Sobre-costes

Observad el párrafo final de este artículo de 20minutos: «El informe que “expulsó” a Tomás Gómez: la Policía investiga a 11 de sus ediles y sus 14 empresas».

El tranvía de Parla fue adjudicado por 93,5 millones de euros (IVA aparte) en mayo de 2005 a un consorcio de empresas. Las obras tuvieron un sobrecoste del 38 % tras dos modificaciones presupuestarias, que incrementaron el precio 36 millones más IVA. En total las obras han salido en 255,9 millones de euros. El calendario de pagos termina en 2037.

Más allá de la ambigüedad del titular —¿de quién eran las 14 empresas, de Gómez o de sus ediles?— el párrafo final garantiza que 20minutos no va a entrar, próximamente, en ninguna competición de calidad periodística. En el cuerpo del artículo habla de la aprobación por parte del ayuntamiento parleño de incrementos en el coste del proyecto en dos ocasiones separadas. El montante inicial del proyecto, 93,5 M€ en su adjudicación en 2005, aumentó en 22,7 M€ un año después. En 2009, dos años después de la inauguración, se añadieron 13,3 millones más a las cuentas.

Ahora hagamos una sencilla suma. 22,7 más 13,3 son 36 M€ (como, concienzudamente, nos informa el artículo). El porcentaje calculado del sobrecoste sale del 38,5 %, un poco más que el reportado por el diario, para un total de 129,5 M€. ¿Y los 255,9 millones, de dónde salen?

Como no informa 20minutos, la diferencia entre los 129,5 y los 255,9 millones corresponde a la financiación de la deuda. El ayuntamiento de Parla, al igual que cualquier otra entidad pública o privada, puede no disponer de cientos de millones guardados en peliculeras cámaras acorazadas o mundanas bolsas de basura. En ese triste caso tendría que financiar sus compras.

Resulta que 129,5 M€, financiados a 30 años (de 2007, la inauguración del tranvía, a 2037, fecha de la finalización prevista de los pagos de la que —ahora sí— tenemos noticia gracias a 20minutos) y con un tipo fijo del 5,2 % «cuestan» aproximadamente 255,9 M€. Quizá sea un coste algo caro para una financiación a 30 años negociada por una entidad pública, pero no estaríamos hablando de más de unas décimas. Ni siquiera el 38 % de sobrecostes es excesivo. Flyvbjerg, por ejemplo, sitúa la media de desviación presupuestaria en proyectos ferroviarios en el 45 %; está citado en este metaanálisis: Cost Overruns in Large-scale Transportation Infrastructure Projects: Explanations and Their Theoretical Embeddedness. Así pues, ¿dónde está la noticia?

Lo que está bajo sospecha aquí no son los costes, sino su imputación. ¿Están realmente justificados los costes en fallos de previsión, en cambios de alcance justificados, en variaciones de precios de materias primas? ¿Tuvieron las empresas de los ediles involucrados —no de Tomás Gómez, pese a la duda inducida— algo que percibir de ellos? El artículo se limita a citar la sospecha genérica de la UDEF, que pide ayuda a la Tesorería de la Seguridad Social, a la Agencia Tributaria y a la Intervención General del Estado para desentrañar el asunto. No se habla en ningún momento de la naturaleza de tales sospechas y se puntúa la información con un despliegue de cifras tan poco llamativas que han hecho obligado recurrir a afirmar que el coste del tranvía incluye el de su financiación.

¿Lo normal? Cuando compráis un coche o un piso, ¿cuánto decís que ha costado? Apuesto a que ni siquiera recordáis cuánto daba la suma de los plazos del préstamo que firmasteis en el banco.


P.S.: Es lamentable que tenga que dejar esto claro, pero allá va. No pretendo defender a Tomás Gómez (leed esto, es entretenido), a sus ediles, a las empresas constructoras o a la concesionaria del tranvía. Ni siquiera estoy diciendo si es barato o caro ni examinando su impacto, positivo o negativo. Solo me quejo de cómo no-noticias sobre quién-sabe-qué sospechas (porque no las conocemos) se cuelan en nuestro menú informativo de todos los días. Y eso sin entrar a citar las cuatro veces, cuatro, que se remachan en el artículo cifras con la coletilla «más IVA». No me hagáis empezar con eso.

Foto de Ingolf.

Sr. Rajoy, este puede ser el comienzo de un bonito meme

Mariano Rajoy, presidente del Gobierno del Reino (¿por cuánto tiempo?) de España, «comparece» ante los medios… A través de un plasma.

Rajoy compareciendo (?) en la sala de prensa del PP.¿Qué encontraríamos zapeando por los universos alternativos?

HAL 9000 en la sala de prensa del PP.Lo siento, periodistas, pero me temo que no podréis preguntar.

Sauron en la sala de prensa del PP.Un monitor de plasma para gobernarlos a todos…

Dimitri en la sala de prensa del PP.¿Dimitir no era un nombre ruso?

Big Brother en la sala de prensa del PP.In PP-Spain the TV watches you!

V en la sala de prensa del PP.Huy, una interferencia… El pueblo no debería temer a sus gobernantes, son los gobernantes los que deberían de temer al pueblo.

The Twilight Zone en la sala de prensa del PP.¿Así que esto era el futuro? Prefería al bicho que se comía el ala del avión.

Rajoy ha muerto, en la sala de prensa del PP.Españoles, Rajoy ha muerto. Estamos poniendo vídeos de El Intermedio desde hace dos meses y nadie lo ha notado.

Trollface en la sala de prensa del PP.Rajoy, si fuera sincero.

Rajoy, completamente sincero, compareciendo en la sala de prensa del PP.Rajoy, si fuera completamente sincero.

Desde luego, nadie puede negar que vivimos tiempos interesantes.

CosmoCaixa y la iniciativa privada

Ya no es noticia, porque lo fue ayer: el próximo 31 de agosto cerrará el CosmoCaixa de Alcobendas. El único museo de temática científica generalista de la Comunidad de Madrid. Un lugar de aprendizaje, como dicen los pedagogos modernos, «interactivo». Visitado el último año, según fuentes de la propiedad, por unas 300000 personas, de las que 90000 —casi la tercera parte— fueron escolares de excursión. Visitado también, como no, por este que suscribe, acompañado de sus hijos y algún sobrino. ¿Opinión mayoritaria? Qué pasada de sitio. Qué bien nos lo pasamos. Cuánto aprendimos. Qué pena.

CosmoCaixa de Alcobendas, panorámica del tejado (foto jmiguel.rodriguez en Flickr)
CosmoCaixa de Alcobendas, panorámica del tejado (foto jmiguel.rodriguez en Flickr)

CosmoCaixa era —hablemos en pasado para recalcar la inevitabilidad que conlleva todo lo asociado a la banca— una iniciativa de la Obra Social de La Caixa. La entidad antes llamada «La Caixa», tras una reestructuración que hay que explicar lentamente y aun así parece obra de trileros, es ahora dos. Un banco «bueno», ergo, supuestamente rentable. Y otro «malo». No hace falta ser licenciado en neutrones para adivinar de qué lado ha caído la obra social. Tampoco es necesario ser adivino para darse cuenta de que las obras sociales de las antiguas cajas están destinadas a desaparecer en un mar de powerpoints. Porque los powerpoints son una forma más barata de rellenar las memorias anuales de responsabilidad social corporativa que… cualquier otra cosa.

CosmoCaixa podría ser «solo» un museo de ciencia —aguantadme la ironía un rato— pero aún así nos servirá para realizar un pequeño experimento mental. Imaginad por un momento que hacemos desaparecer de Madrid, por arte de birlibirloque, el museo del Prado y el Reina Sofía. El título de «gran pinacoteca madrileña» iría a parar, sin dudarlo mucho, al museo Thyssen-Bornemisza. Ahora suponed que la señora baronesa, dueña de la colección, recibe una jugosa oferta de otra ciudad para llevarse allí sus cuadros. Pongamos Nueva York por poner un lugar que esté cerca. ¿Qué ocurriría?

Dejemos de lado el clamor del «mundo de la cultura» —la ciencia, como todos sabemos, no es cultura; solo numeritos fríos y sin arte. Habría pataleos y rechinar de dientes, pero en estos tiempos de escasez y dificultades difícilmente aparecería una contraoferta. Finalmente la señora baronesa se llevaría sus cuadros, porque para eso son suyos, aunque en un alarde de dadivosidad, bondad y demás palabras recubiertas de merengue permita a nuestros proletarios ojos disfrutarlos.

Y esto, queridos niños, es lo que ocurre cuando dejas a la «iniciativa privada» un servicio fundamental para tu bienestar, físico o espiritual. Aunque solo sea un museíto de ciencia. Os dejo como ejercicio discurrir qué ocurre cuando hablamos de sanidad, educación o el agua que hemos de beber.