En Magnet: «El día en que la NASA logró que Carrero Blanco tocara la Luna […]»

«Están un ruso, un americano y un español fanfarroneando sobre el programa espacial de cada país. Dice el ruso…»

Podría decirse que los deportes de riesgo no son lo mío, si dejamos de lado mi afición cada vez más peligrosa a usar Twitter —no porque me esté radicalizando, sino por las querencias crecientes de la Audiencia Nacional por perseguir el delito de opinión. ¿Qué mejor forma de aderezar esa afición que contando una historia sobre Carrero Blanco tocando la Luna en un medio de internet de gran difusión?

Espero que disfrutéis El día en que la NASA logró que Carrero Blanco tocara la luna (y no, esto no es un chiste) en Magnet Xataka. Nos vemos entre rejas.

Marx equivocado

En estos tiempos de fluidas confluencias una cita de Marx aparece regularmente en boca del activo sector de la izquierda transformadora para el que acudir a las elecciones en coalición es desde un desastre sin paliativos hasta lo peor que ha sucedido en la Tierra desde la gran extinción del Pérmico:

Nuestra tarea es la crítica despiadada y mucho más contra aparentes amigos que contra enemigos abiertos.

No hace falta discurrir mucho para darse cuenta de que esta frase es muy útil para fustigar a compañeros de armas sospechosos de haber sido infectados por el virus confluente. Pero también podemos (pun intended) preguntarnos por la legitimidad de uso: ¿es una buena idea invocar a Marx aquí?

Un poco de contexto. Este breve trozo de sabiduría del corpus filosófico marxista forma parte de las Obras Completas (tomo 7, página 299 de la edición de 1960). Se trata de una pieza publicada originalmente en el Neue Reinische Zeitung, Politisch-ökonomische Revue, Nº4, 1850, firmada al alimón por Marx y su camarada Friedrich Engels y titulada sucintamente Gottfried Kinkel.

El tal Kinkel era un soldado alistado en las filas revolucionarias, según él, por accidente. Al menos tal fue su declaración ante el tribunal militar de Rastatt en agosto de 1849. La revolución de 1848 fracasó —fue un fracaso complejo e históricamente fructífero, sin embargo— y Kinkel, tras apelar a todo lo que pudo (incluído su amor por la dinastía Hohenzollern, su mujer y sus hijos) fue exonerado; al tiempo, sus compañeros de filas se encontraban con las balas dispensadas por eficientes pelotones de fusilamiento.

Marx afirma que su grito en el cielo en forma de artículo «provocará las iras de timadores sentimentales y charlatanes demócratas» justo antes de establecer la máxima que guiará su comportamiento, que reproduzco aquí en el original alemán:

Uns(e)re Aufgabe ist die rücksichtslose Kritik, viel mehr noch gegen die angeblichen Freunde als gegen die offnen Feinde […]

Con toda probabilidad, el régimen absolutista prusiano utilizó el proceso contra Kinkel para hacerse publicidad (el relato se publicó en el Abend-Post de Berlín a lo largo de dos días de abril de 1850), escogiendo un chivo expiatorio al revés: un pobre hombre, buen alemán, que se vio arrastrado por las circunstancias para luchar en el bando equivocado de una revolución.

El contexto no es excesivamente amable con las interpretaciones modernas de esta máxima marxista, aunque una imaginación lo suficientemente dedicada puede atar todos los cabos y establecer todos los paralelismos necesarios para que su aplicación actual en el seno de la batalla entre confluentes y disfluentes de Izquierda Unida tenga algo de sentido. Pero ese no es mi problema. Creo que Marx, aquí, se equivocó teniendo razón.

Supongamos que la proximidad o lejanía ideológica es una magnitud medible (en un diagrama de Nolan esto tiene mucho sentido). Interpretemos, como Marx pretende, a los Freunde (amigos) como más próximos ideológicamente a uno mismo que los Feinde (enemigos). Si la crítica debe ser más despiadada a menor distancia de ideas, ¿dónde nos lleva este proceso? Los activistas de izquierdas reaccionarían violentamente entre sí, rechazándose unos a otros con creciente fuerza, cuanto mayor fuera su grado de consonancia. Como protones repeliéndose entre sí en virtud de las leyes clásicas de la electrostática.

Una situación así nos lleva necesariamente a la imposibilidad de la unión de las izquierdas. Marx era un genio: predijo lo que iba a ocurrir con su legado a más de siglo y medio vista. Pero ¿no sería deseable, por una vez, intentar desactivar la frase lapidaria? Crítica sí, siempre, pero ¿por qué despiadada? Quizá si intentamos reconocer la razón del vecino podamos encontrarla reforzada en nosotros mismos. Tengo la impresión de que el mismo Marx no desearía que un recorte menor de su legado informara toda la acción política de la izquierda transformadora. En la analogía física, existe una fuerza nuclear (la llamada débil) que mantiene unidos y estables muchos núcleos atómicos, aun estando llenos de protones con cargas positivas. Además, ya dijo Lenin…

Lo que se ve en una foto

Os confesaré algo, evanescentes lectores. Cada vez odio más el término «blog». Además, tengo un blog. Un blog zombi. Sin embargo, aunque trato de aguantarme las ganas, todavía me sucede de cuando en cuando que siento deseos de escribir. A veces con cualquier excusa. Ya sé que hoy, por ejemplo, todos tenemos el deber mediático de estar pendiente del futuro de nuestros compatriotas griegos —como si éste no estuviera ya decidido: es dolor o dolor. Habrá quien diga que la culpa es suya. Yo digo que…

Mirad esta foto. Por algún motivo que desconozco está en el salón del piso que mis padres tienen en un pueblo de la costa.

Madrid, 1933

Es una bella foto. Exprimámosla. ¿Qué podemos ver en ella?

Para empezar, se trata de Madrid. Los que hemos vivido muchos años en el área de influencia de Madrid tendemos a olvidar que no todo el mundo reconocerá al instante un rincón de nuestra ciudad. Es una vista de la plaza del Callao. El «Callao» no es un mudo castizo, sino un puerto peruano. La plaza conmemora una batalla que tuvo lugar durante la guerra hispano-sudamericana de 1865-66. Los edificios son los mismos que podemos ver en la actualidad, salvo si lanzamos la vista al horizonte del principio de la Gran Vía, donde echaremos en falta las dos moles de la plaza de España, levantadas en la década de los 50.

De modo que la foto es anterior a los años 50. El famoso y modernísimo edificio Carrión (Capitol, para los amigos) fue terminado en 1933, y en la foto parece que no está en construcción; por tanto, 1933 es una buena fecha de partida. Sin embargo, la foto es muy probablemente de 1934. ¿Por qué?

Para empezar, pueden verse dos autobuses de dos pisos. Estos autobuses, de fabricación británica y marca Leyland, entraron en servicio en Madrid, operados por la Sociedad Madrileña de Tranvías, en 1934. Pero la pista definitiva la da la película que se está proyectando en el Cine Callao (inaugurado, por cierto, en 1926).

Guerra de Valses. No parece muy interesante. Estrenada en Berlín en 1933 (y, suponemos por la pista de los autobuses, en Madrid en 1934), cuenta la historia de una bailarina austríaca que terminó sus días emigrada en la Inglaterra victoriana. El rótulo de la fachada del cine la cita por el apellido: Lanner. También cita a Strauss (se refiere a Johann hijo). El nombre central es el del actor principal, Willi Fritsch. Sin embargo, la película no estaba protagonizada por él, sino por la actriz que hacía de bailarina. Se llamaba Renate Müller. El Madrid republicano de 1934 debía ser un tanto machista.

Renate Müller tiene también tras de sí una historia interesante. Tras la partida de Marlene Dietrich a Hollywood, Müller quedó como la «perfecta diva aria». El propio Adolf Hitler le confirió este «título» tras convocarla a una reunión, alrededor de 1935.

Murió el 7 de octubre de 1937. Se dijo que por una crisis epiléptica. Testigos que hablaron después de la guerra contaron que la citada crisis debió coincidir con una visita de la Gestapo al hospital en el que estaba ingresada y su posterior salto ¿forzado? por la ventana de su habitación. Müller estaba allí por motivos poco claros: una lesión de rodilla o adicción a la morfina. También tenía un amante judío. La proclamación de las leyes de pureza racial de Núremberg en 1935, prohibiendo las relaciones mixtas, junto con su negativa a actuar en películas de propaganda nazi, no debieron hacer mucho por su tranquilidad de ánimo.

Mientras, Europa entera y el propio Madrid mantenían en las fotos su apariencia de lugares modernos, civilizados y tranquilos. El horror respiraba unos milímetros por debajo del papel cuché.