La misma

Es la misma tira de asfalto. Se desliza bajo las ruedas sin que yo la sienta más que como una vibración suave, kilómetro tras kilómetro, minuto tras minuto. A veces a la tira de asfalto la acompaña música que imaginaron personas que nacieron y murieron en lo que parece otro planeta sin esas tiras. A veces son palabras que discuten eventos que ocurrieron a distancias imposibles de imaginar. A veces es solo el ruido de millones de gotas de lluvia. O el rumor del viento entrelazándose con el ronquido del motor. O solo el silencio de mis pensamientos.

Minuto tras minuto. Kilómetro tras kilómetro.

La tira de asfalto, insensible, conecta y separa a la vez las piezas de mi vida. No puedo vivir sin ella. No puedo vivir en ella. No soporta que deje de mirarla: presiento que si alguna vez lo hago me castigará sin piedad. La tira de asfalto me agota, me ilusiona, me preocupa. Alguna vez he sentido que no soportaría verla extenderse por una loma más detrás de esta loma, por una curva más detrás de esta curva. Siempre recuerdo lo que hay más adelante: otra loma, otra curva. Llegan. Se van. Grito. La tira de asfalto sigue ahí.

La misma tira de asfalto.

Me pregunto por qué siendo igual parece tan distinta recorrida en un sentido o en el otro. Por qué en un sentido siempre es marcharse y en el otro, regresar.


Este relato ha sido escrito para @divagacionistas en su convocatoria #relatosRegreso de septiembre de 2017. La imagen que lo ilustra es CC BY por eastwood.rach (Fuente: Flickr).

Staccato

Paso. Paso. Paso. Paso. Tiro de mi maleta. Paso. Paso. Paso. Paso. Llego a la parada. Ni treinta segundos. Para el autobús (chirrido). Pido al conductor que abra el maletero. Arrojo mi maleta dentro. Sin pensarlo mucho (la pierdo de vista). Dos saltos. Billete. Mirada de soslayo al pasillo. Me deslizo. Hueco. El autobús arranca. Apoyo fuerte el pie izquierdo. Agarro una manilla. Resoplo. Huelo el sudor (repetir en cada parada).

Parada final. Pasito. Pasito. Ligero empujón. Disculpe. Pasito (¿habrán robado mi maleta?). Salto abajo. Suspiro. Maleta. Paso. Paso. Paso. Paso. Miro el teléfono. Las mil. Voy justo. Pasopasopasopaso. Otro billete. Escaleras mecánicas. Rápido. Estruendo. Tren entrando en estación. Puertas abiertas. Gente como fluido saliendo. Gente como fluido entrando. Dentro. Me agarro a una barra. El tren arranca (perfora la oscuridad del túnel).

Luz. Estación. Gente que sale (el tiempo pasa). Gente que entra. Oscuridad (repetir).

Cansancio (lo que llamaríais «viaje» aún no ha comenzado).

Una hora. Diez minutos. Tiempo justo. Aeropuerto. Colas. Gente (dándoselas de) importante. Pasopasopasopaso. Check-in. Pasopasopasopaso. Control de seguridad. Abro la maleta. Neceser fuera. Chaqueta fuera. Cinturón. Teléfono. Monedas. Llaves. Ordenador. Todo fuera. Bandeja. Dos bandejas. Espero. Su turno. Arco detector. Cara de culpable. Pitido. Ponga aquí los pies. Más cara de culpable. Pase. Bandeja. Bandeja encima. La última vez casi se me cayó el pantalón. Hoy no (gordo). Cinturón. Monedas. Teléfono. Ordenador. Chaqueta. ¿Pasaporte?

¿Pasaporte?

¿Pasaporte? (Respiración contenida. Pánico.)

Menos mal, no llegué a sacarlo del bolsillo.


Este relato ha sido escrito para @divagacionistas en su convocatoria #relatosBolsillos de junio de 2017. La imagen que lo ilustra es CC BY por Liz West (Fuente: Flickr).

Lejos de aquí

Tenía ocho años y ya se había dado cuenta de que el sueño de su vida, viajar entre las estrellas a bordo de una nave espacial, sería imposible. Odió a la persona que se lo hizo entender desde la ventana rectangular del televisor en color nuevo de su casa, una noche de finales de verano. Lo odió con la misma fuerza con la que le transportaba a los confines del tiempo, del espacio y del conocimiento de su especie. Lo odió con toda la pasión que aquel científico le contagiaba a través de las ondas. Lo odió a la vez que lo maravillaba.

Muchos años más tarde se encontró a sí mismo, otra noche de verano, mirando al cielo. Siempre tenía esa sensación: podía invertir el sentido de la gravedad a voluntad. Solo tenía que tumbarse en el suelo y abrir bien los ojos. Las estrellas de diferentes brillos y sutiles colores, el leve rastro humeante de la Galaxia, la absoluta negrura del principio de los tiempos acababan retorciendo su perspectiva, haciéndole sentirse como un insecto agarrado a una piedra suspendida en el infinito. Recordó aquel sueño de su niñez, aquellas brillantes naves espaciales de las películas explorando lugares donde nadie había llegado antes. Recordó a aquel científico al que ya no odiaba más que al tacto de una vieja cicatriz.

Sonrió al cielo con una amargura leve, sabiendo como solo un adulto sabe que hay otras distancias infranqueables aparte de los caminos de las estrellas: las que siempre habría entre sus sueños y la realidad.


Este relato ha sido escrito para @divagacionistas en su convocatoria #relatosDistancia de mayo de 2017.