía ocho años y ya se había dado cuenta de que el sueño de su vida, viajar entre las estrellas a bordo de una nave espacial, sería imposible. Odió a la persona que se lo hizo entender desde la ventana rectangular del televisor en color nuevo de su casa, una noche de finales de verano. Lo odió con la misma fuerza con la que le transportaba a los confines del tiempo, del espacio y del conocimiento de su especie. Lo odió con toda la pasión que aquel científico le contagiaba a través de las ondas. Lo odió a la vez que lo maravillaba.

Muchos años más tarde se encontró a sí mismo, otra noche de verano, mirando al cielo. Siempre tenía esa sensación: podía invertir el sentido de la gravedad a voluntad. Solo tenía que tumbarse en el suelo y abrir bien los ojos. Las estrellas de diferentes brillos y sutiles colores, el leve rastro humeante de la Galaxia, la absoluta negrura del principio de los tiempos acababan retorciendo su perspectiva, haciéndole sentirse como un insecto agarrado a una piedra suspendida en el infinito. Recordó aquel sueño de su niñez, aquellas brillantes naves espaciales de las películas explorando lugares donde nadie había llegado antes. Recordó a aquel científico al que ya no odiaba más que al tacto de una vieja cicatriz.

Sonrió al cielo con una amargura leve, sabiendo como solo un adulto sabe que hay otras distancias infranqueables aparte de los caminos de las estrellas: las que siempre habría entre sus sueños y la realidad.


Este relato ha sido escrito para @divagacionistas en su convocatoria #relatosDistancia de mayo de 2017.

Soy el gris

Soy el gris. Si no me conoces solo soy un color. Un matiz neutro de luz. Una estación en el camino del blanco al negro. Pero si me conoces soy mucho más. Soy el gris. Te diré qué soy.

Soy el humo denso que ahoga la felicidad. Soy la niebla fría que envuelve la mente. Soy el torpor de una mañana igual a todas las mañanas. Soy el soplo cortante que hace jirones el sueño. Soy la lente que agranda las realidades terribles. Soy la lucidez afilada sobre el sinsentido de la vida. Soy el foco sobre lo inútil de la existencia. Soy lo que te hace fijarte en todos los que lloran, en todos los que sufren, en todas las desgracias.

Habrá un último día alegre, una última chispa, un último destello de feliz inconsciencia. Habrá una última sonrisa, pero no lo sabrás hasta que sea demasiado tarde. Hasta que ya no la recuerdes más que por palabras de otros. Otros que te mirarán extrañados, «¿por qué estás tan alicaída?», «venga, anímate», «por sonreír no te cobran». Otros que notarán algo raro en ti, una inercia, un vacío, un silencio. «Estás como perdido», «come más», «come menos», «piensa en todo lo que tienes». Otros que reaccionarán con incomprensión o con ira. «Alégrate», «no me mires así», «¿qué te hemos hecho?», «para eso tírate al tren».

Soy el veneno que te hará pensar en ello. El andén casi desierto. El tren chirriando en las vías, acercándose por el túnel. Los años perdidos, las oportunidades desperdiciadas, la culpa sentida, la incapacidad para continuar. Soy las preguntas sin respuesta. Soy las respuestas que aseguran que sobras, que estarías mejor muerto, que nadie te echará en falta. Soy tu voz cuando te susurra «¿y si saltara?».


Si reconoces el gris en ti o en alguien cercano, busca ayuda profesional. El médico de familia es un gran primer paso; un psicólogo aún mejor. Escucha. Aprende. Puedes empezar por aquí. Desde luego tienes que ver a Dolores Bueno, @ununcuadio en Twitter:

Y no dejes de hablar. La depresión preferiría que callaras.


Este artículo participa en la campaña Hablemos de la depresión con motivo del Día Mundial de la Salud, conmemorado por la OMS. No dejes de visitar el blog de Next Door Publishers donde se recopilarán multitud de puntos de vista sobre la depresión, ni de seguir la etiqueta #NoTengasDepresión en Twitter.

La imagen que ilustra este artículo es CC BY por j thorn (Fuente: Flickr).

Deceptio, -onis

En los lejanos tiempos en los que nuestros familiares mediados de mes eran formales y vagamente amenazadores idus, la decepción no era más que un engaño. Gentes prácticas aquellos latinos, que de una trampa en el suelo donde animales salvajes caían (de-) para ser capturados (capio), y alteración vocálica mediante, crearon un decipio para cualquier acción de engañar y una deceptio para el engaño mismo. El tiempo, igual que muda a coloridas y voluptuosas venus de los antiguos templos en elegantes y mutiladas venus de los nuevos museos, transformó (los que saben de esto llaman al proceso metonimia) al engaño en su consecuencia: pesar. Por más que el diccionario canónico de nuestra lengua recoja como un fósil de tiempos remotos «falta de verdad» como segundo significado de decepción, nuestras mentes no sienten ya más que tristeza cuando se les avecina una historia de desengaños; porque triste es el desengañado, pero ¿y el engañador?

La lengua atesora verdades ocultas a plena luz. Engaño y desengaño, mentira y decepción, suelen ser cara y cruz de una misma moneda. Esa bola pajiza y seca que traga el decepcionado es la obra lastimosa de quien le traicionó; y el traidor que tal se sabe no puede reír con ello, pese a que su contraparte lo imagine así. Hay amargura a ambos lados de un desengaño.

Y por doblemente amargas, las peores decepciones son las que uno se inflige a sí mismo.

… Hice mal tantas cosas…


Este relato ha sido escrito para @divagacionistas en su convocatoria #relatosDecepción de marzo de 2017.